• Caracas (Venezuela)

Jesús Rangel Rachadell

Al instante

Bachaqueros capitalistas

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Hablando con mis hermanazos de las colas que han hecho ellos y sus esposas, me dijeron que esos bachaqueros no eran ningunos socialistas, que esa era una manifestación de capitalismo duro, que comprar barato, aunque se invierta mucho tiempo al sol o con lluvia, para venderlo más caro, es lo que enseña el libro de Adam Smith sobre la riqueza de las naciones, satisfacción de las necesidades por medio de la libre empresa, libre competencia y libre comercio.

Algunos bachaqueros son como usted, como yo, como nosotros, que hacemos nuestro esfuerzo; a veces compramos barato e intercambiamos con la familia; otros tienen equipos, grupos, vecinos o familias enteras dispuestas a movilizarse en Metro, moto o busetas, hacia el automercado o abasto del que le llegue el aviso de venta de mercancía regulada. Todo se va a vender al precio que imponga el bachaquero (demanda inelástica); o por lo menos eso es lo que dice una madre en San Diego, estado Carabobo, que no consigue pañales para su hijo: Compro pañales al costo que sea.

La única limitación para la reventa es el tamaño del mercado, que para los que viven en Caracas es todo el país, ya que en el interior la cosa está peor y el pueblo viene a Caracas a resolver su problema de escasez.

Las operaciones de compraventa de los bachaqueros son en efectivo, que también está escaso. Los cajeros electrónicos entregan un mínimo de billetes para que los compradores se vean obligados a acudir al comercio formal –pagando con tarjeta de débito o crédito–. Los buhoneros están usando puntos de venta electrónicos, colocando personal de seguridad por la cantidad de billetes que manejan, y aceptan cestaticket.

La división del trabajo entre los bachaqueros está bien estratificada, en la parte baja de la jerarquía ubicamos a los que hacen la cola; sus familiares, amigos y relacionados; hacen la fila por ellos y por los que no han llegado, lo que ocasiona peleas y molestias entre los compradores que llegan temprano. También están los que usan la fuerza, imponiendo a su gente para ocupar esos espacios. Es una batalla, en la que cada espacio se pelea; se avanza o retrocede en la medida que el bachaco sea más o menos grande, tenga una navaja, o esté apoyado por la banda. Estos son los que más trabajan y menos cobran, pero gana lo suficiente para el día o uno de los bienes para sí mismo, su costo es la espera, ese es su pago. Al recibir más que el salario mínimo deja de ser explotación de la mano de obra.

En la cadena sigue el que da el pitazo, el que avisa. Puede ser la cajera, el empaquetador, el vigilante, el fiscal del Sundee, el soldado, el reservista, el gerente o cualquier otro que tenga información de la llegada de la mercancía. Está el motorizado, quien se apersona en el sitio para hacer un análisis de la calidad y cantidad de la mercancía que se puede llevar. Si la inversión es rentable se llama alchofer de la buseta. Este arrea la mayor cantidad de personas para comprar, y espera a que terminen para regresar. Llevar y traer gente a bachaquear es más rentable que hacer la ruta de la línea, sin riesgo de que lo asalten en la vía.

Luego viene el que maneja el efectivo y organiza a su gente; y en la cúspide tenemos al financista real, el que tiene el dinero –en efectivo–, que tiene capacidad de almacenar, y que a su vez alimenta a los vendedores ambulantes.

El buhonero que expende no necesariamente es parte de la estructura, adquiere el producto a un valor más alto –sin hacer cola–, para venderlo en la redoma de Petare, el mercado de El Cementerio, el mercado de Chacao, el bulevar de Catia; etc.

Toda esta organización es capitalismo puro, división del trabajo y uso de una moneda de cambio, solo que no se premia la producción sino la espera en la fila. El que trafica con los bienes gana más que el sueldo que se le paga al obrero que lo elaboró. El bachaquear no es trabajo productivo, no suma valor, se pierde apenas se genera, rompiendo el ciclo virtuoso de la economía.

El bachaquero nace por los vicios del gobierno en la formación de los precios; la reventa escapa a la infame regulación, y aparece la ley de la oferta y la demanda. Este es un proceso en el que quien tiene más dinero impone la satisfacción de sus necesidades, y los que menos tienen deben hacerse parte de la cadena del bachaquero o se quedan sin nada, esto es socialismo del siglo XXI.

Con la regulación el Estado ha creado un monopolio a favor del bachaquero, cuando el precio natural de la libre competencia sería más bajo.

La sociedad intenta mecanismos de compensación; por ejemplo: en los bulevares de Sabana Grande o Catia, los comerciantes colocaban frente a su negocio sus propios buhoneros o manteleros, a quienes ahora llamarían los bachaqueros del final de la cadena. El comerciante evitaba así la competencia desleal frente a su negocio, y se hacía con una parte de ese negocio. Pocos industriales pueden apoyarse en un canal de distribución paralela que se salte la participación del bachaquero, entregue el producto al buhonero, y obtenga el valor de su mercancía. Tampoco hay muchos comerciantes que puedan asociarse con el financista de los bachaqueros, entregarle la producción, y recibir algo más que el precio sugerido.

Aquí cada quien sobrevive como puede. En estos peores momentos el socialismo saca a relucir nuestro espíritu emprendedor y capitalista grabado en la naturaleza humana del ser venezolano.

Para enviar el mensaje de que el socialismo del siglo XXI es un fracaso, hay que votar en contra del gobierno el 6 de diciembre, abajo el comunismo.

 

@rangelrachadell