• Caracas (Venezuela)

Jair de Freitas

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Jair de Freitas

El cuero seco laboral

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En apretada síntesis, las relaciones de trabajo en nuestro país se caracterizan por las siguientes variables: insuficiencia salarial, precariedad en el empleo, carencia de mano de obra calificada. En el mercado laboral no hay sintonía entre la oferta de trabajo y el perfil de los candidatos. Se impulsa el reconcomio trabajador-patrono en vez de la concertación social como medio para la solución de los conflictos. Más de cien normas de rango legal y sublegal instrumentan las relaciones laborales, el máximo tribunal las interpreta a una tasa de contradicción anual de casi 10%, en tanto que el populismo obrerista causa distorsiones graves en la gestión cotidiana de recursos humanos.

Como las políticas laborales, fiscales y monetarias no se orientan al fomento sino al control y prohibición, los torneros del gabinete ensayan una y otra vez moldear las variables económicas con herramientas jurídicas: algo que –como comenté esta semana– es más inútil que un paracaídas en un submarino. Por ejemplo, los controles de precios que no sirvieron para acabar con la inflación, sino que por el contrario han causado el último año una pérdida sostenida del poder adquisitivo general anualizada de aproximadamente 64%. O la inamovilidad laboral, que nunca eliminó los despidos sino que los encareció. ¡Viva el zoocialismo del siglo XXI!

El régimen hizo una jaula para que nada se le escapara y no se percató de que se quedó dentro de ella mientras la construía. Hoy incrementar el ingreso de los trabajadores implica carcomer el exiguo margen de ganancia de la empresa en que laboran (si es que lo hay) lo que impone revisar los costos de los productos y servicios ajustando valores hacia arriba. Cuando esto último se produce se pulveriza otra vez el poder adquisitivo, y se genera un circuito negativo entre precios y salarios.

Peor aún. Si el presidente obrero acuerda mejores beneficios para un conjunto de personas con la aspiración de conseguir paz laboral en el ámbito público, se encuentra al día siguiente con que hay otros grupos que reaccionan enérgicamente porque tienen salarios de mengua y meses clamando por la solución de sus problemas. Inyecta veneno laboral en el sector privado sin percatarse de que luego es víctima de su propio discurso en las relaciones de trabajo que regenta. Fomenta el conflicto de la “clase obrera” con “el capital” y luego cuestiona “la intransigencia” de las peticiones de los sindicatos con los que está obligado a entenderse, convirtiendo un derecho humano fundamental como lo es la libertad sindical en un delito, mandando guardar peces flacos como fórmula de castigo ejemplarizante contra la autonomía y disidencia.

Cuando cree haber resuelto con Pdvsa, le protestan por incumplimientos laborales en Ipostel. Si acuerda algo con Cantv, salta Corpoelec y sus jubilados para exigir mejoras de beneficios. Cuando intenta recobrar la normalidad con Sidor, le brincan Alcasa  y Bauxilum porque no les dan respuesta. Si discute la convención colectiva del Metro de Caracas, se le retrasa el acuerdo marco de la administración pública. Si aprueba el presupuesto para homologar la convención colectiva del magisterio, se le enfrían los recursos para cerrar las de algunas fundaciones del Estado. Y mientras ordena acabar con el outsourcing, tiene el rancho ardiendo porque resulta que el gobierno también es protagonista en el uso de la figura.

Entre 1870 y 1873, Antonio Guzmán Blanco dijo muchas veces que “Venezuela es como un cuero seco, si lo pisas por una lado se levanta por el otro”. Visto a la distancia y a la luz del examen de las relaciones de trabajo alimentadas bajo los axiomas del zoocialismo del siglo XXI, hay clara evidencia de que el presidente obrero está pisando hoy día el cuero seco laboral, cada vez más esférico, cada vez más seco.