• Caracas (Venezuela)

Jesús Puerta
A tres manos*

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Jesús Puerta
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Liderazgos

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El profesor Vladimir Acosta comentaba, a propósito de los resultados electorales del 14 de abril del año pasado, que podía ser positivo el susto que se llevó el chavismo en aquella oportunidad, porque lo obligaría a revisar muchas cosas. Ahora, que se aproximan las elecciones parlamentarias, podríamos estar de nuevo al borde de otro susto. Si así fuera, esa “pedagogía del susto”, por llamarla de alguna manera, evidenciaría su poca eficacia.

Más que asustados, el talante más apropiado hoy es el de los preocupados. En la oposición, las contradicciones internas permiten augurar grandes dificultades para estructurar las planchas, y, una vez hechas, incorporar a todos los factores en la campaña. Del lado del chavismo el problema es otro: cómo superar el desencanto, la inercia, el descontento. Por eso, vale la pena reflexionar brevemente acerca de los liderazgos. Y de uno  en particular, uno por antonomasia.

Los líderes son acontecimientos. Siempre rompen, de alguna manera, la inercia de la repetición y la rutina, esa pesada estructura de la vida. Desbordan las clasificaciones que nos orientaban hasta ese momento en medio de la opresiva cotidianidad. Chávez es el ejemplo por antonomasia. Su aparición en la historia contemporánea (que es la de la vida pública, la de las masas) tuvo todos los rasgos de una revelación, porque fue una figura de ruptura, la interrupción del funcionamiento de una maquinaria productora de grises desesperanzas.

La acción fundadora de Chávez fue plural. No sólo abrió el 4 de febrero el abismo que separó de una vez por siempre a los políticos de entonces, todos equivalentes en lo mentirosos, manipuladores, ladrones, egoístas, aprovechadores, criminales, etc., respecto a “lo demás”, lo absolutamente opuesto, inverso, contrario; sino que supo renovar esa diferencia, ese corte profundo, mediante la fijación de nuevos horizontes: nueva Constitución, nueva orientación general de la inversión pública, antimperialismo, socialismo, Poder Popular. La inventiva y la audacia de Chávez sorprendían a propios y contrarios. Y definió a propios y contrarios. En Venezuela, todos somos chavistas, por seguirlo o por enfrentarlo, por amarlo o por odiarlo. Por eso fue algo más que un símbolo: fue el dispositivo de estructuración de un nuevo código cultural político.

Pero Chávez, a la vez de ser una figura de ruptura, fue el destino de todas las esperanzas aferradas. Cavó hondo un foso adonde vinieron a desembocar todas las afluentes del descontento y los sueños del pueblo. El carisma de Chávez, su buen  humor, su actitud cariñosa, a la vez que sus explosiones, su irreverencia, su “falta de modales”, sus arranques impredecibles, sus cantos y poemas y comentarios bruscos de lecturas, fueron tejiendo unos vínculos afectuosos que pueden definirse, sin reservas, como enamoramiento.

Ese “hiperliderazgo” (la expresión de Monedero fue eficaz) es hoy un vacío sin fondo. Las quebraditas y afluentes del descontento y la esperanza popular hoy fluyen de acuerdo con los accidentes del relieve siguiendo, como el agua, la dirección marcada por  la gravedad. Ya no hay una hoyada como Chávez. Todo es desesperadamente llano. Eso hace impredecible el resultado las próximas elecciones. Se trata de una nueva prueba de la consistencia del chavismo como movimiento político, lo cual comprende la capacidad organizativa del PSUV y los otros partidos del Polo Patriótico. La oposición, previsiblemente, repitiendo sus mismos errores, le darán una significación plebiscitaria a esas elecciones. En correspondencia, la dirigencia chavista también. Veremos si los electores se lo dan también.