• Caracas (Venezuela)

José Carlos Aleluia

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Presagios democráticos: las elecciones en Venezuela

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Dos cosas son imprescindibles en una democracia: la fuerza de sus instituciones y la transparencia del Estado. De poco sirve la realización de elecciones periódicas si los agentes que rigen el proceso no consiguen imponer credibilidad y llaneza a esta herramienta que sostiene el régimen democrático.  

Por eso es siempre saludable que entidades imparciales, apartadas del torbellino político de un país, inspeccionen los trámites electorales. Esas entidades simbolizan un Estado que valoriza la transparencia de su modelo político y la señala a otras naciones. Más aún, ellas sirven como un elemento neutro que asiste en la intermediación de conflictos entre la situación y la oposición del país, garantizando la estabilidad democrática y excluyendo cualquier posibilidad de fraude electoral. 

Es desde esa perspectiva que se puede entender la reacción de la prensa brasileña el mes pasado frente al desafortunado episodio que marcó el período electoral venezolano. El gobierno de Nicolás Maduro boicoteó al ex presidente del Supremo Tribunal Federal de Brasil Nelson Jobim, que había sido elegido como jefe de la misión de observadores de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Jobim fue ministro de la Justicia de Brasil del gobierno de Fernando Henrique Cardoso y ministro de la Defensa del gobierno de Lula, permaneciendo en ese cargo hasta el primer año del gobierno de Dilma. Él tiene, por lo tanto, la plena confianza del Estado brasileño y garantizaría la actuación competente y respetable de la misión.

El “veto blanco”, como fue apellidado el boicot del presidente venezolano por la prensa brasileña, ha despertado sospechas sobre la real legitimidad de la Unasur en representar cualquier otra cosa que no sean los intereses de la izquierda bolivariana en Latinoamérica. El secretario general de Unasur, Ernesto Samper, fue el responsable por implementar la maniobra de Maduro al sugerir la sustitución de Jobim por Celso Amorim, el ex ministro de las Relaciones Exteriores de Lula y Dilma. No podemos olvidar que fue Amorim el que orquestó la aproximación entre los gobiernos de izquierda del continente. Aún más, Amorim tiene una relación amigable con Maduro.

No obstante la profunda crisis política de Brasil, los tres poderes del Estado brasileño fueron unánimes en criticar la maniobra de Maduro y el apoyo que tuvo de la Unasur. Hasta el ministerio de las Relaciones Exteriores de Brasil, en general connivente y omiso frente a los desmandamientos de los aliados ideológicos del PT, se manifestó “molesto” con la interferencia en la indicación. El presidente del Tribunal Superior Electoral de Brasil, Dias Toffoli, el más a la izquierda entre todos los ministros de la Suprema Corte, criticó la intervención y declaró su “incomodidad”. El Senado de Brasil emitió una nota en la cual repudiaba la acción de Maduro y afirmaba su apoyo a Jobim. A pesar de Dilma, las instituciones brasileñas funcionaron. 

Maduro intenta replicar en su política externa la misma estrategia que adopta en su política interna: instigar divisiones y promover el caos político. Los conflictos diplomáticos con Colombia y Guyana son ejemplos de esa estrategia. Siguiendo los pasos de su antecesor y de otros populistas de la izquierda latinoamericana, Maduro inventa enemigos externos (los yanquis imperialistas, los empresarios, los vecinos invasores); incita el conflicto social (campo/ciudad, norte/sur, hacendados/campesinos), y fomenta un clima de inseguridad que ayuda a sembrar el miedo en la sociedad venezolana. Ese miedo hace que los venezolanos acepten la manutención del statu quo a cambio de la restauración del orden y de la seguridad. En pocas palabras: Maduro obstruye lo que finge garantizar para que pueda fingir garantizar lo que obstruye. Pero es innegable que, a pesar de todas las maniobras del presidente venezolano, la oposición en Venezuela nunca estuvo tan cerca de cambiar las cosas.

Lo mismo ocurre en Argentina y Brasil. En el caso de Brasil, el índice de rechazo a la presidente es de 70%. Desesperado, el PT imita a Maduro. La semana pasada, manifestantes brasileños pro-impeachment acamparon delante del Congreso Nacional de Brasil para presionar por la destitución de Dilma Rousseff. En una sesión del pleno de la Cámara de Diputados de Brasil, en la cual muchos de esos manifestantes se opusieron al gobierno, el líder del PT, Sibá Machado, les llamó “canallas” y prometió “echarlos” de allí. Y lo peor es que no bromeaba. Al día siguiente, militantes de un movimiento que se autodenomina Movimiento de los Trabajadores Sin Techo, aliado al PT, invadieron el sitio en el cual los manifestantes acampaban y agredieron a hombres, mujeres y jóvenes. Los venezolanos, dada la historia política reciente de su país, de pronto reconocerán en ese acto el preanuncio de un fenómeno que conocen bien: la utilización de grupos paramilitares por el gobierno para reprimir la libertad de expresión y, con eso, la democracia. La historia venezolana se repite en Brasil.

Las elecciones que ocurren en el próximo mes en Venezuela son muy importantes, no solamente para el país, sino para toda Latinoamérica. Así como el populismo de izquierda que ha impregnado Latinoamérica empezó con la ascensión de Chávez al poder en 1999, su declive puede también empezar en las venideras elecciones parlamentares venezolanas. Que el viento de la democracia sople en Caracas en 2015 y que esparza los polvos de la democracia por toda Latinoamérica.