• Caracas (Venezuela)

Jonatan Alzuru Aponte

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Los tejidos de Armando Rojas Guardia

Homenaje a Rojas Guardia, a 30 años de la publicación El Dios de la intemperie; lo bautizó el 12 de mayo de 1985

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Cuando la tiranía de la razón se convierte en ley; la religión, en la moral del deber; la sanidad, en la indeclinable prescripción médica; cuando el sol es un ojo que ilumina la existencia, y el camino es colina empinada, sostén arquitectónicamente estable, matemático, elegantemente construido, cuya belleza rechaza toda imperfección; cuando cada escalón de la psique es un aumento de columna romana… Cuando la percepción del vivir es una línea recta del deber y la culpa… Es recomendable, urgente, imprescindible, necesaria, la bomba de la escritura del loco; lo derrumba todo para dejar carne cruda en campo abierto.

La escritura del loco es un Tejido; un tapiz cuya trama de hilos finísimos configura múltiples paisajes, dependiendo de quién se acerque. Lo común es que cada quien mira lo que quiere; allí no reside su magia… Lo que quiere, ese querer, que descubre en el tejido, está en el centro de su propio cuerpo, allí está el aura estética.

El Tejido del loco es un espejo donde cada quien puede confrontar su humanidad con la experiencia narrada, allí reside su potencia terapéutica, martillo que derrumba todo castillo seguro; apertura a la vivencia en la intemperie.

La vivencia del loco es la experiencia de la desnudez, un cuerpo sin máscaras: “Sin nada que aparentar, sin nada que justificar, sin pérdida o ganancia” como experiencia del Gólgota en retazos, con “el llanto impotente en la oscuridad del cuarto”. Solo desde aquella narración es posible comprender la puesta en cuestión de los valores sanos –que enfermaron con sus vestidos prepotentes a una sociedad– por parte del enfermo desnudo que cuidaba lo más preciado de su locura: su cuerpo humilde en devenir. Los tejidos son una cura, una apuesta, un camino oblicuo que deviene en intemperie.

Hace treinta años ya, que el loco empezó a tejer el espejo para que todos nosotros evidenciáramos nuestra propia desnudez. Occidente ha privilegiado el vestido como la forma más prestigiosa de andar; el revestirse como la forma de abandonar el cuerpo y jugar con los personajes en el teatro de la vida; se reviste el político, el sacerdote, el médico y el carcelero; se reviste el filósofo, el boticario y hasta el músico sin rosario. Entonces él, el loco, desde el margen, en la sordidez del manicomio, levantó su mirada al cielo –como un Adán redentor de sus pasiones– y decidió emprender el camino, en la libertad de su cuerpo, despojándose de aquello que la sociedad le había quitado, despojándose del pudor milenario de la culpa articulada con mitra y sotana, báculo y ceniza; entonces él, el loco, empezó la tarea de derrumbar refugios, uno tras otro, cual Quijote contra los molinos de viento. Él, el loco, acompañando al Jesús de Nazaret, en Viernes Santo, puso en tensión los valores que algunos usan para vestirse en día domingo; Domingo de Pascua, domingo de teatro, de recital, de halagos y  de empresa; domingo como lunes de feria o viernes de tasca en burdeles agrios… grises.

Él, el loco, asumió, si ambigüedad, el pensar desde la corona espina; no se trató de un afán masoquista ni una oda al sufrimiento, sino más bien, el dibujo inverso para conquistar la plenitud de transformar, dionisíacamente, el agua en vino. Hizo el camino del Gólgota al matrimonio consigo mismo, con el mundo. Se descubrió desnudo con un cuerpo glorioso: fiesta, la reconciliación insospechada.

Cuando América Latina estaba distraída, casi de rodillas, observando aquella historia de vestidos del Occidente moderno, Armando Rojas Guardia, en un rincón de un cuarto oscuro, aprendiendo el tempo de la depresión, en una liturgia de la quietud, dio las primeras puntadas de un  tejido que ha crecido ensanchando los horizontes del vivir. Hace treinta años, en 1985, el poeta, regala al mundo su Dios de la intemperie como el manifiesto de su cuerpo enfermo, desnudo, atascado en encrucijadas vitales, pero con la voluntad firme de poner en cuestión todos los desfiles de modas: religión, ciencia, medicina, política, filosofía y poesía…

Nuestra comunidad intelectual ha decidido celebrar los treinta años de aquella edición, en el marco del “Encuentro Binacional de Literatura Colombia-Venezuela” que se realizará en Mérida, coordinado por el amigo Pausides Reyes, en la primera semana de junio de este año 2015; se le realizará un homenaje a Armando Rojas Guardia con amigos, filósofos, poetas, críticos, que disertaremos sobre su obra, su trayectoria, vertebrado por las ideas expuestas en el Dios de la intemperie. Además, se bautizará el libro, Los tejidos de Armando Rojas Guardia, donde escriben Fernando Rodríguez, Adalbert Salas, Alejandro Sebastian Verlessa, Gonzalo Fragui, Rayda Guzmán, Luisa Helena Calcaño, Álvaro Márquez Fernández, Luis Vivanco, José Delpino, entre otros.

A treinta años del Dios de la intemperie le rendimos un sentido homenaje a ese hombre que temblando en el manicomio, hizo temblar la tierra tropical con su invitación a la desnudez, a la aventura, con un Dios capaz de las caricias; su lanzar los dados, una y otra vez, apostando a una vida plena en la transformación de lo dado en una fiesta reconciliadora con la humanidad que tenemos… humanidad, quizás oculta tras el ropaje de los envenenados siglos de luces, de letras marmoleadas como rocas del deber que la encapsulan.