• Caracas (Venezuela)

Jair de Freitas

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Jair de Freitas

La OPEP, el burro y la sal

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Cuando el finado del cuartel de la montaña inició su primer período presidencial, se avocó a sincerar la política petrolera. El problema de entonces estaba asociado a la sobreoferta del mercado, teniendo su raíz dos factores; a saber: la saturación de la oferta a manos de los llamados productores independientes; y en segundo lugar, el incumplimiento reiterado de las cuotas de producción de petróleo fijada por la Organización de Países Exportadores de Petróleo.A medida que los miembros de la OPEP fueron respetando con mayor rigor los recortes de producción, los precios comenzaron a subir. Esa realidad estimuló la cooperación de los países que no siendo parte de la referida organización también exportaban crudo al mercado internacional. Sería mezquino no reconocer que ese cambio fue un acierto de Chávez, aunque el manejo ineficiente del ingreso petrolero se encargó de empañar lo anterior.

¡Oro negro! Volvía a decirse, pero la verdad es que el aumento en los precios del crudo, trajo consigo la presencia de males como el despilfarro, la ineficiencia, falta de transparencia; y el peor de todos: la dependencia del ingreso petrolero para satisfacer la creciente demanda nacional en una economía que mientras cacareaba desarrollo endógeno, incrementaba el volumen de importaciones de materia prima y productos terminados. Mientras se estrangulaba con controles de precios y se coartaba la iniciativa privada, el Estado fue acaparando para sí muchas actividades. La soberbia de la petrochequera mercadeó en el bloque Latinoamericano una ideología de izquierda que se pretendió hegemónica. A lo interno conllevó a que el Estado, a través de Pdvsa, comenzara a sustituir a los actores económicos obligando a dicha empresa a asumir roles distintos a los propios del negocio de los hidrocarburos (mercados populares y construcción de viviendaspor citar apenas los dos más conocidos).

“Se emplea mucha más gente para producir menos petróleo” es la frase cliché con la que todo analista le echa en cara al régimen su ineficiencia en el manejo de la industria de hidrocarburos. La verdad es que ni la aventura de la conversión a empresas mixtas, ni la venta de petróleo a futuro, han ayudado a sanear unos estados financieros que más allá de las evidentes toneladas de cosméticos que los acompaña, muestran el fracaso del socialismo en la economía (ni contar qué habría pasado si aplicaran en Pdvsa la Ley Orgánica de Precios Justos con la que estrangulan a las empresas que se niegan a morir).

El socialismo del siglo XXI acabó por enfermar a la gallina de los huevos de oro, la cual ya no pone ni la misma cantidad de huevos, ni del mismo quilate. Y a esta tragedia hoy se suma la importante disminución de los precios del barril de petróleo en el mercado internacional, los cuales están bajando por causas muy distintas a la de la década de los noventa. Un gabinete económico sin capacidad de maniobra, no tuvo mejor idea que tratar de usar el discurso para convencer a los miembros de la OPEP, tratando de repetir la receta de años atrás: Un nuevo recorte de la producción. Ese desatino me recuerda una fábula de mi libro de Castellano y Literatura de tercer grado de Educación Básica intitulada “El burro y la carga de sal” que con la venia de mis lectores me atrevo a resumir.

Un mercader tenía un burro con el cual transportaba los distintos productos que comerciaba por el lugar. Un día movilizando una carga pesada de sal, el burro perdió el equilibrio en un río y cayó al agua. La carga disuelta aligeró el peso del animal. De regreso, el mercader compró esponjas y las cargó al asno quien no paraba de rebuznar una y otra vez, no por el peso sino por el inmenso volumen de aquellos paquetes. Al llegar al río, el burro decidió resbalar intencionalmente con el objeto de perder la carga otra vez y resultar beneficiado en el trayecto. Sin embargo, las condiciones eran otras y al caer las esponjas se llenaron de agua, multiplicando el peso de la carga del animal quien al no poder levantarse finalmente murió ahogado.

La moraleja de la fábula es sencilla y aleccionadora: no se puede aplicar la misma receta a problemas distintos, pues las consecuencias pueden ser catastróficas. Enviar a nuestro ministro de Relaciones Exteriores para proponer la misma receta de hace quince años, equivale a menospreciar que la disminución de los precios del barril de petróleo de hoy se debe a causas distintas a las del pasado, por lo que este delicado fracaso tras la reunión en la OPEP da cuenta de la vigencia de la fábula del burro y la sal.

@jair_defreitas

jair_defreitas_1@hotmail.com