• Caracas (Venezuela)

Jorge Castañeda

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Jorge Castañeda

La disyuntiva de Peña Nieto

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Las grandes disyuntivas de las sociedades no se detectan en tiempo real. Deben decantarse y distinguirse con claridad las consecuencias de una vía u otra. No sé si nos encontremos en una coyuntura tan crítica como otras, y si importe tanto como el camino que elijamos. Me atrevo a pensar que sí. Conviene entonces revisar las dos disyuntivas cruciales que atravesó hace poco el país, en las cuales nos equivocamos.

Entre finales de marzo y principios de junio de 1994, a Carlos Salinas se le presentó una alternativa terrible. O bien resolvía que el PRI y su candidato Ernesto Zedillo ganaran las elecciones a toda costa, amarrando el tipo de cambio, emitiendo Tesobonos, soltando el crédito, colocando el talento y la popularidad presidenciales al servicio de esa candidatura; o bien Salinas, después de la muerte de Colosio o después del triunfo de Diego Fernández en el debate, se resignaba a perder. Bastaban tres decisiones: soltar el tipo de cambio, sabiendo que habría una devaluación y se perdería la elección; recortar el gasto y ajustar las finanzas públicas; esconder al presidente en Los Pinos y en sus viajes. Ganaba Diego, la alternancia se producía en el mejor momento; nos ahorrábamos los errores de noviembre y diciembre; y Salinas evitaba el calvario que padeció después. Se equivocó, y seguimos pagando las consecuencias.

La segunda surgió entre junio y septiembre de 2001, habiendo superado Fox el riesgo de una crisis financiera transexenal –la primera vez que se lograba la hazaña desde 1970– gestando una ruptura frontal con el pasado. Podía exhibir ante el país el estado en que lo recibió; podía proceder penalmente contra un puñado de priistas asesinos o corruptos; podía desmantelar el viejo sistema corporativo y monopólico; podía impulsar reformas políticas, sociales, económicas de gran envergadura, en una alianza duradera con parte de un PRI amedrentado y de un PRD debilitado.  O podía resignarse a llevar la fiesta en paz, aceptando que su papel en la historia se cumplió con el 2000, evitando cualquier alteración de la estabilidad y cualquier choque con nuestra ancestral aversión al conflicto. Perdimos Adolfo Aguilar y yo; ganaron Santiago Creel y Alfonso Durazo; se equivocó Fox, como hoy lo reconoce a veces. Seguimos pagando las consecuencias.

Peña Nieto enfrenta quizás una disyuntiva semejante. Si la crisis es tan grave como lo dicen todos, dentro y fuera del país, aunque del gobierno, se imponen medidas radicales. Se han sugerido en otras páginas: devolver la casa de Las Lomas o donarla; presentar a los “confesos” de Iguala ante la prensa y una comisión investigadora independiente, con sus abogados “defensores”; construir una estrategia de seguridad que contemple las incompatibilidades reales de las opciones existentes (policía nacional o estatal o municipal; fin a la distinción entre fuero federal y fuero común; incremento significativo del presupuesto en la materia, en detrimento de otros rubros); cambiar a parte de un gabinete provinciano y sin experiencia de gobierno federal; y para no echar al niño con el agua de la bañera, reconocer qué del Mexican Moment era verdad, y qué ilusión. Si se equivoca, seguiremos pagando las consecuencias.