• Caracas (Venezuela)

Iván Simonovis

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Iván Simonovis

¿Cómo nace un policía?

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Poco antes de los 20 años de edad, había conocido a un piloto de helicópteros, y a mí siempre me había gustado la aviación. Me dejé llevar por la emocionante historia que este piloto me contaba acerca de su trabajo. Desde el aire tenía que dar apoyo a las unidades policiales de tierra, trasladar heridos y unidades operativas por todo el país, prestar asistencia y hasta efectuar persecuciones vía aérea. Desde ese día no podía dejar de imaginarme montado en un helicóptero.

Así que fui a visitar a mi abuelo Aranguren para que me dijera qué tenía que hacer para convertirme en piloto de la PTJ. Mi abuelo no me respondió al momento, sólo después de varios días me llamó y me dijo que no podía ingresar al curso directamente, que primero tenía que graduarme como detective en PTJ y después estudiar para ser piloto.

Esta historia no era del todo verdadera, fue una estratagema de mi abuelo para llevarme al que había considerado mi destino. Él siempre pensó que por mi ímpetu y actitud ante la vida, yo podía ser un buen policía. Le impresionaba la experiencia que tenía en la calle y mi sentido de supervivencia, porque a pesar de haber sido sometido a una infancia y adolescencia solitaria y privada de afecto, no me lamentaba nunca, no me sentía amilanado, ni menos que otros. Siempre iba hacia adelante y no esperaba que nadie me diera nada; al contrario, era consciente que todo lo que desearía, lo conquistaría por mis propios medios. Sabía que el hecho de estar sin ninguno de mis padres, no significaba terminar en la mala vida.

Con esta excusa, mi abuelo me convenció para presentar los exámenes de admisión, que pasé sin mayor dificultad, y comencé el curso de detective que duró seis meses. Los alumnos debíamos quedar internados en la Academia, aprendiendo, entre otros temas, las Técnicas del interrogatorio, Criminología, algunas materias de Derecho, Tácticas de tiro, etc.

Estaba feliz y me estaba apasionando el mundo policial. Sin embargo, me creaba problemas la disciplina semimilitar que aplicaba la Academia. Este aspecto también lo había calculado mi abuelo. Creciendo solo, no tuve a nadie que me diera órdenes, y aun cuando fui siempre muy respetuoso, no era disciplinado.

Estuve tentado a renunciar al curso por este motivo, pero uno de los psicólogos del Instituto me explicó que la formación militar era únicamente para la Academia, con el propósito que aprendiera que en la institución es primordial respetar las jerarquías y la disciplina era un requisito fundamental en un cuerpo subordinado y armado. Decidí completar la formación y me gradué de detective.

El día de la graduación, el auditorio estaba repleto de personas, en el estrado se ubicó toda la Directiva de la PTJ y el Ministro de Justicia. Cuando fui nombrado, hubo un salto en la secuencia del protocolo, intervino el jefe nacional de Investigaciones, tercer hombre más importante dentro de la Institución, para expresar unas palabras y presentar a un señor que estaba sentado entre el público de la primera fila: “Se trata de un profesor -explicó el jefe nacional de Investigaciones-, un perseguido político del régimen de Pérez Jiménez, que vivió en la clandestinidad hasta la caída del dictador. Más adelante con el nacimiento de la democracia, pasó a formar parte del equipo fundador de la PTJ, en ese entonces bajo el liderazgo del doctor Rodolfo Plaza Márquez, donde se convirtió en profesor de profesores, fue director de Investigaciones, hasta que alcanzó como el cargo de subdirector de la institución”.

Estaban elogiando a un comisario general, profesor de todos los que estaban en el estrado: Honorio Aranguren. ¡Se trataba de mi abuelo! Yo no lo había visto entre el público y fue una grandísima sorpresa.

Cuando mi abuelo Aranguren subió al estrado, todos los profesores se pusieron de pie y lo saludaron y abrazaron con admiración y respeto. Fue mi abuelo quien me entregó el diploma que me acreditaba como detective de la República y en ese momento la directiva se puso de pie y la mitad del auditorio también. Acostumbrado a estas ceremonias, me hizo entrega del diploma con el protocolo adecuado, luego me abrazó fuerte y me dijo: “Estoy seguro de que lo harás muy bien. ¡Que Dios te bendiga!”.

Fue un día increíble e inolvidable. Sólo recordarlo, se me aguan los ojos y confieso que cuando estoy encerrado en mi calabozo, hasta una lágrima corre si me viene a la mente ese recuerdo. Sorpresas afectuosas como esa, en mi vida había recibido de verdad muy pocas.