• Caracas (Venezuela)

Jesús Rangel Rachadell

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Cooperantes en el exilio

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En un futuro no muy lejano, depresivos entre el autoexilio y el roble, se reunieron varios venezolanos una noche de luna llena, cada uno una historia.

Se encontraban en Nueva Orleans, Estados Unidos, en una casa con vista a la bahía, disertando sobre cómo les va a los que se fueron cuando ganó la oposición.

Al dueño le apodaban Corcho; le gustaba la bebida, y si no estaba pegado a la botella se hallaba en el suelo. Corcho hizo dinero, se dedicó a negociar alimentos; importar con dólares regalados, sobrefacturar y sufragar la comisión de la gente de adentro. La comida se pudrió y su primo el fiscal –patria o muerte, pero nunca limpios– lo ayudó.

Vale la pena mencionar al perrito de Corcho, llamado Flush, este me contó íntegramente el festín, todos tan diferentes como los perros. Corcho es un sentimental, le tomó cariño al cachorro, le encantaban sus largas orejas, se lo llevó de Maracaibo.

El Negro, Mike, Tony y Peter la pasaron mal apenas salieron de Venezuela; uno de ellos vendió partidos políticos a través de tribunales; lo cobrado se lo gastaron en campaña electoral, aspirando vanamente a un liderazgo sin gente, creyeron ser un Richard Ojeda cualquiera.

Algunos sobrevivían, por ejemplo, Tony se ocupó de las telecomunicaciones, solicitó prestado para comprar medios de comunicación, y los acomodó al servicio de la revolución; no previó el cambio político del país y lo dejaron sin pauta publicitaria. Tony, a precio de gallina flaca, devolvió los medios a los dueños anteriores, quienes recobraron sus periódicos, radios y el canal de televisión. El riesgo de ir preso lo convenció de vender.

Mike decía que era amigo de todos, y el primer delator fue su compadre del alma. La mascota Flush le vio la cara de pendejo al oírle contar el incidente de las guías de movilización de los productos enviados a Rubio, siendo esa la vía a la frontera por Delicias; en San Antonio la milicia pedía su parte.

Por su condición de ex militar el Negro es el único que va y viene de Caracas; allí visitó a la familia pobre de Tacho, quienes le enviaron saludos a los del norte, “que por acá todos andan bien”. Y ya que mencioné a Tacho, ese remoquete lo obtuvo por pinchar como una tachuela. En el instituto fue un diablo, correteaba a las chicas; sin casi trabajo desde el ocultamiento del índice de inflación se pasaba el tiempo en la barbería de Alberico, haciéndose las uñas y la pedicura.

Mago acudió acompañado de Pastor. El Mago es un genio desapareciendo el dinero; el fisco norteamericano intentó seguirle los pasos y se empantanaron en los países asiáticos en los cuales escondió la fortuna, hecha de facturar medicinas contra el cáncer y el sida, que jamás aparecieron.

Pastor se las daba de evangélico, le decían así por su honestidad a carta cabal. Pastor los veía dilapidar el erario público, cometer delitos, y volteaba para otro lado. Ese hombre merece ser declarado santo.

El Musu no es musulmán, solo tenía apellido árabe; no es egipcio, ni marroquí, iraquí, sudanés, yemení, palestino, sirio o jordano; es criollito, con algunos parientes en esos países. En otras épocas mandó en el Saime, Diex u Onidex. Conocía a sus paisanos bomberos, por poner bombas, y se encargaba de promover la causa revolucionaria.

El licenciado González, alias Gonzo, los escuchaba sin pestañear. Como socio principal de la firma internacional auditora de ministerios, institutos y empresas del Estado, sabía las transacciones de ellos. Trataba esa información de la misma manera que lo haría un muerto en vida, hasta que el Tesoro americano lo jamaqueó y le exigió explicaciones. Una vez cantó, no lo molestaron más, solo le prohibieron salir del país.

Faltaba Tibu, llegó a la aristocracia desde el pueblo sin pasar por la burguesía. Dedicado a las altas finanzas en las casas de bolsa y en los bancos intervenidos, hacía algo así como pagar y darse el vuelto. Su mérito, ser uno de los muchachos de Giordano.

El Dipu embarcó a sus panas, no asistió a la tertulia, está perdido.

La conversación giró en torno a los venezolanos que obtuvieron el estatus de soplones en el imperio; esos gobernadores, magistrados, ministros, fiscales, compradores de ferrys y de droga. Consiguieron lavar el título de revolucionarios diciendo una cuarta parte de lo contemplado y una décima parte de lo hecho, los gringos los recibieron de brazos abiertos. Este otro grupo gestionó mucho para ser admitidos, y despotricaban de los yanquis.

Flush enfocó su atención en el Negro cuando este propuso un fondo de ayuda a la conspiración, para costear un sistema de asistencia sanitaria a los camaradas que no tienen recursos, y de apoyo a los planes de recuperación del poder. Sometida la proposición se negó 10 votos en contra y 1 a favor; el voto a favor no fue del Negro.

En el ambiente había un no sé qué de derrota originado el día que perdieron la Asamblea en 2015.

 

@rangelrachadell