• Caracas (Venezuela)

Isabel Pereira Pizani

Al instante

El hombre que amaba los perros

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Cerré la última página de la reveladora e inquietante novela de Leonardo Padura y respiré con cierta perplejidad. En un intento por describir las sensaciones que me produjo esta “novela-vida”, podría decir que fue como entrar en un túnel oscuro y tenebroso presintiendo que al final no habría luz.

Desde el inicio de la lectura el alma comienza a revolverse, por los recuerdos que asaltan, acusadores. Revivir aquellos jirones de emoción ingenua que nos despertó el filme Morir en Madrid, celebrando con eufóricos aplausos y vivas la imagen triunfante de los barcos soviéticos que al fin llevaban la tan anhelada ayuda a los republicanos españoles. Recordar la reverencia crédula ante la figura adusta de “la Pasionaria” y saber ahora que no era más que una fachada trágica del horror y la mentira.

Sin piedad, Padura persigue la imagen de Stalin, un hombre que fue capaz de asesinar a más de 20 millones de personas, y va destapando sin pudor la profundidad del siniestro; sus páginas revelan lo que significa edificar una sociedad cuyos cimientos son el terror y el abandono de cualquier ímpetu de vida que supere la obediencia al implacable designio del régimen. Cito: “Como cabía esperar en un Estado de terror vertical y horizontal, no era posible emprender una cacería como la vivida en la Unión Soviética sin exacerbar los instintos más bajos de la gente… el terror había generado el efecto de estimular la envidia y la venganza, había creado una atmósfera de vivencia colectiva, peor aún, de indiferencia ante el destino de los demás. Es terrible comprobar que un sistema nacido para rescatar la dignidad humana se apoye en todo lo humanamente vil”.

Mientras escribo, oigo un comentario radial: “Sudeban impone a la banca la obligación de transmitir a sus expedientes toda la información correspondiente a las cuentas de los venezolanos”; tengo que agudizar mis sentidos para entender que no es una jugarreta de mis percepciones y que la noticia no es ficción, que no es parte de la novela de Padura, sino que pertenece a nuestra realidad cotidiana; un nuevo episodio donde se comprueba que las fechorías del estalinismo contra el pueblo ruso y sus satélites ahora están ocurriendo, como suelen decir en las transmisiones televisivas, en vivo y en directo en nuestro atormentado país. Con su agudeza acostumbrada el locutor entrevista a un especialista en la materia, quien sin rodeos declara: “Que el gobierno pretenda apoderarse de todos los vericuetos de nuestra vida financiera no es más que una violación de los derechos humanos de las personas”. Ante la pregunta: ¿Por qué?, la respuesta no puede ser otra: “Porque quiere controlarte totalmente, saber qué comes, qué compras, cuánto tienes. Por eso es obligatorio imprimir tu huella en el supermercado”. De pronto, surge inevitable la idea de situar nuestro caso venezolano como una versión tropical del estalinismo por la grosera pretensión del gobierno de querer meterse hasta en el último rincón de tu vida, imponiéndote una cadena cuando quieres ver el beisbol, impidiéndote viajar a ver a tus familiares que han huido en busca de esperanza, determinando qué, cuánto, cuándo y cómo puedes o no comprar lo que necesitas o quieres.

Las idas y venidas entre nuestro acontecer diario y las referencias al sovietismo son cada vez más enervantes. Nos preguntamos ¿por qué la Gran Misión Vivienda Venezuela se empeña en destruir la estética de nuestras ciudades? ¿Por qué colocan esos enormes y antiestéticos bloques en medio de comunidades organizadas destruyendo toda noción de armonía y calidad de vida?  Padura ofrece unas claves explicativas cuando se refiere al Moscú de Stalin: “Los bloques de vivienda cuadrados y grises, llenos de costurones de cemento en las rajaduras, con diminutas ventanas donde los inquilinos tendían sus ropas. Una arquitectura apresurada empeñada en demostrar que a una persona le bastaban unos pocos metros para vivir socialistamente”. Eso era Stalin y el sufrimiento del pueblo ruso, tan cruelmente parecido a lo que hoy intentan imponer en nuestras costas.

Sin embargo, sin aflojar, más adelante Padura lanza una idea terrible: “El estalinismo no tenía sus raíces en el atraso de Rusia, ni en el hostil ambiente imperialista, sino en la incapacidad del proletariado para convertirse en clase gobernante”. ¡Caramba, cuántos millones de muertos antes de atreverse alguien a barruntar tal idea!

La reflexión sobre el final de la imposición comunista, como lo refiere un personaje cubano de la novela, es realmente aterradora. Ante la pregunta sobre cuál es el efecto en la persona humana del estalinismo, qué impronta queda grabada en su conciencia y en su espíritu, la respuesta del personaje es demoledora: “Nada. Es convertirse en nada y sentir miedo, saber que estas marginado, sepultado en vida, creyendo que esa marginación es hasta el final de la vida y que es para siempre”.

En las páginas finales, y quizás por compasión con el lector, Padura describe su método como escritor y aclara: “Es una novela inserta y llena de investigación histórica, no lo olviden”. Sin embargo, de toda esta lectura emerge la firme convicción de la obligación de apostar por el cambio, porque ya la historia ha mostrado sin taparrabos lo que nos ocurrirá si nos quedamos en la “nada”.

 

isaper@gmail.com

@isapereirap

*Coordinadora programa País de Propietarios de Cedice Libertad