• Caracas (Venezuela)

José Domingo Blanco

Al instante

Derechito al cielo

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El viernes pasado tuve que ir a otro funeral en el Cementerio del Este. Hace menos de un mes fue el de mi papá; y, antes del de mi papá, había asistido a dos más. El último, con el que arranco estas reflexiones, fue el de la hermana de unos apreciados amigos, quien no logró arrebatarle al cáncer la oportunidad de seguir viviendo. Si ya de por sí la pérdida de un ser querido es un momento difícil y doloroso, de este me conmovió no solo la tristeza de la familia de María E., sino la notable ausencia de sus dos hijos quienes, desde la distancia obligatoria que impone un asilo político en Estados Unidos, no pudieron acompañar a su mamá ni en sus últimos días de convalecencia, ni en el adiós final. Una nueva realidad generada en estos 17 años, de desintegración y diáspora de familias enteras, a la que nos hemos venido acostumbrado, a pesar de que nunca fuimos una población dada a emigrar.

Aún más desgarradoras fueron las cartas que enviaron estos muchachos para –a pesar de los rigores que impone la ley de no regresar al país del que se fueron por ser perseguidos del régimen– estar presentes tácitamente en el velorio de su mamá y pregonar lo que, nadie duda, era el sentimiento que los embargaba en el momento. Fueron palabras amorosas y contundentes, tristes, desgarradoras y llenas de calificativos bondadosos hacia la mujer que les dio la vida, los enseñó a llevarla con dignidad y los transformó en los jóvenes profesionales “a toda prueba” que son hoy en día. Dos muchachos arrancados de su país por culpa del régimen. Como habrán de suponer, escuchar la lectura de esas misivas cargadas de amor, nos hizo tragar grueso a más de uno y, a otros tantos, soltar las lágrimas.

También fueron contundentes las palabras del sacerdote que ofició la misa en el velorio de María E. Durante el sermón, en el que abundaron las palabras de consuelo y resignación, el sacerdote recordó el comentario de una monjita quien, a manera de chanza, le dijo: “Padre, todas las personas que mueren en Venezuela en estos días, van derechito al cielo, porque lo que estamos viviendo en el país es el purgatorio”. Y la monjita tiene razón. El purgatorio –que me corrijan los expertos si me equivoco– es el lugar donde las almas de los muertos limpian (purgan) sus pecados antes de alcanzar la gloria. Entonces, el purgatorio del que nos habla la Iglesia es algo así como un lugar de penitencia donde pagamos por los errores que hemos cometido en vida antes de subir, finalmente, al cielo.

Mi Venezuela actual, la que ya comienza a tener rasgos de infierno, se ha transformado, gracias a los planes siniestros del régimen, en un lugar de castigo, opresión y muerte para quienes permanecemos en ella. Porque, sin duda, derechito al cielo han subido los niñitos que por falta de medicinas –las que el régimen se niega a aceptar de otras naciones como ayuda humanitaria– mueren en los brazos de unos padres desesperados por la pérdida inminente de sus seres más amados. Porque este desgobierno se ha transformado en el verdugo del pueblo que supuestamente dirige y parece disfrutarlo con el sadismo de quien sabe que ejecuta unas acciones criminales por las que cree nunca tendrá que responder. La justicia tarda; pero, confiemos en Dios, siempre llega. Y algún día ante la justicia –incluso, la divina– tendrán que presentarse los ejecutores de estos crímenes de lesa humanidad (que no prescriben, recuerdan, ¿no?). Porque a la muerte de Oliver se le suma la de Isaac Enmanuel Campos, de apenas 5 añitos, quien murió por las otras complicaciones que le acarrearon los más de 30 días sin diálisis. Y a la muerte de Oliver e Isaac podrían unírsele muchas otras si Nicolás y sus garrapatas insisten en seguir interpretando sus roles de sicario de la población.

Los hombres trabajadores, las madres buenas y luchadoras, nuestros jóvenes y niños –que son el futuro y la esperanza del país– se están muriendo ante la mirada morbosa de un régimen cuyas estrategias y políticas de Estado son el holocausto del que se valen para mermarnos “a pasos agigantados” como su perversa revolución. Porque a la falta de medicamentos y material quirúrgico para salvar a nuestros enfermos se le suma el hampa –que es su brazo armado y una guadaña en sí misma–. ¡Y el hambre! Porque la falta de comida –que se agrava día a día– también se encarga de sumar unos cuantos difuntos más a la cuota mensual de muertes que se ha impuesto el régimen para alcanzar su meta.

Tiene razón la monjita: estamos en el purgatorio. Y los venezolanos que mueren, los que no merecen dejarnos, están yéndose derechito al cielo. Y tengo la esperanza de que allá, en el cielo, estén formando la legión de ángeles que necesitamos para evitar que nuestro país, que está a pocos pasos, termine de transformarse en un terrorífico y pavoroso infierno.