• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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Darío

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Rubén Darío fue poesía. Desarrolló sus facultades artísticas y políticas (como funcionario diplomático en algunas ocasiones) en diversas partes del mundo. Tal como su vida, su poesía se cimentó en su cosmopolitismo vibrante, aunado éste en su desligue del universo literario español, demasiado romántico y hasta anacrónico en sus ojos, para adentrarse en lo que Octavio Paz consideró el sinónimo de cosmopolita: modernista.

El modernismo es un movimiento con muchas cabezas: Martí, del Casal, Díaz Mirón, y Darío, su mayor exponente. El éxito de su poética radicó en buscar un nuevo norte para las letras hispanoamericanas; querer igualarse a Londres y París. Saltar de un provincialismo a un universalismo.

Darío así lo demuestra en sus versos, cantándole a las cosas más diferenciadas, entre todas ellas, dedicándole un hermoso cántico a Walt Whitman:

 

En su país de hierro vive el gran viejo,
bello como un patriarca, sereno y santo.
Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo
algo que impera y vence con noble encanto.
Su alma del infinito parece espejo;
son sus cansados hombros dignos del manto;
y con arpa labrada de un roble añejo
como un profeta nuevo canta su canto.
Sacerdote, que alienta soplo divino,
anuncia en el futuro, tiempo mejor.
Dice el águila: «¡Vuela!», «¡Boga!», al marino,
y «¡Trabaja!», al robusto trabajador.
¡Así va ese poeta por su camino
con su soberbio rostro de emperador!

 

Cosa rara en las letras castellanas antes de la explosión del este movimiento. Es entonces un movimiento revolucionario porque hace temblar el suelo de la literatura escrita en español, porque la palabra modernista, en palabras de Octavio Paz “(…) revela una suerte de fe en las excelencias del futuro, o más exactamente, de la actualidad. La primera implica una visión espacial de la literatura; la segunda, una concepción temporal. La vanguardia quiere conquistar un sitio; el modernismo busca insertarse en él ahora”.

El modernismo busca la inmediatez del tiempo, signo imperante de un siglo nuevo que venía cargado de rapidez. La revolución industrial y la automatización de la producción trajo consigo este natural cambio, que en su lento caminar dentro de la literatura iberoamericana, devino en un terremoto poético cuya rítmica dariana sacudió con creces los lazos de dependencia con la madre patria para buscar una nueva voz en otras tierras, y así expandir sus horizontes.

“Nuestro movimiento nos ha dado un puesto aparte, independiente de la literatura castellana” diría Rubén en aquellos días. En su búsqueda por un nuevo ars poética escarbaron en todos lados. Citando a Octavio Paz: “Sus poetas enriquecieron el idioma con acarreos del francés y el inglés; abusaron de arcaísmos y neologismos; y fueron los primeros en emplear el lenguaje de la conversación”. Pero no todos son pleonasmos idiomáticos, también se vierte la búsqueda por un nuevo lenguaje acá en el nuevo mundo, un costumbrismo que le rinde respeto al español americano. Viendo así esta pleitesía al continente ya independiente, Darío declara: “Los poetas nuevos americanos de idioma castellano hemos tenido que pasar rápidamente de la independencia mental de España... a la corriente que hoy une en todo el mundo a señalados grupos que forman el culto y la vida de un arte cosmopolita y universal”.

En su búsqueda hacia un arte que lo abarcase todo, Darío encontró en el romanticismo el amor por la rítmica; aunque esta rítmica no sea la tradicional.  A Rubén le importará, más que un riguroso seguimiento de la métrica y el significado mismo del poema, la sonoridad. Esto nos recuerda a unas famosas líneas de su autoría:

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro, del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

 

En este poema rompe definitivamente con la literatura española y se alza en rebelión contra su anacronismo. Darío se alzó como un cuerpo diáfano para que las nuevas letras pudiesen traslucir a través de él.

Un nuevo profeta que resalta el amor hacia el yo y el desdén hacia las masas. En Palabras de Darío “Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es sólo la idea, muchas veces”. 

Claramente al pensamiento español, caduco incluso en épocas posteriores a la iluminación dariana. Citando al pensador español Ortega y Gasset: “Las palabras son logaritmos de las cosas, imágenes, ideas, y sentimientos, y por tanto, sólo pueden emplearse como signos de valores, nunca como valores”.