• Caracas (Venezuela)

Jaime Merrick

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Jaime Merrick

Fermín Toro no se prostituye

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Para enero de 1848 ya los demonios estaban sueltos. José Tadeo Monagas, presidente de la República, decidió separarse de su otrora mentor político, José Antonio Paéz: el militar y político más importante que tuvo Venezuela en la primera mitad del siglo XIX.

Ahora el Partido Conservador -también mayoría en el Congreso de la República- acusa a Monagas de actos arbitrarios vinculados con la designación del gobernador de la Provincia de Caracas, ingrediente que tiene como aderezo los  sucesos que protagonizaron Antonio Leocadio Guzmán y Ezequiel Zamora meses antes (http://www.eluniversal.com/2010/09/11/opi_art_el-24-de-enero-de-18_2029456).

Se dice que Páez está involucrado en la conjura.

El Partido Conservador delibera secretamente para que la sesión del Congreso se realice en Puerto Cabello.

Monagas, militar, sin entender de procedimientos ni instituciones, no está dispuesto a permitir su enjuiciamiento. Su permanencia en el poder como sea no es un capricho, sino el derecho de lo libertadores de usufructuar por lo que lucharon.

Llegó el 24 de enero y los sucesos ya conocidos: no se realizó la sesión en el Congreso. No se sabe con exactitud quien comenzó la refriega: si el tumulto congregado en las inmediaciones del Congreso para defender a Monagas, o los guardias apostados en el órgano legislativo para defender a los congresistas. ¿Y qué importa eso? Ocho muertos y algunos heridos es saldo suficiente para aplacar la voluntad cobarde y sediciosa de una sociedad que apostaba por una vía distinta al sable y el caballo para dirimir sus diferencias. 

Así fueron y así son nuestras instituciones: no instituciones. Incapaces de hacer frente a sus crisis sociales, políticas y económicas.

Ayer fue 1848, y hoy, en 2014, vimos a una Asamblea Nacional legitimando a los mismos responsables de las violaciones de derechos humanos y fraudes electorales; y que en el año 2013 golpeó salvajemente a los integrantes de la bancada opositora.

Es la Asamblea Nacional prostituta del poder. Ya sin dignidad.

Al culminar los sucesos de 1848, el presidente Monagas ordenó la restitución de las deliberaciones en el Congreso. Los oficiales buscaron a sus integrantes dondequiera que se encontraban. Al llegar a la residencia de Fermín Toro, éste no dudo en escupir aquella frase que se inmoló en nuestra historia: “Díganle a Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye”.