• Caracas (Venezuela)

Itxu Díaz

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Itxu Díaz

La mamá de Bayly

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Su pasión por la extravagancia no empaña en absoluto su talento y ese es el milagro. Lo que hace Jaime Bayly en su columnismo, en su programa, y en sus libros, no tiene comparación en el mundo en nuestros días, y es de una genialidad tan grande que él solo sabría calificarlo como histórico fracaso. Y es que el peruano hace de la contradicción virtud, y se nos muestra agresivo cuando se dispone a dar un abrazo, y sonríe como un niño antes de meter el dedo en alguna llaga. Quizá por eso logra que sus lectores adoremos a su mamá, por más que nos la presente como su polo opuesto, aunque derrame al final siempre amor filial en todas esas palabras. Supongo que todos podemos ser muy duros desde la trinchera de la columna, para terminar bajo las faldas de mamá tan pronto como empieza a llover lava ahí fuera, al otro lado de la cristalera del periódico. Hay un regazo para todos los días de nuestra existencia y eso nadie lo olvida.

Tengo un cariño especial por la madre de Jaime Bayly desde que la vi en el programa de su hijo. Me pareció una mujer buena, como un buen hombre me parece Bayly, a quien descubrí en España tiempo atrás, gracias a Federico Jiménez Losantos. Bayly ha llevado al extremo su vida para hacerla una gran novela, y el resultado es un caos genial e incontenible, alocado y exótico. Jaime Bayly es, a grandes rasgos, un tipo que grita algo sobre su mamá desde el fondo del camarote de los hermanos Marx, mientras entrega al periódico una columna redonda sobre sí mismo, pero que atañe a medio mundo. Es el arquetipo del periodismo gonzo peruano, que comienza y termina con él.

Bayly consigue que todos los tontos se fijen más en su sexualidad que en su prosa y sospecho que lo hace solo por el placer de contemplarlos desde su atalaya, con esa sonrisa que dibuja en su cara cuando quiere decirte que sí, que efectivamente, que eres verdaderamente estúpido y que has vuelto a morder su anzuelo. Y allá cada cual con sus teorías, pero todo lo que sabemos de su cacareada ambigüedad sexual es que tiene una mujer guapísima y unos hijos encantadores, y que todos ellos, como su madre, lo quieren incluso a pesar de él.

Es Bayly un pésimo enfermo, un divertido personaje de novela, un punzante crítico de la actualidad política. De ser torero, pactaría simular su muerte con los toros. Si fuera futbolista, sería duro, tramposo, e implacable, solo por llevar la contraria a la imagen de debilidad que ha proyectado. Y si fuera empresario, arruinaría su compañía a cambio de procurar una buena juerga a sus amigos y empleados, para luego lamentarse por las deudas, y mendigar un poco, no con ánimo de recaudar sino por darse la satisfacción de poder escribirlo. Y da igual, de pronto será rico, porque es así lo apasionante de su carrera que leerlo de una semana a otra es viajar en la montaña rusa de su ánimo, en páginas escritas con un sentido del humor que en Bayly se vuelve sanador.

Es posible que su genialidad literaria se pierda a ratos en su pasión por transgredir pero, después de todo, lo que hace grande un buen cuadro no es la luz sobre la luz, sino los claroscuros. Y ahí se esconde Bayly, que diga lo que diga se apresurará a desmentirme, o agradecerme los servicios, o a ignorarlos aislado en su cabaña, o a acusarme divertidamente de publicar estas líneas bajo soborno de su santa madre. Bayly es impredecible como un noviazgo de otoño.

Por más empeño que ponga, nada logra restarle méritos a quien es referencia obligada en las letras hispanas, no solo como novelista, que ya es bien conocido, sino también como columnista, enemigo de la vulgaridad y del aburrimiento, y amante de la libertad. Tiene Bayly además la graciosa habilidad de atraer a políticos corruptos y ladrones de Cuba, de Venezuela, de Bolivia, o de Ecuador. Vuelan junto a él y se pegan a sus columnas como imanes. Se ponen rojos –algunos ya lo estaban antes–, responden a sus bromas con insultos, y tratan de cercenar su libertad. Y ahí es cuando todo se vuelve más divertido aún: cuando Bayly renuncia a la violencia para reírse de ellos con una piedad, un cariño y un respeto por lo peor de la condición humana que resulta letal en manos de alguien que hace tiempo que se erigió en el más cuerdo de los francotiradores locos.

Si Jaime Bayly no existiera, habría que inventarlo. Y para eso, por más que a veces parezca inquietarle, no nos queda más remedio que llamar a su santa madre.