• Caracas (Venezuela)

Jonathan Reverón

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Jonathan Reverón

¿Cómo dejaste eso por allá?

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A razón de una boda (que me reencuentra con mi familia elegida, en su mayoría esparcida por varias ciudades del mundo), escribo desde Miami. Ya fueron la ceremonia, los días de reencuentro con amigos que pertenecen al afecto definitivo y ahora llega el momento de desandar haciendo un intento por desempañar el cristal que siempre vamos a tener frente a la verdad. Para remate me quedan muy pocas hojas de El hombre que amaba a los perros, una joya de novela escrita por el cubano Leonardo Padura.

En las muchas conversaciones que tuve frente al mar y el mall –Miami está dejando de ser con intensidad solo esa ciudad aunque el shopping y la playa siguen siendo sus principales ofertas– Marc, que viene con mi amigo venezolano y vive en Canadá, intenta dilucidar qué es lo que está pasando con el país. Días antes un taxista mexicano en Los Ángeles hacía lo propio, o también mesoneros de todas las nacionalidades; para nadie la cuestión Venezuela es ajena.

—Mis chamacos dicen que los venezolanos odian a los americanos –cuenta el taxista cuyos hijos nacieron en Estados Unidos­–. Yo les he dicho a mis hijos que la gente no es su gobierno, doy buena fe de la naturaleza de todos los venezolanos que conozco. ¿Y usted cómo dejó las cosas allá?

Le digo de la bipolaridad del asunto y que todo lo que vea por los medios no lo vaya a creer.

—¿Ah sí? –Y empieza mi exposición de motivos…

Paso una noche con mis amigos en Key West, solo la rudeza sobrevive a las islas. Varios carros se nos tiran encima y no nos dan paso, con una mesonera tuvimos un altercado a causa de su displicencia, cuestión que luego se acomodó aclarando que cada quien no escuchó los buenos días del otro. Estando a noventa millas de Cuba, con paranoia de meterme en el agua y ser víctima de un tiburón intranquilo, nos anuncian una tormenta, a toda vista el ensayo general del fin del mundo; y me consigo con la siguiente línea de Padura: “En la nueva lógica, nadie en este país era del todo inocente”. Parte de la historia de Ramón Mercader, el desterrado Trotsky y el odio con bigotes (Stalin), me ha servido para entender que los comunistas de hoy buscan desesperadamente no caer en los errores históricos de su ideal, con lo cual la otra fuerza debería hacer lo propio, la arrogancia y el desconocimiento contra la disposición popular, por ejemplo.

A Marc, le regalo la edición en inglés, The man who loved dogs, y se la entrego con una postal que lleva la imagen de Revenge of the goldfish de Sandy Skoglund, que a su vez sirvió como diseño de cubierta para Delirio de Laura Restrepo. “Querido Marc, este libro te hará entender lo que pasa en mi país. Quizás saber el porqué sea un buen antídoto para el odio”. Hoy, sin amigos alrededor y esperando mi vuelo de regreso a la realidad aplastante, sigo hacia el final de la novela de Padura y me consigo con otra frase. En la historia Stalin ya ha muerto: “Los excesos empezaban a llamarse crímenes”. Detectar la raíz del odio no es el argumento para ejercerlo.

 

elreveron@gmail.com