• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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Márketing divino

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Fue noticia –jocosa además– que después de una reunión que Raúl Castro y el papa Francisco sostuvieron en el Vaticano, el primero dijera “Volveré a la Iglesia católica. No es broma”.

Que el supremo soviet caribeño de un régimen comunista (si bien está haciendo transición hacia una apertura liberal) diga algo como eso puede interpretarse de muchos modos. El primero que se me ocurre, claro está, es el del buen mercadeo que está haciendo la Iglesia.

En una homilía con un sacerdote del Opus Dei a la que asistí hace tiempo ya –uno bien conservador, naturalmente–, el hombre pedía a sus fieles que respetasen la voluntad del ya emérito papa Benedicto XVI. “Es lo que necesitamos” recalcaba. Puede ser: un hombre de fuertes tradiciones en un mundo lleno de condones y pornografía distribuida por Internet.

No cuajó al final. La Iglesia se empezó a hundir, más que todo en el mundo desarrollado: el escepticismo iba de subida en Europa y en América los católicos se diseminaban en cultos cristianos más pequeño, o bien también abandonaban la espiritualidad por completo. Aunado a casos de pedofilia y corrupción con el Banco del Vaticano, las cosas no pintaban nada bien para la santa sede. Era necesaria lavarle la cara –¿cuántas veces se la ha lavado?– a la Iglesia.

Tal vez por convicción, tal vez por mero azar –inspiración divina–, Jorge Mario Bergoglio, argentinísimo (latinoamericanísimo) cardenal de Buenos Aires, salió elegido como papa hace dos años ya. ¡Alegría! Ya necesitaban abandonar la rigidez del viejo mundo y sumar algo de movimiento, de tango, a las acciones eclesiásticas del Vaticano. Tampoco es por necedad: la Iglesia sabe bien que América Latina es el sitio que alberga a más de la mitad de sus fieles.

Es, para ponerlo de modo  épico, el último bastión del catolicismo.

Y lo ha hecho bien, Jorge Mario Bergoglio: ya la gente se ha olvidado de 2.000 años de muertes, de inquisiciones, de guerras santas, de cruzadas, de quemas de indios, de azotes a negros, de destrucciones de civilizaciones enteras. Más recientemente: del apoyo a Hitler, a Franco, de haber metido la mano en el asesinato a García Lorca. De su apoyo al trujillato en República Dominicana. De su abrazo a Stroessner en Paraguay. De su bendición a Pinochet. De haber encubierto a pedófilos convictos como Marcial Marciel, quien falleció en paz en Florida, sin haber recibido condena, ni acusación, ni enjuiciamiento de ninguna clase.

Con gestos como pagar sus propias cuentas de hotel, amenazar con golpear a quien insulte a su madre, no sentarse en tronos de oro, y lavarles los pies a presos inmigrantes en Roma, Bergoglio no solo pulverizó la historia de infamia de la Iglesia católica: también limpió la suya propia. Quedó en el olvido haber callado durante la dictadura militar argentina, haberse opuesto al demonio del divorcio, y más recientemente, llamar al matrimonio igualitario un arma del mismo demonio para destruir a la familia.

Pero es que la Iglesia ya dejó el latín atrás y buscó el idioma de Twitter más bien. Saben cómo adaptarse. Saben que las cámaras siempre miran. Que las frases cortas perduran. Que un gesto, gracias al infinito y rapidísimo flujo de información del siglo XXI, llega a ser más relevante que 2015 años de errores, y errores, y errores.

Son todos víctimas de la fiebre Bergoglio: ya le llegó incluso al susodicho ateo y marxista confeso Raúl Castro.



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