• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

Baltimore

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La nación de Albania tiene una venerable tradición de vendetta llamada Kanun: si un hombre comete un asesinato, los familiares pueden matar a cualquier familiar del asesino como retribución. Esto obliga a los familiares del victimario a buscar refugio y abandonar cualquier esperanza de tener una vida normal. Dejar atrás sus estudios, amores y trabajos para escapar la palpable maldición de morir a manos de un desconocido.

¿Es esto moralmente aceptable? ¿Es considerado tal acto como abominable? ¿Por qué?

El acto de asesinar no es fácil de justificar, ni moralmente ni de ningún otro modo. Una vida acabada de su curso normal.

Insertado en el imaginario humano en facetas como rituales, hasta llegar a la herencia de la revolución francesa en forma de correctivo estatal con la pena de muerte, los asesinatos (y su justificación) están con nosotros desde que podemos formar oraciones coherentes. Sea en mano propia –con los suicidios– en masa, genocidio, o simple venganza, ni el derecho ni el imperio de la ley han podido socavar este impulso, tan inhuman como inherente a nosotros.

Claro que ni la ley se ha podido salvar de esto: los asesinatos extrajudiciales son un error que dista de ser borrado definitivamente. Y esto ha sido en años recientes el fuego que aviva una llama de negligencias e injusticias que se repiten, en diferentes contextos, por todo el mundo occidental y oriental.

Es reciente en las noticias que la ciudad de Baltimore ha sido centro de protestas de afroamericanos pidiendo justicia por la muerte de Freddie Gray, un hombre negro que murió luego de una sospechosa ruptura de su columna mientras estaba en custodia policial. No es el primer hombre negro que muere a manos de un cuerpo policial estadounidense. Los nombres son bastantes: Tamil Rice (menor de edad), Rumian Brisbon, Erick Garner, Michael Brown, Tyree Woodson (también muerto en Baltimore) y un largo etcétera.

La condena ha sido mundial y la gente que ha comprendido el porqué de las protestas también. Son años –más de un siglo– de negligencia estatal con un grupo vulnerable de residentes de esa ciudad: los afroamericanos. Asesinar civiles desarmados de modo extrajudicial es moralmente reprensible de modo universal.

Pero este no es el caso.

La mayoría de las condenas viene de la izquierda establecida: la académica y la dueña de medios masivos que elevan tanto a Mujica como a Kim Jong Il como héroes de miles de anónimos. Claro que los policías de Baltimore son criminales. Claro que las protestas pueden ser comprendidas. Claro que los afroamericanos ya se cansaron. Claro que la violencia gratuita del estado es ley, parafraseando a Max Stirner. Esto debería la respuesta objetiva a la cuestión moral de qué hacer cuando la violencia estatal se desborda.

Pero, de nuevo: este no es el caso.

Porque es en tierra estadounidense, es innecesario blandir tesis de inyecciones de dinero de centrales de inteligencia occidentales. Lo mismo en España, o cualquier país de Occidente liberal. Son protestas legítimas: esto es cierto. Pero las razones no pueden ser trasladadas a otros lugares.

Es la izquierda –la moralmente superior, como se gusta verse– la que tiene todos los errores en su tablero. De los conservadores se espera: que Baltimore es un desastre, que no deben darse derechos a quienes no los merecen, que es culpa de la protesta, no de los policías ejerciendo brutalidad policial, y un largo bache de excusas inexplicables.

No es lo mismo protestar claro, en Baltimore o New York que en La Habana o Quito. Tampoco en Pyongyang (pobres de aquellos), porque estas protestas no encajan en la narrativa de progresismo, libertad e igualdad de aquellos países. Si no se es libre en ningún lado, ¿qué podemos hacer? No hacer comparaciones, al menos.

Después de todo, Maryland –donde está localizada la ciudad de Baltimore– suena bastante parecido a Mérida, nuestro estado venezolano.