• Caracas (Venezuela)

Jonathan Reverón

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Jonathan Reverón

Espacios inacabados

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Despedir a un amigo, o a un grupo de amigos, es el motivo que encabeza la lista de razones para reunirme con afectos. He decidido, por mi salud emocional, no enfrentarme a ese penúltimo abrazo. Ya despedí una vez a alguien en el aeropuerto, lloré en el trayecto La Guaira-Caracas y puse una foto nueva en la nevera. Me gusta tener a quienes no están en la misma ciudad en la puerta del refrigerador, cada vez que busco hielo o descongelo la costosa carne -ni hablar del pollo-, me encuentro con personas amadas, con sus pequeños hijos o simplemente con postales atribuidas a esas ausencias.

La Escuela de las Artes Plásticas de La Habana es un ambicioso complejo arquitectónico de principios de los años sesenta, fruto de una expedita solicitud del patriarca, hoy en su feliz otoño (una respetada historiadora me dijo que el comandante va a morir feliz). Pero ese reloj de arena no es el asunto, es más bien otra mecánica del tiempo: el inevitable abandono de quienes no quieren someter su vida a la barbarie, o han sido víctimas del arrase que se ha convertido para millones la revolución bolivariana. Un documental nada tendencioso ha puesto un espejo sobre sociedades como la nuestra, Unfinished Spaces, de Benjamin Murray y Alysa Nahmias. La película pone todas las cartas sobre la mesa, recoge los testimonios de los arquitectos Vittorio Garatti (Italia, 1927), Roberto Gottardi (Italia, 1927) y Ricardo Porro (Cuba, 1925), una trinidad de la construcción de ideas y edificios que fueron vencidos por esa misma barbarie que cierra sus puertos a cualquier idea contraria a la suya: el socialismo a la manera del castrismo. Un pequeño rosario de conclusiones se sacan del film, y no apela al juicio contra nadie. Unos arquitectos se quedaron, algunos se fueron a sus ciudades de origen y otros tantos decidieron construir desde el exilio.

Todos tenemos a alguien con pasaje en mano, sin dormir bien, esperando la autorización de un cupo de estudiante, retando su sentido de supervivencia cada vez que entra a una oficina pública oxidada de burocracia. Hasta el individuo más frágil de la escala social recibirá el coletazo del éxodo. Siempre que huimos ignoramos el tiempo de los cambios profundos, o no queremos admitir la historia de nuestra época. “No se puede vivir contra la época, ni volver siempre una añorante mirada hacia un pasado que se arde y se derrumba”, dijo Carpentier. Queda construir entre quienes quedamos, y a los que quieran volver, les espera mi abrazo.
 
@elreveron / elreveron@gmail.com