• Caracas (Venezuela)

Javier Vivas Santana

Al instante

Solo una ANC salvará a Venezuela

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“La polarización extrema que se registra en la política y la ideología venezolana, es también una extrema disociación anímica (...) La polarización no implica conflicto sino disociación, aislamiento de las posturas (...) La polarización esteriliza. Desde esta vertiente, el desgarramiento perceptivo, la alteración identificatoria, la llamada disonancia cognitiva es inevitable”.

 

Fernando Yurman. La identidad suspendida.

 

Si en algo podemos sintetizar lo que ocurre en Venezuela es que tenemos un gobierno y una oposición, ambos sin liderazgos, a quienes solo les conviene una lucha en bloque, porque salvo una que otra individualidad en el interior del país, ambas cúpulas (como ocurrió antes de que Chávez llegara al poder en 1998) nada tienen que decirnos. En el caso de las huestes maduristas, representadas por el gobierno nacional y la vacuidad de los voceros del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), solo nos hablan de golpe de Estado, paramilitarismo, saboteo, guerra económica, inflación inducida, economía criminal, y para resolver los problemas las respuestas son de abstracción semántica: “liberación del pueblo”, creación de consejos “superiores”, grupos “antigolpe” y hasta de “granitos de agua”.

Por su parte, tenemos una oposición cuya dirección desde la Asamblea Nacional nada envidia al gobierno que representa Nicolás Maduro en la presidencia de la República. Una es tan ramplona como la otra. Ambos, cuales pronosticadores del tiempo, nos señalan la duración de esa “presidencia”. Uno dice que tiene como máximo 6 meses de permanencia. El otro habla de “planes” hasta 2030, crea empresas militares con duración hasta 2050, y hasta afirma que la “revolución” durará 500 años. ¿Qué tipo de líderes tenemos? Son unos congéneres que si algo ventilan en sus palabras es ausencia de sindéresis y prudencia histórica-política.

Tal condición de mediocridad y degeneración en el discurso político revela que mientras tenemos un país inmerso en muchos problemas, ese país está muy distante de las ansias de poder de estos grupos. En el caso del gobierno, al verse derrotado por el pueblo en las pasadas elecciones parlamentarias (no por la oposición, porque fue un voto castigo), apela a las más bajas concreciones para aferrarse al poder, tratando de ganar tiempo, para ver si suben los precios del petróleo y poder enfrentar sucesivos eventos electorales; lo cual resulta sin sentido, porque Maduro es un individuo sin conocimiento ni credibilidad para dirigir a Venezuela, y prueba de ello está en la depauperación del nivel de vida de los venezolanos. Sobre la Asamblea Nacional o voceros opositores, no existen ideas ni propuestas evidentes que materialicen un cambio profundo en la conducción del Estado, salvo hablar de “cambio de modelo”.

Y mientras esto ocurre tenemos un Ministerio Público y un Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) cuyas máximas representantes niegan las investigaciones sobre presuntos hechos de corrupción en relación con altos funcionarios del gobierno y, por el contrario, vemos cómo esta se exacerba en cualquier espacio de la vida social, aumentando además el hampa organizada, el contrabando, el llamado bachaquerismo y, peor, el número de homicidios, lo cual aunado con la impunidad han convertido a nuestra nación en un pozo séptico de viles acciones que han condenado a su población sobre un mar de pensamientos nugatorios.

La única vía para salvar a Venezuela de una sangrienta explosión social que pudiera generar consecuencias hasta de guerra civil es la convocatoria de otra Asamblea Nacional Constituyente (la planteamos hace tres años)¹, porque hablar de referendos o enmiendas (como acaba de suceder con la reciente decisión del mal llamado TSJ) sería alargar la muerte del actual sistema político, y con ello las penurias del pueblo, es decir, acentuar el hambre y las calamidades sociales.

El Estado ha sido vulnerado en toda su “institucionalidad”. No solo hay que cambiar de actores. No se trata solo de un modelo. Se trata de hacer prevalecer la justicia social y jurídica para reconstruir la economía y los valores educativos y culturales para recomponer la moral y la ética política.

 

¹ http://www.aporrea.org/actualidad/a164093.html