• Caracas (Venezuela)

José Domingo Blanco

Al instante

Y le arrancaron el cabello

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Araminta, dentro de pocos días, cumplirá un año en prisión. No ha cometido ningún delito, ni tampoco existen pruebas en su contra. Solo el testimonio de unos “patriotas cooperantes” quienes la convirtieron en el blanco de su ira. Bastó el testimonio de estos sapos para armarle un expediente y fabricarle un prontuario. Porque Amarinta González, huérfana de padres, es químico de profesión. Los años de experiencia los obtuvo gracias a su trabajo en la industria farmacéutica. Pero, su carrera, ser químico, saber química, fue su condena. Según sus delatores ella, en su casa, hacía explosivos. Unos explosivos que jamás fueron hallados y que, por tanto, nunca han podido ser detonados; pero, por los que actualmente se le juzga. La incriminan, la acusan, la encierran… la humillan, la golpean, la torturan. Y sin embargo, por más que ella intente explicar, una y otra vez, que no tiene nada que confesar, porque no es culpable, ni desestabilizadora, ni forma parte de ninguna agrupación golpista organizada para tumbar a Maduro, sigue allí, en el INOF, sin audiencia preliminar, sin juicio, sin esperanzas. Araminta es una víctima: el ejemplo de lo que puede pasar cuando el fanatismo de unos patriotas cooperantes se impone para aplicar su justicia. Dentro de pocos días cumplirá un año recluida en el INOF. Y los pocos que la han visto temen que no estemos haciendo lo suficiente para salvarla.

Las casualidades me llevaron a conocer su caso. Escuché sobre su situación gracias a distintas personas que, en momentos diferentes, me contaron su tragedia. Poco a poco, Araminta salió de su anonimato. De su puño y letra conocí su lamentable experiencia: cinco páginas que describen lo que ha sido la vida de esta joven a quien ya condenaron sin que mediara un juicio. En junio de 2014, una comisión del Cicpc allanó su apartamento en Menca de Leoni buscando explosivos. Unos patriotas cooperantes, muy afectos al gobierno, la habían denunciado. De su vivienda se llevaron cualquier cosa con la que pudieran incriminarla. Luego, fueron por ella. La detuvieron mientras tomaba un café, en un centro comercial, con su ex novio, Albert Díaz, quien hasta la fecha está desaparecido. A ambos se los llevaron esposados y en patrullas diferentes. Una vez en la sede del cuerpo policial comenzaron las preguntas, los golpes, los gritos, el trato cruel e inhumano y las torturas.

Así lo relata en su carta; porque los golpes en el pecho y en la cabeza no son fáciles de olvidar. El día de su detención, la encapucharon con un trapo y la llevaron a una delegación del Cicpc en la avenida Urdaneta. Sabía de su ex novio porque oía sus gritos. Luego no supo más de él. Todavía hoy, después de un año, se desconoce su paradero. En esa sede policial los torturaron por aproximadamente 10 horas. Pedían nombres, direcciones, teléfonos. Sus captores clamaban por culpables como condición para otorgarles la libertad. Esposada, la encerraron en un cuarto y le forraron las muñecas y los tobillos con tirro. Tumbada en la colchoneta, la golpearon repetidamente para que delatara a quienes ni siquiera conoce. Con un martillo le pegaban en los dedos de los pies. Le arrancaron las uñas. La agarraron entre varios y le dijeron que, si acusaba a alguien, a cambio la recompensarían con su libertad.  Delante de un grupo de funcionarios del BAE, de la División contra Explosivos y especialistas en bombas –a una de ellas la describe cubierta con muchas medallas– le mostraron los objetos que se llevaron de su apartamento, mientras le pedían que detallara el uso que tenían… “Les expliqué que soy químico y que esos equipos no podían utilizarse para elaborar explosivos porque, para elaborarlos, se requieren unas condiciones específicas. Les repetí que yo no podía hacer ese tipo de explosivo en mi casa. Les expliqué que no sabía de electrónica, ni de detonantes…”.

Pero su aclaratoria no bastó. Le halaron los cabellos hasta arrancarle mechones. El pelo, a pesar del tiempo transcurrido, no le ha vuelto a crecer. Cuentan sus abogados que su cabeza está llena de pelones, que ella trata de disimular tapándolos con el resto del cabello que le quedó. Araminta, en el INOF, es considerada una presa política de alta peligrosidad; a pesar de que no pertenece, ni milita, en ningún partido. Por eso, cada cierto tiempo, le hacen requisas intensivas en toda su humanidad. Hurgan por completo cada centímetro de su cuerpo, buscando lo que nunca encontrarán. La han dejado 20 días sin agua potable, sin papel higiénico, sin jabón. Le quitaron la ropa, las toallas sanitarias, los alimentos y los artículos para su higiene personal. Le tocó negociar con la cancerbera, quien la puso escoger entre su Biblia y un jabón. ¡Su Biblia a cambio de un jabón! El libro sagrado que le ha servido de consuelo en estos días aciagos, injustos e insólitos que le ha tocado vivir.

En la cárcel, sola, muy sola, lucha contra el odio, la depresión y la desesperanza que en momentos –quizá cada vez con más frecuencia– amenazan con apoderarse de ella. Le cuesta ser optimista, por eso se aferra a sus oraciones. Su amor por el país, por el prójimo y por Dios, la mantiene viva. Pero quienes la han visto temen por su salud, tanto física como mental, porque Araminta González se desvanece, a pesar de la batalla épica que han emprendido sus abogados para demostrar su inocencia.

Recibo un mensaje, justo cuando ponía punto final a este artículo: una vez más la audiencia preliminar de Araminta fue diferida hasta el 23 de julio, esta vez por la incomparecencia del Ministerio Público, Fiscalía 20 Nacional. De nuevo la justicia venezolana le arranca la esperanza, como sus torturadores, en su momento, le arrancaron el cabello.

 

mingo.blanco@gmail.com

@mingo_1