• Caracas (Venezuela)

Jonatan Alzuru Aponte

Al instante

Foucault roturó al caballo de Turín

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El año había sido epiléptico, uniformemente convulsionado. Perdí en su tránsito, la capacidad de la sorpresa. Cada día lo vivía como el cochero y la hija de la película El caballo de Turín de Béla Tarr y Ágnes Hranitzky; un día tras otro sin novedad; todo gris como un ventarrón de silencio. Cerezas, guayabas, carnes, piñas y almendrones se hicieron papa con sal. El temor y terror más grande era como un Padre Nuestro en tiempo ordinario.

Un día, un grupo de amigos decidimos oponernos. Jugar al Quijote y Epicuro en medio del putrefacto desierto. Construir la contingencia y la novedad, para disfrutarla hedonísticamente. Oponernos a que la legítima preocupación por el Estado y su gobierno, conquistara el Estado y el gobierno de cada uno, aunque fuese por unas horas, por segundos escasos y ridículos. La empresa no era cambiar el planeta, tampoco la patria, ni siquiera la deshilachada institucionalidad universitaria. La aventura era modestísima, insignificante, se trataba de abrir una grieta minúscula para el respiro. Transgredir la pesadez de la existencia; algo así, como irrumpir, al estilo de La rosa púrpura del Cairo, con danzas, tulipanes, orquídeas y guaguancó en la rutina del cochero y de la hija, de aquella triste película húngara.

La utopía era convivir tres días con amigos de distintas posturas teóricas, ideológicas; convivir con quienes tienen prácticas políticas confrontadas; incluso, con  aquellos que teníamos años sin hablarles; queríamos fracturar el tiempo; hacer una fiesta que roturara la esquizofrenia cotidiana… En el mismo hotel, durmiendo, comiendo, bebiendo, discutiendo temas, asuntos y problemas que apasionan a los que nos hemos obsesionados por leer, por hacer el intento de pensar y escribir. La excusa perfecta fue Michel Foucault, un homenaje a su pensamiento, a treinta años de su muerte.

Mérida se configuró en el espacio ideal para experimentar el retiro; donde el norte era la delicadeza de cada uno para con el otro, con el afán de tensionar las contradicciones pero sin romper la cuerda dialógica, motorizando acoplamientos en visiones y celebrando los acuerdos; todo embadurnado de afecto y mucha sonrisa, jolgorio y musicalidad; sin aparentar consensos, pero ocupados en trenzar las pieles, con un cruce permanente de copas y no de espadas; una amistad contingente que no se ocupó del pasado de ninguno, porque es inmodificable, ni del futuro porque es incertidumbre; una amistad que se ocupaba del presente… Cuerpos como en un ritual tribal disfrutando, orgiásticamente, el encuentro con el otro y, por ello mismo, cada uno hizo un esfuerzo apolíneo de autorregularse, para que la pasión política, teórica o estética no lo desbordara. Una embriaguez dionisíaca comandada por Apolo. Las identificaciones difusamente compartidas, capitaneada en antaño por Rigoberto Lanz, fue un cemento blando que sirvió de adobe al escenario.

Lo coyuntural, el sabor local, se incorporó en la agenda pero no fue lo central; se abordaron temas antiguos de la cultura viejo europea y su devenir; la función del discurso de Foucault para interpretar nuestras prácticas intersubjetivas, por ejemplo, fue un asunto relevante.

La orquestación institucional entre la Embajada de Francia, Fundecem, la ULA y la UCV, posibilitaron la construcción del experimento donde cada uno era para sí y para el otro un animal erótico de prueba. Durante la jornada, la asistencia al banquete osciló entre 175 a 210 personas. Fue un placer escuchar 5 ponencias de amigos internacionales (Francia, España, Ecuador y Colombia) y 11 ponencias de los venezolanos; además, discutir, conversar y reírse con 15 amigos de distintas partes del país que fueron invitados, especialmente, para que compartieran la vivencia de escuchar, comentar las propuestas teóricas y nos brindaran su ser durante la eventualidad planificada.

Era viernes, 5 de diciembre, 7:30 pm; nos preparábamos para el concierto de clausura de la Orquesta Típica de Mérida. El agotamiento dibujaba nuestros rostros, con el pincel de la alegría. Un niño, 11 años a los sumo, pidió autorización para leernos un poema de su autoría. Una elegía a la lluvia. El disfrute lúdico de los niños bajo la tormenta, interpelando la rigidez de los paraguas de la adultez. Pensé en Jesús de Nazaret, en Zarathustra y se inundaron mis ojos de llanto.

Narada es un monje sabio, un viajero, en la mitología hindú; así se llama el niño merideño que tomó la palabra y nos hizo revolcarnos entre charcos y papagayos. Narada Martínez Núñez fue el acontecimiento que hizo estallar en mil pedazos “El caballo de Turín”.

 

*Alex Fergusson, coordinador. A Tres Manos