• Caracas (Venezuela)

José Domingo Blanco

Al instante

“Estamos jodidos”

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En estos días se ha hablado –como por enésima vez– de diálogo. Maduro, intentando darse un “bañito de democracia”, invita a quienes se le oponen a sentarse a conversar para encontrar salidas conjuntas; pero, ¡cuidadito! no se equivoquen. Ese diálogo está condenado al monólogo. Será un regaño para quienes se atrevan a acudir a escucharlo. Habrá insultos, imposiciones; tal vez hasta vejaciones, para luego, sin ceder un ápice en la postura tozuda de estos saqueadores, responsabilizar a los sectores opositores y condenarlos con el dedo acusador como los únicos responsables de la penosa situación que vivimos. Es decir, un diálogo “unilateral” para aclarar –a quienes aún lo pongan en duda– que el que manda e impone las reglas del juego es el régimen. Esta plática que, en cualquier país civilizado y democrático, se traduciría como “tender puentes”, en nuestra Venezuela actual se puede interpretar como “tender trampas” en la que el debate productivo puede terminar transformándose en una querella. Y para muestra, un botón…

Casi que, a manera de prueba piloto, y con miras a propiciar el entendimiento entre las partes en desacuerdo, el pasado miércoles invitamos al programa de radio a dos diputados de la Asamblea: uno del gobierno y el otro de la oposición. La idea era facilitarles una tribuna de debate sano y constructivo, en aras del país. Arrancaron muy decentes, respetándose los turnos para exponer sus puntos de vista –como el nombre de mi programa–. Sentí, quizá precipitadamente, que habría entendimiento, ánimo de enmienda y apego al debate civilizado y centrado en los problemas evidentes que atraviesa Venezuela. Pero la alegría me duró poco: los diputados –el oficialista y el opositor– perdieron la compostura, sin que yo pudiera hacer más que intentar mediar, con preguntas dirigidas a ambos, para ver si lográbamos remar todos hacia el mismo lado. Fue tal la “gallera” que se armó en el estudio que era imposible entender lo que se decían. Los ánimos se caldearon. El uno intentaba acallar al otro. Si esto ocurrió en los reducidos espacios de la cabina de la radio, imagínense cómo será el debate de temas espinosos en la Asamblea Nacional.

De siempre, pareciera, que las diferencias entre bancadas han sido una condición obligatoria para ocupar una curul. Solo que ahora vemos los golpes, la sangre, las peleas y los insultos que quizá antes, si ocurrían, no éramos testigos. ¿Se acuerdan de los golpes que recibió María Corina, con fractura de nariz incluida, y de los célebres zarpazos de gata arisca que propinaba la Fosforito? Si algo recuerdan los periodistas que cubrían la fuente parlamentaria en la IV República –hasta con un dejo de nostalgia– era que adecos y copeyanos debatían acaloradamente dentro del hemiciclo; pero, al salir de ahí, eran capaces de compartir la misma mesa para almorzar juntos y tomarse un trago. Y el país marchaba. Es verdad que también había denuncias de corrupción y abusos de poder. Sin embargo, Venezuela se vislumbraba como una tierra de oportunidades donde, el que trabajaba con ahínco, lograba sacar una carrera, conseguir un empleo en una gran empresa trasnacional (de esas que abundaban y de las que hoy solo queda la sombra de los letreros retirados en las paredes), comprar un apartamento decente, tener un carro del año, pagar el colegio privado de los hijos, incluso tener vacaciones, mínimo en mi amada isla de Margarita. Esa era la otra Venezuela. ¡Si hasta podíamos llamar al extranjero con el discado directo internacional de la Cantv privatizada! Inténtenlo ahora y verán cómo algo tan sencillo como levantar el teléfono y llamar a España es imposible. Ni de lejos estamos viviendo como a principios de los setenta, ochenta y noventa del siglo pasado; no señor, en los días que corren parecemos más a la Venezuela indómita del siglo XVII.

Súmenle a la invitación a este falso diálogo otra perlita que demuestra el talante de este régimen comunista: Maduro inició la cuenta regresiva para acabar de un plumazo –y con la anuencia del TSJ, su escritorio jurídico particular– con la Asamblea Nacional. Una Asamblea legítimamente electa, por mandato popular. ¿Si esto no es una tiranía, qué otro nombre recibe? No tenemos derecho de protestar en las inmediaciones del CNE; como si el centro de la ciudad capital fuera la isla privada de algún magnate –o narcotraficante– a la que solo se accede al obtener la venia del propietario absoluto de esos espacios. Nicolás lo advirtió: “La oposición solo puede marchar de Chacaíto hasta Altamira”. No se diga más. ¿Y así promueve el diálogo? ¿Imponiendo sus condiciones y sus criterios? La verdad es que, a pesar de la gente que me rodea que habla de metanoia, optimismo y pensamientos positivos, la situación de mi país me hace dudar de una salida a corto plazo, por más que la deseo y visualizo. Veo el juego trancado. Veo a la gente cansada de sobrevivir para alimentarse y proveerse salud. Veo al régimen arreciando su política de hambre y miseria. Veo la criminalidad desatada. Veo a mi amiga, “la optimista tenaz”, como me gusta decirle, con cara de tristeza y desesperanza diciendo –a pesar de que las groserías y el pesimismo estaban excluidos de su vocabulario–: “Mingo, ahora sí: ¡estamos jodidos! Muy jodidos…”.