• Caracas (Venezuela)

José Domingo Blanco

Al instante

Parlanchín y charlatán

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¿Será que la Semana Santa, la Pasión de Cristo, el Nazareno de San Pablo y el Vía Crucis causaron un fuerte impacto en Rodríguez Torres? Los milagros existen, ¡cómo no! Y rectificar es de sabios; pero, cómo me cuesta creerles a algunos personeros y, en especial, a quienes durante tanto tiempo se han hecho eco y cómplices de las políticas erradas, así como de las barbaries que este régimen despótico ha cometido en contra de Venezuela.

Por eso, cuando escuché las declaraciones de Rodríguez Torres –quien formuló críticas al liderazgo dentro del chavismo y a las políticas actuales del gobierno nacional en materia de seguridad– y contemplé su nueva actitud redimida, todo me olió a resaca de la Cuaresma, a maratón de películas sobre la vida de Jesús, Marcelino pan y vino, Ben Hur, Los diez mandamientos y hasta la más reciente, protagonizada por Russel Crowe sobre el arca de Noé. Luego, recordé que hasta en el Urbi et Orbi del pasado Domingo de Resurrección, el papa Francisco hizo un llamado para que en nuestro país haya “diálogo y colaboración” y se trabaje por el bien común; porque es obvio que al sumo pontífice le preocupa que nuestros dirigentes no fomenten la cultura del encuentro, la justicia y el respeto recíproco, que a su juicio “es lo único que puede asegurar el bienestar espiritual y material de los ciudadanos”… fin del mensaje papal.

Imagino que el ex ministro de Interior, Justicia y Paz, como la mayoría de los venezolanos, se enteró de lo dicho por el papa, que circuló rápidamente por las redes sociales y se hizo viral. Y el mensaje “sagrado” lo despertó del letargo y caló en su corazoncito. Llegó a las fibras más sensibles de su alma, provocándole esta especie de reconversión, y no precisamente monetaria.

¡Cómo quisiera concederle el beneficio de la duda a Rodríguez Torres! Quisiera creer en la autenticidad de su propósito de enmienda, de diálogo y soluciones. Incluso quisiera confiar en que, a pesar de que han transcurrido 17 años de infortunios generados por un desgobierno del que él ha formado parte, ahora sí entendió –quizá por obra y gracia de una aparición divina– que “su régimen”, con el que él comulga, ha cometido errores –garrafales, por cierto, y los más notorios, en materia de seguridad– y debe rectificar. ¡Pero, no se imaginan cómo me cuesta creerle! Por más que quiero ser un buen cristiano, mis pensamientos me sabotean y me instigan a no darle crédito a sus “y que” genuinas intenciones. Y más aún cuando en nuestro país lo que sobran son ilusos de pacotilla con ganas de ponerse la banda presidencial.

¿Por qué el ex ministro de Interior, Justicia y Paz no se sintió tan “inspirado” en buscar soluciones a la inseguridad que reina en el país cuando tenía en las manos la posibilidad y el cargo para hacerlo? No sé por qué, desde esa investidura, lo único que concibió fueron planes fracasados que no pusieron fin a la plaga que diezma a nuestra población. Pero, ¡ahora sí! Ahora, cuando ya no es más ministro, su preocupación es la inseguridad. ¿Es que acaso antes no lo era? ¿Nunca, sino hasta hoy, fue la violencia y la delincuencia un problema que le afectara? Es probable. Recordemos que antes gozaba de la tranquilidad de quien se sabe protegido por escoltas pagados con el dinero de todos los venezolanos.

Pero no olvidemos tampoco su participación en la intentona golpista del 4 de febrero, de la cual formó “arte y parte” activa. Recordemos que él fue el responsable, nada más y nada menos, de llevar al batallón José Leonardo Chirinos para la toma de resguardo de La Casona. Y, aunque es verdad que estuvo dos años privado de libertad en el Cuartel San Carlos, también es verdad que gozó de la amnistía otorgada por el presidente Rafael Caldera a todos los participantes en los alzamientos del 92. ¡Qué ironía! ¿No? Y son estos golpistas –que están donde están por obra y gracia de una amnistía– los que hoy se niegan a aprobarla y concederla a la injustificable cantidad de presos políticos que este régimen opresor ha procreado.

María Magdalena, gracias a Jesús, abandonó su profesión –la más antigua del mundo, según dicen los entendidos en la materia– para seguir al Mesías y adorarlo. Sus actos “impuros” fueron perdonados y el resto de su vida la dedicó a evangelizar. Y eso es lo que nos enseña la Iglesia: la importancia de rectificar y perdonar. Como lo que pretenden hacer en estos momentos algunas figurillas del desgobierno, con claras o vedadas aspiraciones presidenciales: rectificar y presentarse ante la sociedad como pecadores redimidos. Solo que, por más que intento creerle, todavía están muy frescas en mi memoria las protestas de 2014, y las órdenes de Rodríguez Torres –el flamante titular del Ministerio de Interiores, Justicia y PAZ– para acabar a punta de peinillas, bombas lacrimógenas y exceso de represión, los válidos reclamos de unos jóvenes que sufrieron en carne propia las crueldades de un régimen que se niega a reconocer que, de toda la historia democrática de nuestro país, ha sido, por mucho, el peor.