• Caracas (Venezuela)

Javier Vivas Santana

Al instante

La sangre de Tumeremo

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Lo ocurrido en Tumeremo con el asesinato a mansalva de un grupo de mineros por parte de células del terror, la delincuencia y dueños impunes de parte de nuestra geografía nacional representa un conjunto de acciones criminales que se repiten casi a diario en el estado Bolívar, solo que en esta oportunidad a las víctimas les aparecieron sus dolientes con rostros vertidos de lágrimas y dolor.

Tumeremo, para desgracia del país, se ha convertido en nuestro Ayotzinapa (en analogía con los 43 maestros desaparecidos en México), porque entre una matanza y la otra existen características similares. En ambos casos son espacios cubiertos por mafias quienes han infiltrado todas las autoridades civiles y militares. De hecho, ¿cómo justificar que las primeras investigaciones apunten que algunos de los involucrados(as) hayan purgado penas carcelarias o incluso se hable de fugados(as)? ¿Quién puede justificar las declaraciones iniciales del gobernador del estado Bolívar, cuando aseguró que las protestas que movieron a los pobladores por estos hechos relacionados con el sector minero eran producto de mentiras con fines de generar “zozobra”? ¿Es posible que las autoridades militares, ejecutivas, administrativas y judiciales de la región de Guayana no se hayan pronunciado con anterioridad sobre las irregularidades, incluyendo asesinatos que diversos medios y personas denunciaban de manera permanente en las diversas minas? ¿Eran “nuevos” los señalamientos sobre el “pran del oro” llamado “el Topo”?

El luto que hoy vive Tumeremo es un luto del país. La sangre que ha corrido por el sur del estado Bolívar corre por toda Venezuela. Cualquiera de los venezolanos tenemos que exponernos todos los días a robos, secuestros y hasta la muerte por culpa de bazofias pensativas, quienes han perdido el sentido de la vida. Para ellos, matar les causa placer. Asesinatos en los cuales, según narran algunos sobrevivientes de la barbarie de Tumeremo, habrían sido causados con el uso de motosierras, o de cualquier forma que cause una muerte dolorosa, no son simples asesinos. ¡No! Son mercenarios dispuestos a todo con tal de lograr sus más perversos fines. Lo peor de ello es que esas mentes macabras se “autoalistan” como parte de grupos que apoyan al gobierno, y estos últimos, sin realizar las investigaciones pertinentes, terminan aceptándolos sin conocer de fondo lo que realmente se proponen semejantes grupos, quienes terminan siendo auténticos desestabilizadores no solo del propio gobierno, sino de la sociedad en general.

Asimismo, la respuesta de la Fuerza Armada, ante semejantes hechos, resulta débil. ¿Cómo es posible que después de una masacre de este tipo, aún no hayan sido destituidos los comandantes generales de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) o el llamado Ejército Nacional Bolivariano (EJNB), órganos que ni siquiera han emitido declaración alguna desde sus jefes regionales en el estado Bolívar? Entonces, ¿en manos de quiénes estamos si hacia el desplazamiento terrestre de ese sector existen diversos puntos de control (alcabalas)? ¿Por qué el presidente de la República no solicita la renuncia del ministro de la Defensa, por un hecho de esta magnitud? ¿Quién puede entender que el gobernador del estado Bolívar no haya visitado el pueblo de Tumeremo, sino que haya sido el defensor del pueblo quien, más allá de sus competencias, sea quien haya viajado hasta dicha zona? ¿Por qué si lo hace una autoridad nacional, no lo hace la máxima autoridad civil de ese estado? Interrogantes que solo oscurecen más la sangre que fue profanada sobre el amor, la bondad y el sentimiento de un pueblo.

La sangre de Tumeremo no puede quedar impune, como no puede seguir impune la sangre inocente que yace sobre cualquier espacio y rincón del país. De nada sirve el oro, cuando el oro tiene el precio de la muerte.