• Caracas (Venezuela)

Jonatan Alzuru Aponte

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El camino de Arnulfo Romero: la voz de los sin voz

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América Latina celebró la beatificación del mártir de América, monseñor Arnulfo Romero. Un sacerdote que ha resucitado en la conciencia de los pueblos; su mensaje, fundado en Jesús, tuvo como centralidad denunciar las injusticias sociales, denunciar al poder opresor de las grandes mayorías, invitar a la construcción de una nueva sociedad, solidaria, fraterna con respeto a la condición humana; fue la voz de los pobres, los humildes y los sencillos.

El poder en aquel entonces, escudado en un discurso religioso anticomunista, en El Salvador, crucificó a sacerdotes, campesinos y al monseñor en el momento del ofertorio. Así como en el origen del cristianismo, la manipulación del poder político de Pilato y la manipulación religiosa, hicieron que las mayorías gritaran liberen Barrabás y crucifiquen a Jesús; al igual, El Salvador estaba dividido por una guerra fratricida y parte del mismo pueblo humillaba a Romero como a un nazareno del siglo XX. 

Hoy, en nuestro país, en Venezuela, el poder, escudado en un discurso religioso antiliberal crucifica al pueblo y se comporta fariséicamente, estigmatizando, denunciando, encarcelando o asesinando como enemigo a todo aquel que denuncia las injusticias sociales, a todo aquel que tiene una voz disidente, a quienes se enfrentan a la forma y al estilo del ejercicio político, peor aún, a todo aquel que intenta sobrevivir en medio del cataclismo económico generado por una parranda de incapaces, corruptos e ineficaces.

Seguir la senda de Arnulfo Romero en Venezuela supone la defensa de un pueblo frente un poder que de forma sistemática ha sometido al ciudadano común, separándolo de aquello que puede hacer en su vida ordinaria, separándolo de su potencia, sin asumir el chantanje que oponerse a los opresores locales implica subordinarse a cualquier potencia extranjera o entregarse como marioneta a otro tipo de opresión económica, nacional o trasnacional. La soberanía individual y colectiva de los movimientos sociales es un norte ético y de acción que se debe asumir para la práctica política democrática cuyo eje primordial sea la justicia y el respeto a la diferencia.

Opresión y fariseísmo es el discurso de un presidente que en cadena nacional ofende al pueblo cuando compara a los más pobres con los insectos, con los bachacos, “los bachaqueros”; a quien llama los insectos es a los comerciantes informales, aquellos que no tienen empleo y viven, actualmente, no solo de hacer cola –(porque quienes trabajan, formalmente, no pueden suspender sus actividades para perder, desgraciadamente, el tiempo en una cola, sino que pagan para que le hagan la cola y le compren sus productos)– sino también de revender los productos. Los vendedores informales son una consecuencia de una injusticia estructural, no son la causa del mal.

¿Acaso no les da vergüenza insultar de esa forma al pueblo que busca alguna manera de producir el dinero para mantenerse, sobreviviendo en medio de la miseria? Como no se avergüenzan, como desacaradamente viven en la máxima riqueza a raíz del robo al patrimonio nacional, debemos hacerles frente. Construir salidas no polarizadas, ni atrapadas por las gríngolas conceptuales de buenos y malos; izquierda o derecha, entre los movimientos sociales, entre los colectivos, entre las comunidades vecinales, entre los sindicatos; es un ruta que debemos impulsar.

Los poderosos no solo ofenden al trabajador informal, sino a todos los venezolanos, opuestos, indiferentes o afectos al gobierno, quienes deben sufrir la humillación de levantarse a las 5:00 de la mañana, un día a la semana, para comprar los productos de la cesta básica; porque en Venezuela no hay libertad para comprar el día que pueda la persona; sino el día establecido, ordenado, por el poderoso; además, como comprar lo que se desea y cuanto se desea es un delito según la moral hipócrita del poderoso, el sistema punitivo del Estado ha ideado un captahuellas, para que el ciudadano compre exactamente la cantidad de productos que el poderoso decide; si tiene, por supuesto, la fortuna de encontrar el día que termina su cédula algún producto de la cesta básica. Para remate de la humillación, en cadena nacional, el Ejecutivo abofetea al pueblo, incluyendo a los afectos a la revolución, afirmando (para que los otros países se hagan una imagen distinta de lo que acontece), de forma hipócrita, como los fariseos de la época de Jesús, que quienes hacen cola son pagados por una derecha que tienen una guerra económica. Esa declaración es el sumo del descaro.

Amparados en un discurso polarizado quieren ocultar su estrepitoso fracaso; a la par han implementado, por ejemplo, una política sistemática para desbaratar lo que queda de las comunidades intelectuales institucionalizadas; en Venezuela el salario del profesor e investigador universitario, oscila entre 33 y 45 dólares mensuales; recientemente, un amigo de nuestra comunidad intelectual, articulista de este espacio, afecto al gobierno, quien ha recibido premio como investigador, profesor y coordinador de un doctorado en ciencias sociales, no ha tenido otra alternativa que asumir el trabajo de taxista para completar su salario, para poder mantener a su familia y ganarse la vida.

