• Caracas (Venezuela)

Jorge Castañeda

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El túnel, el león y el Chapo

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La semana ha sido extraordinaria. Grecia no salió del euro ni obtuvo un alivio sensacional; solo resolvió su asunto por ahora. Irán y el P-5+1 lograron un acuerdo, eso sí, histórico, para clausurar el programa atómico-militar de Teherán y levantar las sanciones contra el régimen iraní. Pero todo esto no le preocupa a la sociedad mexicana, como tampoco se emociona con la visita de Enrique Peña Nieto a Francia. Solo importa el Chapo.

Mientras no sepamos más, o especulamos (mi actividad preferida), o sermoneamos (tampoco me disgusta). Van entonces una especulación y un sermón.

Obviamente el túnel del Chapo no se construyó en un día y es posible que haya huido en cuanto pudo; es decir, cuando estaba todo listo, como lo recordaba Régis Debray, siguiendo a los cavadores de túneles de Hamas, en Gaza, que introdujeron hasta un león a la franja cuando murió el del zoológico. Es probable también que su decisión de escapar fuera irrevocable. Pocos presos condenados a cadena perpetua prefieren permanecer en la cárcel, disponiendo de la oportunidad de salir.

Pero también es posible que el Chapo se sintiera cómodo en Almoloya. Veía, según expertos culiches, a sus novias y amigos; atendía sus negocios; de acuerdo con algunos reportajes, lo atendían sus escoltas y gozaba de un trato deferencial comparado, por ejemplo, con el que padeció Raúl Salinas en el mismo penal hace 20 años.

Tal vez, como le dijo una fuente de la DEA a una reportera investigadora de Estados Unidos, el túnel era un plan B: la alternativa si se precipitaba lo más temido, a saber, la extradición. Tal vez supo el Chapo que Washington se alistaba para presentar los papeles correspondientes, y que el gobierno mexicano se aprestaba a responder favorablemente. Y tal vez entonces decidió el Chapo poner pies en polvorosa subterránea, prefiriendo vivir agachado en el túnel que morir de pie en una cárcel estadounidense.

En cuanto al sermón, EPN podría agregarle a su habilidad política algo de cultura política. Los despidos del gabinete no solo suceden porque un ministro hace mal su chamba. También se originan cuando un ministro asume –o se le endilga– la responsabilidad de un fracaso. Con o sin razón, debe pagar con su vida... burocrática.

No tengo la menor idea si Osorio Chong, Monte Alejandro Rubido y Eugenio Ímaz son responsables de la fuga de Guzmán. Sí sé que ante una debacle de esta magnitud, un mínimo de decencia y dignidad te obliga a presentar la renuncia y no para que te la rechacen. Pero si nadie ofrece irse –antes que la renuncia, la ignominia– el presidente debe exigirlo. Aunque se le enrede –¿más? – la sucesión y sea injusto. La política es... injusta.