• Caracas (Venezuela)

Jonatan Alzuru Aponte

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Alex Fergusson A Tres Manos
Compromisos en el viaje

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¿Cuál es el compromiso de un intelectual? ¿Cuál es la responsabilidad de aquellos quienes se han ocupado del oficio de leer y escribir? ¿Acaso podemos establecer un imperativo para ese grupo de seres que se sienten llamados a comprender, explicar, indagar en problemas teóricos, tradiciones de pensamientos? ¿Qué reza el deber para aquellos cuya vocación es anidar en una biblioteca?

Las clasificaciones son odiosas, aunque de alguna u otra manera pertenecemos a unas tribus y no a otras. Caminamos en el desierto con ciertas caravanas y miramos de reojo a otras que parten hacia otro lugar. A veces resistimos el ataque brutal de alguna tribu; indignados confrontamos; a veces caminamos amargados porque un trayecto es compartido con el grupo menos indicado; en otras, invade un placer inmenso, porque se goza el caminar entre peregrinos que se identifican en cánticos, lenguajes y danzas. Me siento parte de algunas tribus, comunidades de intelectuales, pero no imagino mi vida atada a un decálogo de identidad. Más bien apuesto por un nomadismo.

En ese andar disfruto en comunidades que muy poco tienen que ver con la apuesta intelectual. Otras veces busco refugio amurallándome en el vientre de la casa. En otras me vuelvo brizna, rinoceronte, escorpión. Lo sé, hay un país, una circunstancia, ámbitos donde mi cuerpo se resiente de la mirada altiva y grotesca del poder. A veces, como un espectador, siento que me narran una historia que contingentemente me veo en ella, como si tratara de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Leo a los grandes para encontrar alguna pista a mis interrogantes. Thomas Mann, Nietzsche, Kafka, Adorno, Kundera, Pavese y casi por instinto a los franceses que de alguna manera funcionaron como protagonistas de aquel Mayo del 68; Sartre, Camus, Merleau-Ponty, Foucault… Leo sus cartas, diarios, entrevistas, ensayos… Son como un espejo, como un aguijón contra mi piel.

Lejos de mí están las tribus que se perciben como vanguardia; tengo un rechazo gástrico por aquellas que suelen ser las pregoneras de una manera de vivir, de un mundo nuevo que solo ellas saben cómo se llega y desde esa posición iluminada decretan la vida, con el mismo desprecio que el capitán ordena al soldado raso.

No creo en ninguna prescripción especial para aquellos cuyo oficio es la escritura; al igual que el carpintero bueno o malo en su arte, la actitud como enfrentan su devenir es un ejercicio de su libertad. Llegado a este punto, aclaro: cuando me expreso sobre la comunidad intelectual, es una forma de dar cuenta de cómo deseo o experimento mis identificaciones con esa tribu con las que a rato comparto una trayectoria del camino.

Nuestro grande, el obseso, el investigador de los cuerpos, Eugenio Montejo, revelaba que somos poliyó. Somos una multiplicidad andante donde cada uno tiene su nombre e historia, nuestros heterónimos; aunque por comodidad o, tal vez, por costumbre insulsa los apodamos iguales, los hacemos homónimos, ¿cuál es la responsabilidad de los poliyó que me habitan? ¿Acaso es posible responder por todos? De hacerlo, ¿cuál es su sentido? ¿A quiénes les respondo? ¿Por qué y para qué?

Malraux decía que la vida era como el intento de cruzar un río aun sabiendo que nadie lo conseguirá. Mi horizonte de navegación es intentar responder por los deseos de mis poliyó en cada instante; he tenido naufragios indescriptibles, porque algunos heterónimos son paralíticos y cobardes. Sin embargo, la forma como navego es mi horizonte elegido.

No sé la responsabilidad de ese abstracto intelectual. A lo sumo, dibujo la respuesta de mis cuerpos a los compañeros de viaje. Respondo por mis deseos de oponerme, resistir, hacer guerra, radicalmente, contra todos aquellos cuya vocación es gobernar mi existencia de forma autoritaria. Respondo por mis deseos de hacerme instrumento de paz, como recitaba el otro Francisco, para tejer tribus de múltiples colores, como caravanas de carnaval, donde el festejo del desacuerdo conviva, sonriente, con alianzas contingentes, donde gobernar y ser gobernado forme parte del juego, siempre circunstancial y con el respeto absoluto para todo aquel que desee estar, caminar un trayecto o irse de la caravana. Amigos, esta es mi apuesta.