• Caracas (Venezuela)

José Domingo Blanco

Al instante

Colombia no es otro país

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El desgobierno es el gran saqueador y acaparador en este momento. No se me ocurre calificar de otra manera a quienes tienen bajo su control tanta comida que arriba a la nación. Barco que llega, cargamento cuyo destino es la Corporación CASA. En menos de una semana, el régimen ha recibido más de 15 toneladas de rubros alimenticios, en su mayoría pollo y leche. En otro escenario, el anuncio sería muy alentador: saber que están llegando alimentos a un país donde falta de todo, por supuesto que sería un motivo de alivio. Pero, con esta administración, todo tiene una intención oculta… No olvidemos que el 6-D hay elecciones –si es que no buscan tretas para obligar su suspensión, a sabiendas de lo que dicen sobre ellos todas las encuestas.

Para esta nueva contienda tienen que jugárselas con todas las artimañas que tengan bajo la manga. Hay que ofrecer mucho más “pan y circo” que en otras ocasiones. Los números no los favorecen y el descontento de sus electores se va expandiendo, como un virus contagioso, entre sus antiguos partidarios. “Amor con hambre no dura” –y amor sin Chávez tampoco–. Y esta escasez, sumada a los altísimos costos, está haciendo tambalear el romance entre el pueblo chavista –mal acostumbrado a las dádivas– y sus máximos representantes, a quienes la escasez, la inseguridad y la inflación, parecieran no hacerles ni un rasguñito.

Por eso, el régimen necesita que lleguen a Puerto Cabello barcos, muchos barcos, cargados con toneladas de comida. Comida que ya tiene un fin bien claro: comprar votos. Llevarla a Mercal, Pdval y Bicentenario para que la gente “se coma el cuento” de que el desgobierno salió victorioso de la guerra económica, planificada con saña por la extrema derecha. Un pañito caliente al problema de fondo que no es otro que su incapacidad para poner a producir como es debido las industrias que expropiaron y el fracaso de un modelo económico de comprobado éxito en la generación de pobreza en otros países. Aún guardo la esperanza de que ese pueblo iluso, que en otras oportunidades se benefició de medidas tan populistas como el “dakazo”, reaccione y no caiga de nuevo en el engaño.

Y aun cuando estamos bien lejos de la época de los “espejitos por pepitas de oro”, el desgobierno pretende seguir aplicando esta máxima que, pareciera, da dividendos políticos. El voto cuenta y “cuesta”. Por eso, esta semana, los medios gobierneros no han parado de anunciar ferias de libros y útiles escolares, reparto de medicinas e insumos en hospitales, cestas alimentarias socialistas (cargadas con comida importada) que serán vendidas a precio solidario y en los puestos de trabajo para que la inmensa nómina del Estado no tenga que ir a hacer colas para abastecerse.

El problema de la crisis económica venezolana no se resolverá con las elecciones parlamentarias. Mucho menos repartiendo cestas socialistas. No se soluciona importando pollo de Brasil. Ni medicinas de Portugal. Tampoco se resuelve expulsando a esos colombianos que, en su momento y a conveniencia, cedularon para que votaran por el PSUV. Esa no es la solución a la causa-raíz de los problemas que vivimos. En Venezuela necesitamos entender que las crisis se acaban cuando el dinero circula. Cuando las industrias producen, cuando el clima de confianza es el adecuado para atraer las inversiones extranjeras.

“Es agosto, en una pequeña ciudad de la costa, en plena temporada. Cae una lluvia torrencial y hace varios días que la ciudad parece desierta. Es evidente que la crisis está azotando el lugar. Todos sus habitantes tienen deudas y el crédito es la única opción que les alarga la supervivencia. Por fortuna, llega un turista extranjero, de esos a los que se les nota la riqueza. Entra en el único hotelito del lugar y pide una habitación. Coloca un billete de 100 dólares sobre la mesa de la recepcionista y se va a ver las habitaciones. El jefe del hotel agarra el billete y sale corriendo a pagar sus deudas con el carnicero. Este, toma el billete y corre a pagar su deuda con el criador de cerdos. El criador de cerdos, por su parte, al ver el billete, vuela para pagar lo que le debe al proveedor de alimentos para animales. El dueño de la tienda de alimentos para animales, agarra el billete y se apresura a liquidar su deuda con María, la prostituta, a la que hace tiempo no le paga. En tiempos de crisis, hasta ella ofrece servicios a crédito. La prostituta, con el billete en mano, sale a pagar la deuda en el hotelito donde solía llevar a sus clientes. Al entrar, María le entrega los 100 dólares al dueño del hotel. En ese momento, baja el turista que acaba de echar un vistazo a las habitaciones, dice que no le convence ninguna, toma el billete y se va. ¡Nadie ha ganado un centavo; pero, toda la ciudad ha pagado sus deudas y mira el futuro con confianza!”…

Imagino, después de leer este pequeño relato, todos sabrán cuál es la moraleja.

 

mingo.blanco@gmail.com

@mingo_1