El oficio no es indigno; lo indignante es la pérdida de alguien como él, que podía dedicarse a formar personas, a producir conocimiento, dedique su tiempo a trasladar de un lugar a otro a los transeúntes y deje de investigar, leer y estudiar porque no tiene otra alternativa para ganarse el pan de cada día. Seguramente, algunos enajenados, uso el término en el sentido clásico del marxismo, no perciben esto como un síntoma de un sistema explotador, sino lo atribuyen, quizás, como los ortodoxos neoliberales, a decisiones individuales, a los costos sociales de la política económica que no se percibe en la asépticas curvas macroeconómicas; mientras se inclinan, con las dos rodillas en la tierra, en la defensa de una idea, idealismo puro, sin pensar en los hombres concretos.

Es verdaderamente ridículo defender una pretendida revolución que tenía por horizonte mejorar la calidad de vida, cuando nos hundimos en el fango. Hacerle frente a la opresión no supone para nada que lo opuesto, decidamos a favor de otro sistema de explotación. La tarea que nos convoca la realidad es amalgamar ideas, propuestas, nociones políticas, sin grandes relatos, en la búsqueda de acuerdos mínimos, sin tener que entrar ni en una guerra fratricida, ni apostar  por una vía que no tenga como horizonte la justicia social; la alternativa no es entrar “por las frías aguas del cálculo egoísta”.

Quien conoce la historia de la economía política venezolana sabe, que los dueños de los modos de producción hicieron su fortuna, gracias a las condiciones y posibilidades que le ofrecían las políticas implementadas por el Estado; precisamente, porque es el Estado venezolano el gran productor de riqueza, más de 90% de nuestras divisas dependen de la venta del oro negro. No hay empresa privada venezolana que pueda competir con la trasnacional Pdvsa. El gran dueño de los modos de producción, es el Estado… ¡Perdón! el gran dueño de los modos de distribución… es el Estado.

No ha existido en todo el siglo XX un gobierno que haya tenido la mayor entrada de divisas como el actual; no ha existido otro gobierno que simultáneamente de forma deliberada haya destrozado el aparato productivo en tan poco tiempo; miles de pequeñas, medianas y grandes industrias privadas han quebrado, han sido expropiadas y todo ello sin ningún beneficio para la colectividad. Fue exponencialmente peor, para la vida cotidiana; aunado a una maxidevaluación con un control de cambio, para beneficiar a los políticos que detentan el poder; mientras condenan a cualquier otro que desea bien sea por trabajo, placer o por ahorro obtener con su esfuerzo y trabajo aunque sea la mitad de un dólar.

Las conquistas sociales que era un logro de los primeros lustros, se han vuelto sal y agua. Enfermarse, por ejemplo, en Venezuela, es entrar en una situación infernal, por el desmantelamiento del sistema hospitalario, por la escasez de medicinas, por el empobrecimiento de la calidad educativa de quienes se preparan en el sector salud.

Pero esa realidad para el común del pueblo venezolano no es la realidad de los poderosos que viven entre lujos, riquezas y privilegios. Recientemente, quizás fruto del desbaratado sistema de seguridad, se coló en las noticias la lamentable muerte de un oficial de nuestro Ejército quien era guardaespaldas del actual presidente de la televisora nacional. ¿Por qué un ciudadano común que dirige una televisora debe usar como empleado privado a nuestros oficiales? Es solo un dato para ilustrar, de qué trata el sistema privilegios en la vida cotidiana de los poderosos.

Pero el asunto no se queda allí, las cuentas multimillonarias en dólares, producto de la corrupción de los poderosos, han sido titulares en miles de países y nuestro sistema judicial se hace el mudo, el sordo, el ciego… La Asamblea Nacional no discute, no investiga, no interpela a nadie… ¿Hasta cuándo los intelectuales de izquierda seguirán amparando la gusanera de los poderosos? ¿Acaso no nos podemos unir para salvar el destino de nuestros hijos, nietos? ¿Por qué debemos asumirnos castrados en la producción de ideas, de propuestas? No se trata de apoyar o no al otro, sino empezar a tejer un nuevo destino. Desde hace rato, es hora de hablar por nosotros mismos.

Los cristianos de América Latina, de Venezuela, tenemos el ejemplo de monseñor Arnulfo Romero en la lucha contra la opresión… Es hora de empezar un diálogo desde las bases, con los movimientos sociales; es hora de dialogar entre las comunidades intelectuales junto a las comunidades obreras, estudiantiles, campesinas, indígenas. Es hora de levantar la voz con un eco sonoro, claro, diáfano, la voz de los sin voz.

 

 

*Alex Fergusson. Coordinador de A Tres Manos