• Caracas (Venezuela)

Jonathan Reverón

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Jonathan Reverón

Hay que matarlos a todos

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Hace dos meses parecía que por primera vez en mucho tiempo todos estábamos de acuerdo en algo: este ha sido un gobierno incompetente con la seguridad de todos los venezolanos. Por más que se intentó convertir el dolor de una muerte injusta en la bandera de uno de los dos polos, la sintonía de eso que llaman “el país nacional” era contundente. Sin mayor protesta que la de una indignación capaz de traspasar paredes, la humedad de la rabia de todos sacudió al poder.

Un día llegué a mi casa con cuatro números de teléfonos celulares impresos en una hoja de papel pegada en la puerta de la entrada del edificio.

No soy el mejor vecino, por tanto todo el tema condominio casi siempre me pone de mal humor, a los pocos días me informé mejor del tema de los cuadrantes de seguridad y que esos teléfonos servían para denunciar o alarmar, como quien hace llamar al comisionado para que a su vez consiga a Batman. Y una vez más pensé que el problema se estaba atacando con buena fe pero dentro de la superficialidad de lo urgente. “Lo urgente tapa lo importante”, solía decirme una jefa a manera de regaño. Hay muchas y profundas heridas, todas mal cicatrizadas.

Ante las abrumadoras cifras de asesinatos anuales, hemos olvidado que es posible morirse de viejo, en una cama. Hace pocos días se hablaba de la incubación de una “cultura de la muerte” en el país, que afecta toda la concepción de la vida, aun entre aquellos que no son criminales. Una forma colectiva de necrofilia que se encarniza, en particular con los niños y los adolescentes, normalmente ajenos a la maquinaria de la guerra, pero que directa o indirectamente se convierten en piezas de esta. Eliminé varias referencias de la cita original, entre ellas, “colombianos”. El texto pertenece a Laura Restrepo, quien en 1999 lo escribió con el título “La cultura de la muerte”, una crónica magistral sobre el fenómeno de la violencia en su país centrada en Medellín.

Por fortuna se sigue haciendo teatro y, como lo dicta la norma, en momentos como estos se está escribiendo una dramaturgia que trascenderá. Es el caso de Haydée Faverola, que escribió y dirige la pieza Hay que matarlos a todos, que representa un espejo de aumento de nuestra realidad. Es la primera obra de teatro de Faverola, quien con muchas horas de tabla encima se expresa desde la angustia de una mujer y madre: “Antes podía llorar pero ahora estoy seca… No puedo más con mi soledad, con mi miedo… ¿Esto es mi normalidad?… ¿Y a quién le echo la culpa?... No, no, no te desprecio, no es culpa tuya… Déjame olvidar. Hay que aprender a vivir sin esperanzas… Este es un mundo en el que no quiero vivir. Me he resignado a la muerte… ¿No hay que vivir más?... Es suficiente ya… No puedo dormir, no puedo comer…”. Lo dice la señora Blasini (Diana Volpe), llena de armas de fuego dentro de su casa. En la historia, a esta mujer le mataron a su esposo. La venganza, el miedo y el odio la han encerrado en su apartamento. Solo recibe la visita de Juan (Abilio Torres), el muchacho del abasto, única persona con quien conversa y en quien confía.

El miedo nos está acorralando, nos neutraliza y, peor aún, ha hecho a un sector indiferente ante la suerte del extraño. La venganza inunda nuestras redes sociales. El gobierno y lo más radical de una oposición están dejando en bandeja aquello de que no importa perder hombres en pro de la utopía. Hay otro bando, espero que sin consciencia, hipócrita, socialmente indolente con quien no comulga en las formas de protesta. El diálogo nacional es lo importante, pero no exclusivamente desde un auditorio con empresarios y ministros, sino en los escenarios donde se activa el motor de la sociedad. A lo mejor es lo mismo decir el tiempo de Dios es perfecto que la muerte da el poder absoluto. Los ciclos son igual de inalterables.