• Caracas (Venezuela)

José Ignacio Calderón

Al instante

A-Polonia.

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La poesía polaca puede demostrar cierto peso que se siente en sus letras. Kilogramos de impotencia ante las varias conquistas y ocupaciones militares y culturales que han sufrido. La poesía eslava en general es triste y siempre mirando hacia ese hoyo histórica que es la entreguerra. Un remanso de paz en un siglo desgraciado para ellos. Dos guerras mundiales, tres pisoteadas extranjeras. Alemanes, rusos, soviéticos, austro-húngaros, da igual. Marchando va la bota de la conquista, pateando el lenguaje polaco, mancillando su tradición literaria, vaciando su musa y llenándola de odio. La metafísica del polaco se revierte en un añoramiento de sus glorias pasadas, ya inexistentes. Un oasis de libertad de creación, de sublime poesía. 

Un paralelo, que extrañamente, un latinoamericano como yo, dibuja con nuestro continente. Una tierra convulsa, llena también de sangre, de diferentes botas a lo largo del siglo. Botas que hablan nuestra lengua, más no nuestra ideología libertaria. Negros cueros norteños que patean cóndores e instalan águilas calvas en nuestros cielos. Ambos pueblos, con rojo sangre en nuestras variadas banderas, vemos a nuestros dos salvadores para escapar de una horrenda realidad: la creación literaria, y nuestra ya iconoclasta iglesia católica. Como dice Tadeusz Różewicz en su poema “AMOR 1944”, canto nostálgico y terrible que es tan polaco, que se vuelve latinoamericano.

Desnudos indefensos

con los labios en los labios

con los ojos abiertos

de par en par

escuchando

recorríamos 

un mar

de lágrimas y sangre.