• Caracas (Venezuela)

Jesús Rangel Rachadell

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Los más débiles no son los pobres

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Mi amigo Iván me pregunta: ¿Este desastre es solo desidia e irresponsabilidad, o es un genocidio en cámara lenta?

Mi primer razonamiento es que este comportamiento del gobierno tiene que ser pura negligencia; la administración tiene un hacer descuidado de sus deberes para con los ciudadanos; sin honorabilidad por no cumplir con sus obligaciones. Luego conjeturo que hay una intencionalidad, que todo es un engaño, un fraude, una simulación maliciosa con la intención de dañar a los más débiles, que no necesariamente son los pobres; son los ancianos, los niños, los enfermos, las embarazadas y todos aquellos que tienen alguna discapacidad o imposibilidad de acceder a los bienes y servicios necesarios para vivir.

El gobierno se hace el loco; sabe que la comida que compra en el exterior –por su mala administración– no les llega a todos los venezolanos; sabe que no deja producir a las empresas venezolanas; que provoca un gran daño a quienes viven de una pensión y no tienen cómo recorrer varios automercados, abastos o comprarle a un buhonero los alimentos a precio de oro; y que ese tiempo lo deberían estar dedicando a descansar sus exiguas fuerzas.

Cuando veo en las colas a tantos ancianos bajo el sol, parados durante varias horas; pienso en mis mayores, si ellos a su vez no tuvieran familiares que les compren los alimento y las medicinas ¿cuáles serían sus opciones? ¿Podrían cumplir sus tratamientos? ¿Y si les sucede un accidente en la calle? Los más débiles no tienen fuerza para luchar contra la rapiña de los bachaqueros, contra los que –con la anuencia del gobierno– hacen un negocio con los alimentos.

Este gobierno tan arrogante ni gobierna ni huye, pero de este comportamiento no les quedará a los chavistas beneficios reales o duraderos, ya que no tienen cordura ni cálculo para sortear la pronta pérdida del gobierno, no quieren modificar su conducta que origina los perjuicios que todos conocemos; no están paralizados, el daño es a propósito.

Lo lamentable es que hagan ostentación de la Constitución, de los supuestos derechos que tutela y que no cumplen. Tener la mejor Constitución del mundo no sirve para nada, el papel en el que está impresa no sirve para comer, no alimenta.

La conjura de los ministros es para engañar al pueblo, en un entramado de corrupción; están concentrados en su pensamiento sectario que produce insustanciales meditaciones y desatinos como los gallineros verticales o sembrar las medicinas; inventando puros disparates que no aportan ningún beneficio a la sociedad; y mientras tanto todos pasamos trabajos para cubrir las necesidades, conseguir lo elemental se convierte en una proeza.

Parece mentira, lo que observamos es una matanza de la población, principalmente de inocentes. Los más afectados no son los políticos del gobierno ni sus jueces; los más afectados son los ignorados del sistema, los excluidos a los que decían representar; para ellos no hay comida, no hay Mercal, no hay hospitales, no hay electricidad ni agua; obligaciones que cumplía con normalidad cualquiera de los gobiernos de la democracia.

Estando rotos los vínculos del gobernante con el pueblo, este es un gobierno fantasmagórico que se está desvaneciendo con la misma fragilidad con la que llegó. Los seguidores que tuvo –ante el desconcierto por los errores cometidos– se están desmarcando para no ser arrollados por la oleada demoledora del deseo de cambio que tiene la sociedad. Las fuerzas del cambio le pasarán factura al gobierno por el abuso disparatado de los recursos del país, y los funcionarios públicos serán sospechosos –aunque no culpables– hasta el juicio en el que se les permita demostrar su inocencia.

La sociedad espera ansiosa la oportunidad de expresarse en las elecciones, cuando dará el gran salto sobre este abismo de barbarie. El pueblo indefenso ya está listo para dar el gran viraje hacia un futuro mejor, para quitarse de encima esta persecución del hampa, para sacarse estas calamidades, suprimir la herencia del socialismo del siglo XXI; detener la masacre que su inacción ha permitido –porque desidia es otra cosa–.

Tenemos una justa causa; debemos detener el saqueo de los recursos del Estado, contener la violencia desbordada, interrumpir el desmantelamiento de la empresa privada y el robo de nuestro futuro, entre otras innumerables correcciones que hay que hacer. Solo falta el temperamento y la firmeza de los votantes, que sin compasión depositaran su voto castigo para sentenciar la cobardía de tantos funcionarios públicos que encubrieron los devaneos de sus superiores. Falta poco.

Cuando tengamos la mayoría de la Asamblea Nacional podremos aplicar la Ley Orgánica del Poder Ciudadano, que en su artículo 22, contiene uno de los mecanismos para relevar a cómplices de este desgobierno, como lo son los integrantes del Consejo Moral Republicano, léase fiscal general de la República, contralor general de la República o defensor del pueblo; por cuanto estos pueden ser removidos de sus cargos por la Asamblea Nacional, previo pronunciamiento del Tribunal Supremo de Justicia en Sala Plena, que declare que hay mérito por, entre otras causales, el incumplimiento o negligencia manifiesta en el ejercicio de sus atribuciones y deberes.

Y si le preocupa que el Tribunal Supremo de Justicia no colabore, les puedo referir, como decía el narrador Carlitos González: “Las he visto más feas casadas”.

 

@rangelrachadell