• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Ildemaro Torres

Algo de la vejez

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Cierto, el tiempo pasa, y en determinado momento provoca contar al menos parte de esa vida, o con pretencioso asomo literario, del camino recorrido

 Ningún organismo viviente es una estructura estática, sino sujeta a cambios desde el momento en que es concebida hasta el de su muerte; siendo posible distinguir, gracias a esas modificaciones estructurales, una diversidad de formas que van de las del microscópico embrión, a la del cuerpo del hombre anciano. La vida activa de ese organismo se expresa no sólo en la reparación del desgaste que experimentan sus tejidos y órganos, sino también en los cambios de tamaño, conformación y proporciones de éstos. Cuando al hombre se le considera como unidad biológica, psíquica y social, integrada con su medio, a las tres dimensiones de su cuerpo se agrega una cuarta que es el tiempo en que su vida transcurre.

En el ciclo vital se da una sucesión de fases propias de períodos etarios y con rasgos que las definen, incluso algunas claramente caracterizadas. Pertenecemos a un ámbito cronológico en el que en lapsos mínimos se han producido cambios sustanciales, que en siglos y milenios previos no se dieron. El hombre se ha visto de pronto en posesión de lo que a sus semejantes les estuvo vedado, y comprende con ello que hay un ritmo distinto de vida y de percepción de los fenómenos, de velocidades diferentes en el camino que conduce a nuevas verdades, haciendo de nosotros testigos de ciclos históricos completos, como ha sucedido en ciencia y en política a escala mundial.

En medio de tantas galaxias somos habitantes de un planeta minúsculo, con la arrogancia de creer que la noción de racionalidad de pensamiento es potestativa nuestra; capaces de mirar muy a lo alto y plantearnos la conquista del espacio cósmico. La realidad que manejamos en el plano del conocimiento, a veces nos es asombrosa, así el efecto que han llegado a producirnos los inventos puestos al servicio de la medicina, que permiten indagar el cuerpo humano hasta la intimidad molecular. Por contraste, los mismos periódicos que reportan las proezas que nos exhiben como seres pensantes y creativos, traen en sus páginas las crónicas de nuestras miserias terrenales, de la criminalidad, las estadísticas de marginalidad y pobreza crítica, epidemias y hambrunas devastadoras.

El envejecimiento es un fenómeno en primera instancia biológico y parte del curso natural de la existencia, que tanto en sus expresiones como en la significación y valoración de las mismas, está firmemente unido al contexto social y cultural en que acontece. Así hemos visto cómo la fotografía ha ido mucho más allá de la contemplación admirativa de la forma  del cuerpo femenino, y ha penetrado hasta el útero mismo para entregarnos las imágenes sorprendentes de un cuerpo flotando en la atmósfera silenciosa y tibia que lo alberga y protege; e imágenes que nos deslumbran cuando nos revelan cómo, de una suma de volúmenes irregulares que convergen y de surcos que se unen, emerge un rostro humano listo para los rictus o la risa; y cómo, de una masa celular en la que unos pequeños brotes se alargan, surge una mano  apta para pintar y modelar y en cuya palma algunos dirán leer el destino de esa vida.

 Es recordado el deseo confeso de Cajal de tener más contradicciones “porque son signos de juventud”. Como tiene sentido ir al encuentro de nuevas épocas, llevando en el pensamiento y en el ánimo las reflexiones de Jorge Luis Borges, quien en una entrevista concedida en 1984 al Nouvel Observateur, al hablar del pasado mencionó “el peso del tiempo”, pero rectificó para referirse más bien a “la gravitación del tiempo”, porque  “el peso es una cosa que nos oprime y el tiempo no puede ser eso”.