• Caracas (Venezuela)

José Domingo Blanco

Al instante

¡Roba, que Dios proveerá!

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“¿Qué vas a ser cuando crezcas?”. El niño, responde con orgullo: “¡Corrupto!”. Y los padres no supieron si reír, lamentarse o avergonzarse de la respuesta…

Me comentaban en estos días, a propósito de todos los escándalos que han salido recientemente a la luz pública, que “la corrupción de los venezolanos es genética”. Una frase dura con la que algunos podrían, incluso, ofenderse, porque nos mete a todos en el mismo saco. Pero, ante tanta olla podrida que se destapa, ante tanto guiso que se descubre, ante tanta estafa que sale, ¡ante tanto bachaquero y raspacupo!, pareciera que, en efecto, ser corrupto está en los genes de los venezolanos, solo que a algunos les aflora más que a otros. La corrupción pasó a ser un rasgo distintivo de nuestra sociedad, la versión “mejorada” y actualizada de la viveza criolla, esa que ahora luce hasta inocente. ¡Muy lamentable!

Venezuela está ubicada en los primeros lugares de los ranking de países más corruptos –¡qué vergüenza!– El desgobierno cacarea su lucha contra la corrupción, crea leyes, comisiones y quienes terminan siendo objeto de las averiguaciones son los zoquetes a los que se les ocurrió rasparse el cupo electrónico de Cadivi comprando una gift card en Amazon. Los peces gordos, los que han visto sus cuentas bancarias foráneas –en dólares o euros– incrementarse groseramente, siguen chupando las “mieles” que les ofrece, en bandeja de plata, un gobierno que, a punta de controles y regulaciones, lo que ha hecho es propiciar el mejor caldo de cultivo para que el germen de la corrupción se reproduzca aceleradamente.

Lo del Banco de Andorra, por ejemplo, es uno de esos casos en los que se demuestra la complicidad con la que ha actuado este régimen. ¿Cómo se justifica, según lo que revela la investigación del Grupo Antiblanqueo de Andorra, que quienes realizaban las operaciones de lavado de dinero proveniente del narcotráfico eran asesores del ministro de Economía y Finanzas para 2004, Nelson Merentes, quien hoy –todavía hoy, a pesar de todo lo que se descubrió– ostenta el cargo de presidente del Banco Central de Venezuela (BCV)? ¡Una pelusa! ¿Por qué estos asesores portaban pasaportes diplomáticos si ambos, además, habían sido condenados por la justicia por tráfico de drogas, uno; e intento de robo de una aeronave, el otro? ¿Es que aquí no se investigan los antecedentes penales para otorgar cargos públicos y beneficios? Es imposible creer que el gobierno no estuviese enterado de los manejos oscuros de estos señores. El régimen les otorgó pasaportes diplomáticos aun cuando la figura de asesor de ministros no está dentro de los 12 cargos que establece el reglamento de pasaportes, donde queda claramente definido que solo se podrán otorgar a otras personas, “cuando así lo ordene el presidente de la República”. Pero, resulta que, durante el gobierno del difunto comandante eterno, ordenar la emisión de pasaportes diplomáticos se hizo una práctica común. Por cierto, me permito recordar que Nicolás fue el titular del Ministerio de Relaciones Exteriores desde 2006 hasta 2013. ¡Un detallazo!

Otro de los aspectos que llamó poderosamente mi atención de este caso es el que pone en evidencia la doble moral de nuestros funcionarios. ¿Quién era el beneficiario de los depósitos? ¿A nombre de quién estaba la cuenta a la que transferían grandes sumas de dinero? Pues, nada más y nada menos que a la cuenta del ex jefe de la División contra Drogas del Cicpc, Norman Puerta Valera, quien tiene registro policial por tráfico de heroína. ¡Insólito! ¿No? ¡Solo en Venezuela!

Aquí, quienes nos han gobernado –sobre todo en estos últimos, tristes y dolorosos 16 años– han desangrado al país. No les ha dolido llevarlo a la ruina y convertirnos a todos en unos pordioseros. ¿Cuántas deudas se podrían honrar con todo lo que se ha desaparecido o desviado  en estos interminables y agotadores lustros que lleva en el poder el régimen chavista-madurista? Créanme: nuestras industrias básicas no estarían en las condiciones en las que se encuentran hoy si esos recursos que han sido hurtados les hubieran sido asignados.

No me cansaré de recordar los 116.000 millones de dólares desaparecidos del Fonden, ni los 25.000 millones de dólares otorgados a empresas de maletín, ni de los 15.000 millones de dólares que aparecieron en cuentas abiertas en el banco HSBC de Suiza, a nombre de venezolanos, entre ellos el ex tesorero de la nación y amigo de Chávez, el ex golpista Alejandro Andrade; no olvidemos, tampoco, las maletas repletas de billetes verdes que portaba Antonini, ni los centenares de casos en los que el dinero que debería estar invertido en obras, infraestructuras y desarrollos ha desaparecido como por arte de magia. Son más de 2,5 billones –léase bien: ¡BILLONES!– de dólares los que ha dilapidado este régimen.

Hoy somos un pobre país. Un país desangrado, donde sólo nos queda un puñado de gente honesta que lucha por marcar distancia de aquellos compatriotas que, de cualquier ocasión, quieren hacer un negocio y sacar comisiones. La viveza del venezolano a la que tanto le han dedicado los especialistas de la conducta humana se ha quedado en pañales comparada con los casos recientes. Estamos gobernados y rodeados de personas con afán de lucro rapidito y “comodazo”, que prefieren coger la vía rápida hacia el enriquecimiento que les ofrece la corrupción. Un país donde la consigna de sus mandatarios pareciera: ¡Roba, que Dios proveerá!

 

mingo.blanco@gmail.com

@mingo_1