• Caracas (Venezuela)

Javier Solana

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Las elecciones del pasado 7 de junio han demostrado que Turquía es una democracia. A pesar de que la campaña electoral no ha sido del todo transparente. Asimismo, la nueva distribución de los escaños de la asamblea da lugar a lecturas claras, tanto en el terreno doméstico como en el internacional.

En primer lugar, la sociedad turca ha comprendido la importancia de esta cita electoral, y ha acudido mayoritariamente a votar, llegando a 86% de participación. Esta cifra tan elevada rara vez se alcanza en los países europeos. Además, el Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP), que por primera vez se presentaba como candidato y que ha integrado a los kurdos junto a otros grupos, ha conseguido superar la barrera electoral de 10%. Asimismo, ha logrado una gran representación en todo el país, no solo en las zonas de mayoría kurda. Por otro lado, el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) se ha quedado lejos de la mayoría absoluta y, por tanto, de la cualificada que necesitaba para llevar a cabo la reforma constitucional. Por último, los resultados electorales han puesto en evidencia la gran pluralidad de Turquía. Además de los kurdos, los grupos minoritarios alevíes y cristianos han aumentado en gran medida su representación parlamentaria; y los yazidíes y gitanos estarán representados por primera vez.

Cabe esperar que esta nueva conformación de la asamblea tenga consecuencias notables en el desarrollo de la política exterior del país. En los últimos años, se ha demostrado que el deseo de tener “cero problemas con los vecinos” era inalcanzable. Por el contrario, Ankara ha jugado un papel confuso en la región. Sus actuaciones en Siria y en Egipto, entre otros, no han satisfecho ni a los países sunitas de la región pero tampoco a Occidente.

El fin de las mayorías absolutas del AKP debe llevar aparejado, necesariamente, el cambio en la política regional de Turquía. Aparte de las protestas del HDP por la actuación del gobierno turco ante la toma de la ciudad de Kobane por el terrorismo islámico, tanto el CHP (Partido Republicano del Pueblo) como el MHP (Partido de Acción Nacionalista) han sido muy críticos con la política exterior auspiciada por Erdogan. Para el CHP, es necesario no interferir en los asuntos internos de ningún país y aboga por restablecer las buenas relaciones con Siria y con los países de Oriente Medio en general. Por su parte, el MHP considera que la actuación del gobierno en Egipto ha impedido que Turquía pueda tener ahora alguna influencia en el país y cree que la prioridad para la política exterior turca debe ser defender la integridad territorial de los estados de la región. Así, tanto en el supuesto de que el AKP lograra formar una coalición, como si finalmente gobernara en minoría, su política exterior regional tendría que verse modificada e inspirada por principios distintos.

Como la potencia regional que es, Turquía debe participar en los acontecimientos que tienen lugar a su alrededor. Una mayor implicación en la región no es solo una cuestión de responsabilidad, sino de conveniencia. Resulta evidente que será el primer beneficiado de la remisión de los conflictos regionales, tanto en la reducción de flujos de refugiados –pues el país acoge actualmente a 2 millones– como en las dificultades comerciales que le supone la inestabilidad a su alrededor.

Sin lugar a dudas, la Unión Europea tiene que aprovechar esta oportunidad para relanzar sus relaciones con Turquía. La UE es el primer socio importador y exportador de Turquía, así como uno de los principales inversores en el país. Además comparten un entorno muy complejo y cambiante, que está provocando crisis de grandes dimensiones muy difíciles de gestionar, como es el problema de los refugiados o el terrorismo.

Para la Unión Europea, Turquía se presenta como un aliado estable que linda con unos países en los que la guerra y la violencia sectaria están haciéndose crónicas y ponen en riesgo su seguridad. Su ubicación geográfica le convierte en una pieza clave para controlar la salida y entrada de terroristas a Europa. En el caso de Turquía, el aumento de la ayuda humanitaria de la Unión Europea destinada a la asistencia de la gran cantidad de refugiados que acoge, así como su apoyo diplomático al tratar con sus vecinos, fortalecería su posición en la región.

La urgencia que requieren estas actuaciones evidencia que la relación entre los dos actores no puede verse únicamente constreñida por el proceso de adhesión, que necesariamente será lento. Entretanto, hay que explorar otras vías de cooperación, pues urge que las dos partes se reconozcan como socios necesarios cuanto antes.

Dirigir las relaciones con Turquía más allá del proceso de adhesión, supone ganar en eficacia, pues actualmente en la UE no hay un clima favorable a ninguna ampliación. Asimismo, se evitan los obstáculos que han detenido en tantas ocasiones las negociaciones para el acceso de Turquía como miembro de pleno derecho. La relación es tan importante y necesaria que debe mantenerse, aunque sea por otras vías. No se trata de dejar de lado el proceso sino de abrir otros canales de colaboración más rápidos y factibles.

Un buen inicio para crear dinámicas nuevas sería la celebración urgente de reuniones de las comisiones parlamentarias del Parlamento Europeo y la nueva asamblea turca. Igualmente, la diplomacia europea debe aprovechar la eventual revisión de la política exterior turca para dar un nuevo empuje al diálogo en cuestiones que afectan a ambos. Para ello, es necesario mantener de manera regular encuentros a alto nivel, dirigidos a concertar una acción conjunta ante los problemas más acuciantes.

Hay que lograr que estos momentos de cambio supongan una transformación en las relaciones entre la UE y Ankara. Turquía es un país fundamental para la estabilidad de Oriente Medio; y los europeos nos encontramos ante una ocasión que no deberíamos dejar pasar.

 

Copyright: Project Syndicate, 2015.
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