• Caracas (Venezuela)

Javier Vivas Santana

Al instante

Los zapatos rotos de mi hijo

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Hoy, al ver los zapatos rotos de mi hijo, también observé a través del “canal del Estado”, al presidente de la república diciendo al mundo que nuestro país tiene las reservas más grandes de petróleo del planeta, mientras millones de venezolanos no pueden encontrar los medicamentos indispensables para sus necesidades de equilibrio neurológico, orgánico y biológico, y observo médicos en huelga de hambre que protestan por la quiebra de los hospitales y por sus condiciones de vida, al punto de que hasta niños y ancianos han muerto por no encontrar una simple pastilla o no contar con los tratamientos correspondientes.

Hoy, al ver los zapatos rotos de mi hijo, me fue posible escuchar a la cancillera, ataviada con ropa y carteras de marcas europeas, decir que Venezuela puede darle de comer a tres países juntos, mientras estoy viviendo un contraste que jamás imaginé. ¿Sabrá esa ministra que en la nómina del Ministerio del Poder Popular para la Educación, órgano del Estado que tiene cerca de 800.000 profesores y maestros (activos y jubilados), tengamos los docentes, como la mayoría, que sobrevivir con un salario mínimo, en un país en el cual un tercio de esos ingresos representa el valor de un kilo de carne, el cual a lo sumo durará dos días en la nevera de una familia de cuatro personas; verbigracia, que millones de venezolanos ni siquiera podamos comer lo más básico y esencial?

Hoy, al ver los zapatos rotos de mi hijo, también miraba en una cadena presidencial la elocuencia verbal de los protagonistas cuando señalaban que tenemos una geografía llena de oro, diamantes, coltán y piedras preciosas, ignorando que esa riqueza está ubicada en la amazonía, es decir, en el mayor reservorio de flora, fauna y agua del planeta, así como de espectaculares formaciones precámbricas donde han vivido por siglos grupos indígenas, que en lo sucesivo correrán el riesgo de ver contaminados sus ríos con mercurio y pulverizada toda su naturaleza y formas ancestrales de vida porque el gobierno venderá las reservas de lo que ha llamado “arco minero” a consorcios internacionales, razón por la cual recibirá miles de millones de dólares para llevar adelante su seudo revolución.

Hoy, al ver los zapatos rotos de mi hijo, escuché al ministro de la economía pidiendo paciencia a los venezolanos, que desde que Maduro llegó al poder llevamos tres años en colas, buscando alimentos básicos mientras aumenta la inflación hasta niveles que convierten la moneda nacional en polvo cósmico, es decir, quieren seguir condenando a la población a una perversa humillación e inclusive pretenden manipularla con el hambre y la máxima necesidad al obligarla a “censarse” y, por consiguiente, que un burócrata decida quién debe y tiene que comer porque el gobierno decidió que ya no se venderán los escasos alimentos en supermercados y abastos.

Hoy, al ver los zapatos rotos de mi hijo, constaté que, a pesar de contar con tres pregrados, una maestría y un doctorado, mis ingresos como profesor me hacen parte de la inmensa mayoría de los venezolanos que nos hemos empobrecido durante el neototalitarismo madurista. Es una situación que no viven Maduro, ni Cabello, ni sus panegíricos civiles o militares porque ellos son la casta privilegiada de un país al cual arrasaron traicionando las conquistas sociales logradas por Hugo Chávez.

Hoy, al ver los zapatos rotos de mi hijo, con mis ínfimos ingresos tengo que decidir entre darle de comer o evitar que ande descalzo. Es la pobreza que nos ha llegado en el decurso del siglo XXI en la Venezuela petrolera y con inmensas riquezas naturales, pero también llena de corruptos y agentes de la represión sobre una población que agoniza en su condición social, pero cuyos zapatos aunque también estén rotos pueden romper con cualquier vestigio de poder en un momento determinado. Por ahora, hasta mi hijo, al verlo con sus zapatos rotos, también ha sido víctima del empobrecimiento del país.