• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

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José Ignacio Calderón

¿Ciudad?

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Ya se está transformando en argot la frase que titula aquel libro de crónicas de Héctor Torres: Caracas muerde.

La ciudad se ha ido relegando a espacios cercados, suerte de guetos que se dividen no por etnia o religión, sino por estratificación social. Para nadie es un secreto que la ciudad ya tiene una frontera con dos poblados ya cercados en el imaginario local: el este y el oeste de la capital.

Caracas no es una ciudad dividida de modo natural como Brujas o Venecia –en ambos casos por agua–, cosa que no invita a una reflexión hacia la ciudad, su pasado o su futuro. No podemos vernos reflejados por nuestras aguas, ya que la progresiva decadencia del río Guiare a cloaca no nos sirve ya de espejo; más bien de recordatorio de que somos un conglomerado de airados reaccionarios contra el conservacionismo.

No. La nuestra es una ciudad divida por Plaza Venezuela y sus alrededores. ¿Lo que nos une y comunica? Un ente artificioso como el Metro de Caracas. La radicalización política, coyuntura que se profundizó de manera rampante este año, la inseguridad, la toma de la noche y los espacios públicos por la inseguridad, la preferencia de una ciudad por los carros, en detrimento de sus peatones, que son la inmensa mayoría de sus habitantes: todo esto ha hecho mella para devaluar a Caracas a una ciudad muy poco amigable para la gente que hace vida en ella.

Es natural entonces que la gente reaccione migrando a espacios cerrados. Búnkeres colectivos inconscientes que nos brindan un poco de esparcimiento y seguridad. Centros comerciales y cines se han vuelto nuestros templos y en ellos giran nuestras hecatombes y deseos.

Pero hay ciertos momentos en los cuales los ciudadanos pueden tomar las (sus) plazas como suyas. El pasado domingo 23 culminó la sexta edición de la Feria del Libro de Chacao, iniciativa que se agradece y aplaude por su invitación de la alcaldía a los citadinos caraqueños a disfrutar de un espacio público ya sexagenario: la plaza Altamira.

Aunque sea solo por diez días.

Soy joven. La mayor parte de mi vida consciente la he vivido en estos primeros quince años del siglo XXI. He visto cómo la gente vive la mayoría de los acontecimientos de un modo mediático. A manera del Big Brother de Orwell o la película Brazil de Terry Gilliam. Hemos vislumbrado nuestra historia reciente a través de un televisor. Y más adelante, con el Internet como vehículo. La nuestra ha devenido en una sociedad revolucionariamente espectacular.

Y esto, claro, ha dado en el clavo de cómo vivimos nuestra cotidianidad. Como si de un control remoto se tratara, se nos comanda –con el permiso de papá Estado, claro está– en son de On/Off, a tomar el espacio público en distintas manifestaciones. Marchas, conciertos, ferias, mercados, mítines políticos, conversatorios, tertulias. Pero estos plazos se vencen. Luego de que nuestros visados callejeros caduquen, es hora de volver a casa, prender la tele, conectarse al Internet, y olvidarse de aquella ciudad que creemos tan malvada pero que de a ratos nos da calor.

No vaya a ser que nos muerda y luego nos pegue una rabia.