• Caracas (Venezuela)

Itxu Díaz

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Itxu Díaz

Volver a la cancha

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Viajes, reuniones, hoteles, y más viajes. Escribo desde el coche. Empotrado en un pinar. Hay una ardilla rondando la zona. Atrás dejo una semana de rock and roll periodístico. Había olvidado la falta de rutina. Cenas, charlas, y copas. Amanecer y tener que hablar en una reunión sin lograr abrir los dos ojos a la vez. Presentaciones y cortesías. Gente interesante por todas partes. Empiezo a pensar que hay demasiada gente interesante en el mundo. Propuestas. Miles de propuestas profesionales de todos los colores. Ahora que el periodismo está en crisis, no paran de tentarme con planes de futuro y supongo que debería estar contento por ello. Pero antes que contento, confieso que lo que estoy es cansado. Muy cansado. Si notan que me duermo, chasqueen los deditos así, si son tan amables.

Vivir unos días en hoteles tiene la ventaja de que al terminar de comer no tienes que sacudir el mantel por la ventana, que es algo que me supone un esfuerzo sobrehumano. Aunque siempre es importante tener un hogar al que regresar. En un hotel uno siempre está de paso. Bien pensado, la vida de un periodista, la de un escritor, es siempre estar de paso, un eterno trasvase hasta el siguiente obstáculo. La bipolaridad de la mayoría de los bohemios se basa en el hecho mismo de su actividad, que es bipolar, inestable, e histérica como una virulenta adolescencia regada con cerveza en mal estado.

Desfallezco mientras tecleo. Veo zetas y ovejitas. Dejo atrás tres días de desbordante actividad. No hay nada más agotador que cambiar de trabajo. Cuando más se trabaja, con diferencia, es en el intermedio entre una empresa y la siguiente. Añorar la rutina periodística, esa que te dispara al corazón al borde de cada cambio de edición, es el mejor síntoma de que estás preparado para volver al ruedo. Pero tan sólo he pasado tres semanas en el dique seco. Y en realidad, no he dejado de escribir. Creo que en estas tres semanas no he dejado de escribir ni un minuto. Ni siquiera por las noches. He escrito en sueños. Odio esos artículos que escribes en sueños y se esfuman al amanecer. He escrito cocinando. He escrito en los semáforos, en el tren, en el ascensor, en la sala de espera del médico. He escrito sin parar como si me persiguiera una legión de folios en blanco dispuestos a ahorcarme del árbol más cercano, si no acabo yo antes con ellos. Pero les he ganado la batalla. Don Quijote contra los folios de viento. Muerte al blanco.

Y ahora, en el viaje de vuelta al fin de semana, esta bendita profesión me da una pausa. Un respiro. Es una delicia llegar a este diario y, como en un oasis, verter suavemente reflexiones sobre periodismo, sobre el escritor, sobre la vida que nos ha tocado. Ya saben ustedes que ha de haber periodistas y escritores, porque los fabricantes de whisky también tienen derecho a vivir, y porque los médicos necesitan examinar hígados en pésimo estado, lo necesitan de verdad. Es increíble el placer que les proporciona examinar el hígado de un escritor, y medir después su colesterol, y medirle el ritmo cardíaco.

Por suerte a mí ya no me pescan en esas aguas. Desde hace dos semanas he sucumbido al incomprensible delirio del deporte. No con el objetivo de ponerme en forma, sino con el de perder la forma: la forma de tonel. Gracias a esta práctica tan saludable ahora he podido aguantar este maratón de gestiones, de reuniones, propuestas y decisiones difíciles, de cenas que se prolongan más allá de los límites de la moral vieja y las buenas costumbres. Todo ello, estando ágil y purificado, como la ardilla que ronda mi auto, resulta más llevadero.

Además de empezar a hacer deporte y meterme en nuevos enredos periodísticos y editoriales, he tomado la determinación de regresar a los terrenos de juego. Sí. Lo cuento en primicia, ahora que no puedo escuchar las carcajadas de mis amigos más insolentes. Volver a la cancha, tocar balón, romperme el pie, son placeres a los que un futbolero empedernido no puede renunciar. A partir de este jueves –dos años después- retransmitiré en vivo a través de mis redes sociales cómo es el regreso de un periodista en lamentable estado físico a la más dura de las competiciones balompédicas: la liga de la tercera edad de ex alumnos del colegio. Si sobrevivo, vendré a contárselo. Hagan el favor de tenerme en sus oraciones.