• Caracas (Venezuela)

Jorge Castañeda

Al instante

Nuestro hombre en La Habana

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En unos días Barack Obama realizará un viaje histórico a La Habana. No se requieren superlativos fatigados para comprender el carácter emblemático de la visita. Sí se necesita algo de sensatez para entender las realidades de la escala cubana del último periplo de Obama por América Latina.

Se imponen tres reflexiones. En primer término, con su viaje Obama confirma lo que algunos –no fue mi caso, por cierto– intuyeron desde el anuncio de la normalización entre Washington y La Habana hace 15 meses: no hubo quid pro quo entre asuntos económicos y derechos humanos. Si hubo intercambio de concesiones, fue otro. Obama decidió restablecer relaciones económicas con Cuba por motivos de su legado, haciendo a un lado cualquier exigencia de derechos humanos en la isla, pretextando para quien necesitara taparrabos que con el simple “engagement” o intercambio, tarde o temprano se produciría una abertura política. Los cubanos aceptaron que la normalización se diera con todo y embargo vigente, pero sin alteración alguna del régimen político. Durante 15 meses en Cuba, 20 años en Vietnam y 30 en China, el engagement no ha traído apertura, pero quizás Obama tendrá razón a la larga.

En segundo lugar, aunque Obama sacrificó los derechos humanos en el altar de su legado, no los abandonó del todo. Habrá una reunión exclusiva con una decena de disidentes cubanos, en la embajada de Estados Unidos, a pesar de la ira castrista. Hablará de derechos humanos y democracia en su alocución en vivo y transmitida a todo el país, y no habrá redadas preventivas por las autoridades cubanas para detener a los opositores antes de la visita. No es poco; supongo que quienes denunciaron a Fox por reunirse con disidentes en La Habana hace 15 años harán lo mismo con Obama.

Por último, el impacto económico para Cuba y para las empresas norteamericanas interesadas en hacer negocios en la isla ha sido, y será,  mínimo. Un largo artículo en The New York Times fechado el 12 de marzo, titulado “La brecha cultural obstaculiza los esfuerzos estadounidenses para comerciar con Cuba”, explicaba el problema. Viajan muchos, pero casi nadie cierra un trato; los norteamericanos esperan respuestas rápidas y no las consiguen; los reglamentos cubanos son infranqueables para ellos, y los estadounidenses no entienden las peculiaridades cubanas. A pesar de un potencial interesante –nada del otro mundo: se trata de un país pequeño, atrasado y pobre– en 15 meses prácticamente no ha sucedido nada, salvo un incremento relativo del turismo, con números absolutos irrisorios. Estados Unidos no resultó ser la tabla salvación sustituta del subsidio venezolano para la devastada economía cubana. Como el albañil, de China, Brasil y México, mejor ni hablamos.