• Caracas (Venezuela)

Jorge Castañeda

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Elecciones brasileñas

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La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil este pasado domingo arroja varias evidencias, ya intuidas más no claramente confirmadas hasta el cierre de las urnas. Por la importancia del país, del momento y de esas elecciones, conviene reseñarlas con cierto detalle.

Se confirmó la consabida tesis de que todo intento de reelección en América Latina es sinónimo de elección. De los aproximadamente treinta casos que se han producido en la región desde mediados de los ochenta, cuando un país tras otro reintrodujo la reelección consecutiva en su legislación electoral, solo dos mandatarios salientes han fracasado en su tentativa reeleccionista. Uno fue Daniel Ortega de Nicaragua en 1990, quien no fue realmente elegido la primera vez, pero en todo caso estaba en funciones; el otro, Hipólito Mejía, en República Dominicana, fue derrotado por Leonel Fernández, que había sido presidente antes y lo volvería a ser en 2008. Todos los demás, repito todos, han ganado: el propio Fernández, Daniel Ortega, Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos, Fernando Enrique Cardoso, Lula, Carlos Menem, Alberto Fujimori, y ahora Dilma Rousseff. Conviene apuntar que no es el caso de los países democráticos del Atlántico norte u otras regiones. En Estados Unidos, a lo largo de los últimos 35 años, tres jefes de Estado en funciones han sido derrotados (Gerald Ford, Jimmy Carter y George H. W. Bush); en Francia, Valéry Giscard d’Estaing, Nicolás Sarkozy y muy probablemente Francois Hollande; en sistemas parlamentarios, John Major y Gordon Brown en Inglaterra; Felipe González en España, e incontables italianos.

El peso del aparato de Estado o lo que los brasileños llaman “a maquina” es aplastante. En ausencia de un sistema regulatorio muy afinado, estricto y fiscalizador, el abuso de los recursos públicos –dinero, aviones, medios de comunicación, inauguraciones de obras, etc.– se vuelve un obstáculo insuperable para cualquier candidato retador. Una de dos: se vuelve a suprimir la reelección presidencial en América Latina, o se establecen reglamentos mucho más severos. Si no, seguirán ganando siempre los salientes.

Una segunda conclusión de la elecciones brasileñas es que, de manera semejante a la elección de Barack Obama en 2008 y 2012, Dilma deberá gobernar un país no solo escindido en dos partes casi iguales –en todas las elecciones serias, con segunda vuelta, es el caso– sino fracturado social, étnica y geográficamente. Obama obtuvo de 70% a 90% del voto negro y latino en Estados Unidos, pero perdió la elección entre la población blanca en general, y en particular –y por un mayor margen– entre varones caucásicos. A la hora de contar votos, da lo mismo cuáles son; a la hora de gobernar no. Dilma ganó en todos los estados del norte del país, empezando por Minas Gerais, el estado de Neves, cuya mitad norte pertenece al “nordeste”, en algunos casos por márgenes de dos o tres a uno. Neves, a su vez, arrasó en los estados prósperos del centro y sur: Sao Paolo, Río, Santa Catarina, Paraná, Río Grande Do Sul. Dilma se llevó un porcentaje elevadísimo, casi la dos terceras partes, del electorado pobre o de nueva clase media emergente, justo por arriba de la línea de pobreza; de la población de origen africano marcado; y de las zonas rurales, tal vez gracias al “Oportunidades” o “Progresa” brasileño: Bolsa Família. Neves la apabulló en las zonas ricas del país, entre la población blanca y en las viejas clases medias y sus homólogos más recientes y pudientes. De nuevo, al momento de tabular sufragios da lo mismo; para gobernar, no.

El triunfo de Dilma, previsible por varias razones, no es ni un desastre para Brasil, ni una panacea. Las cosas seguirán más o menos como van: con escándalos crecientes de corrupción, con una economía creciendo muy levemente, y con una política exterior de mediados de los años cincuenta. O sea, más de lo mismo, como ha sido el caso desde finales de los años ochenta. No está mal, aunque podría estar mejor.