• Caracas (Venezuela)

José Carlos Aleluia

Al instante

Buenos aires soplan en Brasil

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Nuevos aires alientan Suramérica e indican que ha llegado el epílogo de un período marcado por el totalitarismo y el populismo inherentes al proyecto bolivariano del Foro de São Paulo. Al sur del continente, los argentinos se sublevaron en las urnas y eligieron al presidente Mauricio Macri. Al norte, la oposición venezolana conquistó la mayoría en las elecciones parlamentarias. Al oeste, Chile sigue en la dirección de los nuevos aires.

Al leste, en Brasil, no va a ser diferente. Puedo afirmar, como representante de los brasileños en el Congreso Nacional, que la abertura del proceso de impeachment de la presidente Dilma Rousseff pondrá fin al autoritarismo inconsecuente, a la falta de responsabilidad fiscal y a la corrupción política. El impeachment de Dilma es legítimo y está en consonancia con la Constitución Federal de la República de Brasil.

No será la primera vez que un presidente es apartado de su cargo en mi país. En 1992, Fernando Collor fue destituido de la Presidencia de la República. Yo ya era diputado en esa época y tuve la oportunidad de acompañar todo el proceso. Aprendí que el impeachment no es un acto aislado, pero sí el desenlace de una serie cumulativa de eventos que, al demostrar la inaptitud y deshonestidad política de un presidente, engendran la insatisfacción popular. El impeachment de Collor empezó cuando él confiscó el ahorro de los ciudadanos brasileños, traicionándolos. En ese momento, que marcó el inicio del Plan Collor, empezaba la marcha que llevaría a su destitución.

Más de 30 años después, la historia parece repetirse. Al adoptar una política económica contraria a todo lo que anunció en su campaña política, Dilma engañó a sus electores. Estos no son tontos y percibieron la inconsistencia. Así como pasó con Collor, las contradicciones del gobierno sembraron en el suelo político la posibilidad del impeachment. Dilma también traicionó a los partidos políticos que la apoyaban, lo que ha resultado en la erosión de su base de sustentación política. Intentando esterilizar a la oposición, la presidente ha debilitado al gobierno.

Hay muchos paralelismos entre la historia de Collor y la de Dilma. Collor y Dilma fallaron en la economía y en la política. Pero principalmente en preservar sus imágenes de líderes confiables. En el caso de Dilma, la situación es aún más grave y, lo que es peor, irreversible. La reciente reforma ministerial, por no haber sido acordada con los líderes de su base política, ayudó a deteriorar las ya debilitadas relaciones con sus aliados. Hasta Lula, su padrino político, tuvo que reconocer que la reforma fue un fracaso.

Collor también hizo una reforma ministerial. A pesar de haber escogido personas competentes como ministros, su reforma también fracasó. Collor se equivocó al creer que podría vencer la opinión pública en el Congreso Nacional sin tener una base política estable. Eso es precisamente lo que piensa la presidente. Y ya sabemos lo que pasó con Collor…

Los integrantes del Congreso Nacional del Brasil están divididos en tres grupos. Los que son favorables al impeachment, los indecisos y los que son contrarios. Los del primer grupo no van a cambiar de posición. Los parlamentarios indecisos, que son mayoría en el Congreso, van a aguardar el desarrollo de los acontecimientos antes de decidirse. Entretanto, no hay motivos para suponer que el tercer grupo, el de los parlamentarios que son contrarios al impeachment, sigan leales a Dilma. La posibilidad de que muchos de ellos cambien de idea es considerable. Collor pasó por la misma situación.

Delante de ese panorama político, el gobierno ahora empieza a preocuparse con la aritmética parlamentaria, esto es, con el número de congresistas contrarios y favorables al impeachment. Entretanto, la historia de la destitución de Collor nos enseña que esa simple aritmética no se aplica cuando el escenario político es volátil. Los números cambian con el humor de la opinión pública. Los escándalos recientes de corrupción, que aún no se agotaron, indican que ese humor va a seguir deteriorándose. Una vez más, Dilma insiste en no aprender con la historia del ex presidente.

La compra del Fiat Elba, vehículo que fue adquirido con dinero público para el uso personal de Collor, fue apenas el golpe final a su presidencia. No faltarán posibles golpes finales para coronar el impeachment de Dilma. Su destitución es merecida. Collor y Dilma traicionaron la sociedad que los eligió desde el primer día de sus mandatos. En esos casos, no debemos olvidarnos de las palabras de Bob Dylan: “La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento”.