• Caracas (Venezuela)

Javier Biardeau

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Javier Biardeau

Izquierda bolivariana y chavismo

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En anterior entrega citamos un documento en el que aquellos comandantes que participaron en el 4-F no parecieran vivir una suerte de nostalgia por el comunismo soviético, por la dominación del PCUS o por el terrorismo de la KGB, reconociendo que sus programas ideológicos y políticos constituían una plataforma de lucha para fácil recepción del pueblo explotado y humilde, con referencias que para muchos opositores de derecha estaban completamente desfasadas, fuera del quicio de la racionalidad política de una modernidad ajena a reenviar principios al sistema EBR: Zamora, Bolívar y Simón Rodríguez.

Eran tiempos de neoliberalismo y de “colapso del marxismo”, de apogeo del liberalismo-democrático, de fin de la historia y de algunas pinceladas que apuntaban a la incredulidad en los “grandes relatos”. Sin embargo, la raíz identitaria de la revolución bolivariana y del chavismo reside allí, así como la construcción de una amalgama discursiva para algunos disparatada, pero que construyó nuevos sentidos para rearticular la esperanza.

Obviamente, la llamada “gente decente” no podía metabolizar esta regresión histórica a las “montoneras, turbas y caudillos”. Sin embargo, hay que tomar precaución de cualquier romantización del MBR-200. Allí pulularon luces y sombras, como aún pululan alacranes y toda suerte de bichos, en una suerte de “nomenclatura” que usufructa la renta porque el viento sopla a favor, en su tiempo, ciclo u ola política. Oportunistas y advenedizos han recorrido desde entonces los pasillos y entretelones de la revolución bolivariana, muchos de ellos en nombre de una “izquierda arrimada, lastimera y cargada de farsas heroicas”. De allí la importancia hoy del llamado del amigo Rigoberto Lanz: “Sin una adecuada caracterización de las diferentes izquierdas en Venezuela y el mundo, no veo cómo podríamos salir de los atascos en los que hoy nos encontramos”. Quien no vea los atascos, debilidades y amenazas que se ciernen, vive preso del aura engañosa de unas elecciones marcadas por victorias apenas suficientes, en contraste con un Chávez que lucha día a día por sostener el aliento que da cauce a la lucha. De allí las miserias del “chavismo”, si se trata de un simple culto oportunista al líder de turno.

La debilidad estriba en que no hay un “cuadro de mando” que pueda llamarse con propiedad relevo, que el “chavismo” ha dejado desierto el lugar de la responsabilidad colectiva y del liderazgo compartido. Sé que estas palabras levantarán las típicas ronchas de quienes apuestan por el “con Chávez todo, sin Chávez nada”, o al chavismo salvaje que intenta autoorganizarse desde las figuras de nuevas máquinas de lucha: movimientos, redes, colectivos y plataformas. Sin embargo, considero pertinente, en este contexto, evaluar el cambio de apreciación entre momentos históricos con relación al término chavismo. En 1993, el mismísimo Chávez decía: “El ‘chavismo’ no existe. Venezuela ya está cansada de ‘ismos’ y creo que nuestro pueblo ha madurado suficientemente desde el punto de vista político para que se le siga faltando el respeto. El despertar huracanado que sacude al país el 4 de febrero de 1992 es producto de la toma de conciencia colectiva, que ha permitido a los venezolanos convencerse de la tremenda fuerza soberana que poseen. Soy un convencido, desde hace bastantes años, de que la historia tiene sus leyes generales que orientan la evolución de los pueblos y las naciones. Y muy poco es lo que el individuo de ‘carne, hueso y espíritu’ puede hacer para conducir tales corrientes arrolladoras. Mucho menos, puede un hombre pretender cambiar el curso de los acontecimientos históricos.

“Ya lo decía nuestro máximo líder, el general Simón Bolívar en Angostura, por allá en 1819: En medio de este piélago de angustias no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebata como a una débil paja… Así que llamar ‘chavismo’ al fenómeno colectivo pos-4F, reflejado en cientos y cientos de manifestaciones de rebeldía, de protestas pacíficas y violentas, que han resquebrajado al viejo régimen a nivel de las estructuras, creo que al menos significa menospreciar las capacidades de percepción de las realidades que ha adquirido nuestro pueblo en su desarrollo histórico”.