• Caracas (Venezuela)

Itxu Díaz

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Itxu Díaz

Mucha ideología pero pocas tías

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La atmósfera cargada. Una densa niebla cruza mi escritorio. Abro la ventana al otro lado de la madrugada. Entra una brisa suave y fresca. La luna, de vacaciones. El mar está adormilado. Baña la playa con pereza. Escribo a mano, para recordar lo que sentía cuando cada palabra era algo más que ese frío golpeteo de oficinista sobre el teclado. Ahora trazo con calma lo que escribo y tengo una cierta sensación de posteridad. La que tarde el reloj en darse la vueltecita, y escupir otra bocanada de noticias, otra ensalada de columnas, y otro aluvión de opiniones. Es gracioso este siglo tan inteligente. Ahora que todos estamos seguros de tener respuestas, nadie se molesta en hacerse las preguntas.

Asumo que han caído pocos gobiernos por el azote de una columna periodística afilada. No puedo decir lo mismo de la verticalidad de los periodistas cuando lo que está afilado y pincha es un gobierno. Recuerdo que los artículos de G. K. Chesterton, por ejemplo, se volvieron relevantes para la humanidad cuando comenzaron a cumplirse, tiempo después de la muerte del genio británico.
Aprendida la lección, supongo que todos nosotros escribimos para dejarlo morir. Y morimos, eso seguro, mientras lo vamos dejando por escrito. Hoy más que nunca. El siglo de las comunicaciones digitales insiste tanto en guardar nuestras huellas, que publicar una autobiografía se ha vuelto una anodina redundancia.

Arde el último boletín informativo en las grandes emisoras, y unos chicos tocan la guitarra en la playa. Desde allí me llegan los acordes de Yo me bajo en Atocha, de Joaquín Sabina. Qué bien le han sentado los 20 años al disco Física y Química del viejo cantautor. Interrumpen la poesía urgentes alertas en mi teléfono. Parece como si cualquier letra roja parpadeante fuera siempre más grave que la anterior, en una sucesión patética de bombas, asesinatos, elecciones, desastres naturales, declaraciones históricas, y resultados del Mundial. Y opiniones, miles de opiniones. Muy partidarios contra muy partidarios.

Entierro el móvil entre papeles. Le sugiero al joven de la playa que regale a los oídos del vecindario Hotel dulce hotel, y como no lo hace me entrego a Spotify. Las canciones te llevan tan lejos que cuando quieres volver el artículo ya se ha muerto. Ya no recordaba esa extraña sensación, reservada sólo a quienes elaboran sus piezas periodísticas a mano. Se acaba de ir la luz de las farolas que iluminan el arenal. Al alcalde no debe gustarle todo esto que estoy escribiendo. Al fin, él es una víctima más de mi indiferencia por el partidismo. Si me conoce, sabe que arribado a este párrafo, estoy a punto de reivindicar 1920, o el siglo XII, o vaya usted a saber.

Y es porque la ideología lo invade todo estos días. En el debate político hay demasiadas razones para justificar sinrazones. Las redes sociales son un basurero de densidades, donde cada vez está peor visto decir algo sencillamente irrelevante. Ahogado de trascendencia intrascendente, reivindico mi derecho a los ratos de trivialidad. Hay tantos filósofos-basura en Twitter intentando arreglarte la vida, que acabo convencido de que es verdad, que teníamos razón los que defendíamos que la filosofía ocupara un lugar primordial en la enseñanza académica: urge volver a encerrar a todos estos tipos en las universidades. Si logramos arrancarles el iPad de las manos, tal vez empiecen a leer a Aristóteles y a Santo Tomás, regresen a sus ratoneras, y se reactive su actividad intelectual.

Cierro la ventana pero no logro desprenderme de la playa. Salitre en la cara y ese rumor del mar que atraviesa las paredes, sólo interrumpido por los nerviosos trazos de la pluma sobre el papel. No hace tantos años Sabina coreaba que hay “mucha policía”. Pero a mí hoy, a esta hora extraña de la noche, y disfrutando del lento agonizar de las horas lejos de la batalla cotidiana de las consignas, me siento más cerca del rockero Moris, que cantaba en el Madrid de los ochenta: “Hay mucha ideología pero pocas tías”. O lo que es lo mismo: “Hay mucha ideología pero pocas chicas”. La canción se llamaba Rock de Europa. Y aún hoy no sé si aquello era una denuncia o una profecía.

@itxudiaz