• Caracas (Venezuela)

Ismael Cala

Al instante

El fuego, la rueda y las redes sociales

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"Nadie se baña en el mismo río dos veces, porque todo cambia en el río y en el que se baña". De esta manera genial, el gran filósofo griego Heráclito de Efeso certifica que la vida muda de aires constantemente, que hoy nada es igual que ayer y que mañana todo será distinto a hoy. ¡Por el mismo lugar siempre corren aguas diferentes!

Sin embargo, muchos no lo aceptan, apuestan por el pasado, temen a los retos del presente, se convierten en verdaderos apóstoles del inmovilismo, obvian la incesante corriente del río y se atreven a desmentir al genio de Efeso. Esta censura a todo lo nuevo no es un fenómeno moderno, ha existido siempre.

Estoy seguro de que, en su momento, descubrimientos como el fuego o la rueda sintieron el embate de los apologistas de "los tiempos que ya no volverán". Quizás esgrimieron que el fuego era la apoteosis de una locura que quema o que la velocidad de un vehículo sobre ruedas era peligrosa, insegura y hasta antinatural. Estoy seguro de que tuvo que ser así.

Hoy día se mantienen los conflictos entre lo nuevo y lo viejo, sobre todo en el ámbito de las comunicaciones y las redes sociales. El desarrollo de Internet y la computación, durante los últimos veinte años, propicia los más diversos estados de opinión, aunque todos tengamos la imperiosa necesidad de su uso. Son el fuego y la rueda de estos tiempos, con la diferencia de que no transcurren miles de años entre uno y otro. Ahora el desarrollo es incesante, los cambios son vertiginosos. ¡Nunca las aguas han corrido tan rápido!

Quienes se niegan a aceptar todo lo positivo de estas nuevas posibilidades, enarbolan la bandera de la deshumanización, de la ruptura del tempo natural de la vida y otros argumentos. No se trata de paralizar el debate, que siempre es sano, sino de evitar paralizarnos nosotros mismos.

Las redes sociales son el fruto de la inteligencia humana, nos facilitan la vida, nos la hacen más eficiente y confortable. No tienen porqué convertirnos, automáticamente, en seres inhumanos. Simplemente, todo depende de nosotros, del nivel de inteligencia emocional con el que asumamos las nuevas tecnologías.

Nunca como ahora, en medio de esta era de desarrollo científico y tecnológico, el ser humano tuvo mayores posibilidades de soltar las riendas de su creatividad, de ser más productivo y abrir tantas sendas hacia el éxito. Todo se nos agiliza, se nos facilita, disponemos de la más completa información sobre cualquier tema y desde cualquier lugar del planeta, en apenas segundos.

El inmenso caudal de posibilidades que proporcionan las redes sociales y el adelanto de las comunicaciones, no tiene porqué separarse de nuestros sentimientos básicos, de las emociones, de la necesidad de reflexionar. No tiene porqué alejarnos de la naturaleza, ni mucho menos convertirnos en seres poco espirituales.

Hoy nuestra espiritualidad puede y ha de ser más fuerte que nunca, pero también más proclive al cambio y a disfrutar, por el bien propio y el de todos, del desarrollo alcanzado. De la misma manera en que se disfruta la fortaleza de un río, cuya indetenible corriente se despeña montaña abajo.