• Caracas (Venezuela)

Jesús Durán Zorrilla

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Jesús Durán Zorrilla

Amor en tiempos de revolución

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El título del presente artículo no pretende emular a aquella obra extraordinaria del novelista Gabriel García Márquez, llamada: El amor en los tiempos del cólera. Aunque si usted, amigo lector, desea interpretar esta revolución, como una pandemia (enfermedad de todo un pueblo), pues no lo culpo, también así lo veo y hay razones suficientes que lo justifican.

Mucho se ha producido en nombre del amor, a través del arte y la literatura, pero en esta ocasión haremos mención a una situación por demás lamentable para nosotros los jóvenes venezolanos. El caso es que aquellos que teniendo una relación de pareja y armados con el ferviente deseo de dejar sus hogares para constituir uno propio, se ven imposibilitados ante la gravísima dificultad para la adquisición de una vivienda. La solución obligada para solventar tal situación ha sido la de vivir “arrimados” en la casa de la familia de alguno de  ellos, lo que en el peor de los casos, puede producir conflictos de convivencia al carecerse de un espacio íntimo con reglas propias. La otra solución, aun más difícil, y que actualmente es la más popular en estos últimos años, ha sido buscar a cualquier precio la forma de irse a otros países a encontrar lo que Venezuela no ha sido capaz de ofrecernos, es decir, las posibilidades de acceder a una vivienda, bien sea en carácter de propietario o de arrendatario, lo que se encuentra estrechamente vinculado con las políticas erradas en materia inquilinaria promovidas y defendidas por la revolución, particularmente en lo referente a la Ley para la Regularización y Control de los Arrendamientos de Vivienda y su Reglamento, así como también, la Ley Contra el Desalojo y la Desocupación Arbitraria de Viviendas. Leyes que han puesto en alerta a aquellos arrendadores ante la altísima desproporción que existe en la relación jurídica entre arrendador y arrendatario, dándole altísimas ventajas a este último, provocando en muchísimos casos abusos contra el arrendador, lo que a mi juicio dichas leyes implican la violación del Preámbulo y del artículo 21 de nuestra Constitución, donde se establece el principio de igualdad ante la ley.

La consecuencia inevitable de lo anterior, y con toda razón, ha sido la abstención de los arrendadores de publicar y dar en arrendamiento algún tipo de vivienda, protegiéndose de esta manera de los abusos a los que puedan exponerse, dificultando así para muchas parejas independizarse de sus familias. De ello se desprende lo perjudicial de las mencionadas leyes para ambas partes, en el sentido de que uno quiere poner un bien inmueble en alquiler pero no se atreve, y otros quieren alquilar pero no consiguen quien les alquile. En definitiva, este tema debe ser evaluado nuevamente por la Asamblea Nacional de una manera coherente y sin apasionamientos.

La gravedad del asunto ha inoculado en el corazón de nosotros los jóvenes venezolanos, un sentimiento de desesperanza, particularmente en aquellos que realmente no deseamos dejar nuestro país, nuestra historia, amistades y vínculos familiares. Pero es comprensible que muchos se vean en la necesidad de hacer maletas al no estar dispuestos a soportar la carencia de oportunidades, ya que entendieron por experiencia propia o ajena, que es más fácil cambiar de país que cambiar al país; y que suponiendo que ese cambio (para bien) inicie su marcha, los resultados en cuanto al impacto económico y social no se verán a corto plazo.

En este sentido, no puedo dejar de destacar el mérito de todos aquellos que han seguido resistiendo los embates de esta situación que vivimos, y que como yo no perdemos la esperanza de un país más generoso con sus hijos, pero siempre partiendo del hecho que en cada venezolano reposa la responsabilidad de que esos cambios para bien se materialicen en la medida real del aporte que podamos hacer. Pero este último punto lo trataremos en un próximo artículo.