• Caracas (Venezuela)

José Domingo Blanco

Al instante

¿Error político?

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La primera entrevista política que hice, recién graduado de comunicador social, fue al doctor Rafael Caldera. Eran los años de mis inicios en el oficio. Trabajaba en Radio Capital como disc jockey, haciendo el resumen musical, alejado de la política y las noticias. Un día, previo a las elecciones presidenciales, el jefe del Departamento de Prensa de la emisora, Luis Armando Rueda, convoca a su equipo de periodistas para asignar las pautas y cubrir el evento electoral. Sin haber sido invitado, me colé en esa reunión y pregunté qué pauta me asignarían. No sé si fue por mi insistencia –o para deshacerse de mí–, pero Rueda me pidió que cubriera el momento cuando el doctor Caldera estuviera sufragando.

Entusiasmado con mi primera oportunidad periodística me presenté, grabadorcito en mano, en el colegio donde votaba Rafael Caldera. Por supuesto, por más que intenté aproximarme, era tanta la gente que lo rodeaba que no logré acercarle el grabador para obtener su declaración. Confieso que salí de allí desencantado; pero no me di por vencido. Decidido, me fui hasta la casa del doctor Caldera, me identifiqué ante el personal que lo asistía y dije que quería entrevistarlo. Si bien, de entrada, no se mostraron muy receptivos, hicieron la gestión de ir a notificarle mi intención. Regresaron con su repuesta: “El doctor Caldera apenas está comenzando a desayunar; pero dice que, si estás dispuesto a esperarlo, con todo gusto te recibe”. Y me senté –consumido por la impaciencia y el nerviosismo– a contemplar el tinajero que le daba nombre a su casa, con mis “veintipocos” años a cuestas, y mi batería de preguntas previamente elaboradas.

No sé si fueron 45 minutos o más los que aguardé. Pero Rafael Caldera apareció y contestó cada uno de los cuestionamientos sin filtro que un muchacho, recién graduado de periodista, tenía que hacerle… Y el recuerdo vino hoy a mi memoria porque, en el programa del jueves 14 de abril, mi entrevistado fue el menor de sus hijos, Andrés. Lo invitamos para hablar de los cien años del natalicio de su papá. Conversamos sobre el libro Rafael Caldera, con orgullo de ser venezolano –que editaron para la ocasión, y que resume en estampas su prolífera vida política–. Hablamos de anécdotas, de las actividades que tienen programadas para celebrar el centenario de su nacimiento y de su amor por Venezuela. Pero, aunque tenía la intención de solo centrarme en este tema, no pude resistirme y le pregunté acerca de lo que muchos consideran el peor error de Caldera durante su segundo mandato.

“Dicen que un error tapa mil aciertos” fue lo primero que le comenté a Andrés antes de lanzarle la inevitable pregunta: “Hoy estamos sumidos en el debate de la Ley de Amnistía para los presos políticos; dígale a quienes nos escuchan ¿qué fue lo que hizo Caldera con el sobreseimiento a Chávez?”. Supongo que Andrés está acostumbrado a que le hagan siempre la misma pregunta porque respondió con la seguridad de quien sabe que, para aquel momento, la decisión de otorgarle el sobreseimiento a Chávez era un clamor popular. Era lo que pedían a gritos –según menciona– actores políticos y sociales, muy reconocidos, de esa época. Define el sobreseimiento como la terminación de un juicio por razones de interés nacional. Era, según rememora, la petición unánime del país que rogaba para que liberaran a los que aún permanecían presos por los hechos del 4-F y 27-N.

Como a veces los venezolanos somos de memoria corta, nos recordó que solo quedaban unos veinte golpistas encarcelados, porque CAP y Ramón J. Velásquez ya habían sobreseído unas cuantas causas. Y es verdad, solo que a veces se nos olvida. Inmediatamente, me vienen a la memoria las caras y los nombres de esos golpistas de 1992 que recibieron el perdón de la pena de manos de Carlos Andrés Pérez o en el corto mandato de Velásquez. Esos militares que intentaron un golpe de Estado y que son tan culpables como Chávez de lo que ocurre actualmente en el país. Incluso, el presidente de la Conferencia Episcopal de ese momento, monseñor Mario Moronta, imploraba por la liberación de los asesinos del 4-F. Y podríamos estar horas enumerando personeros importantes de aquel entonces, que se sumaron a la petición de soltar a los protagonistas de la asonada.

El menor de los Caldera hace énfasis en que su padre era un hombre apegado y muy respetuoso de las leyes; por tanto, era lo que, por ley, correspondía hacer. Alega que, ciertamente, su papá le concedió el sobreseimiento al responsable de toda esta miseria que hoy vivimos, pero nunca fue quien hizo a Hugo Chávez presidente. Menciona cómo los sondeos de la época, cuando lo sobreseyó, apenas le otorgaban a Hugo Rafael 3% de la preferencia electoral y cómo Irene Sáez –su ex novia y aspirante a la presidencia– era quien “reinaba” en las encuestas.

Pero Hugo Rafael remontó en las preferencias de los electores quizá por la cantidad de errores que cometieron los principales actores de las clases políticas dominantes. Y el pueblo fue embelesándose con el discurso del golpista y lo “empoderó” y lo eligió como presidente en el 98. Y todos fuimos testigos de cómo ese Hugo, frente a su tocayo Rafael, juró colocando su mano sobre “la moribunda Constitución” que conduciría los destinos del país. Quizá el desatino estuvo en que, para su infortunio, al doctor Caldera el destino le reservó para otorgarle el perdón a –nada más y nada menos– que al causante de las desgracias más horrendas que ha padecido la nación que tanto amó.