• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Ildemaro Torres

Más usual que casual

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La tortura, nefasta experiencia ya vivida entre nosotros por muchas personas en épocas pasadas, pero de dura vigencia recrudecida, no es un fenómeno casual o aislado, no es sólo ni simplemente como lo entendimos por años, expresión del desbordamiento de un sádico sobre un prisionero a merced suya.

Muchos acontecimientos políticos de América Latina, nos han permitido percibirla como la caracterización extrema de un modelo de relaciones, cuyo objetivo preciso es amedrentar a densos sectores de una población; es decir, una perversión programada que es expresión concreta de un vasto plan represivo, y que responde a un diseño para ejecución masiva por funcionarios técnicamente entrenados en una rigurosa metodología de la crueldad.

Nada en ella es fortuito. Recordemos el papel jugado por la Escuela de las Américas y el Comando Sur en la Zona del Canal en Panamá, con los cursos dictados a oficiales de los diferentes ejércitos de este continente; aprendían allí dentro del adoctrinamiento en “Técnicas de Contrainsurgencia”, una amplia gama de suplicios a serles aplicados a los prisioneros calificados (ya entonces) de subversivos, y quedó en nuestra memoria el rol de militares argentinos, uruguayos y chilenos, como torturadores y cómplices en la eliminación física de muchas personas durante las dictaduras padecidas por esos pueblos.

El 10 de octubre de 1975 fue adoptada por unanimidad la Declaración de Tokio de la Asamblea Médica Mundial, “Guía para médicos en relación con tortura y otros castigos crueles, inhumanos o degradantes, durante detención y encarcelamiento”. Ella comienza estableciendo que “Es privilegio de todo médico practicar la medicina al servicio de la humanidad, preservar y devolver salud corporal y mental a todas las personas sin discriminación alguna, ofrecer aliento a sus pacientes y aliviarles el sufrimiento”. A propósito de tal pronunciamiento la tortura fue definida como “Inflicción deliberada, sistemática y desconsiderada, de sufrimiento físico o mental por parte de una o más personas actuando de por sí o siguiendo órdenes de cualquier tipo de poder, con el fin de forzar un semejante a dar información, confesar, o por alguna otra razón”. Vista en sus efectos, la secuencia: denuncia-testimonio-interrogatorio-tortura, llevó a considerar la confesión en la Inquisición como “el arte de hacer de un inocente un culpable”.    

Como ajustados a un guión, un primer afán del torturador es hacer que el preso pierda el control de su realidad, enajenándole las nociones de tiempo y espacio con una capucha negra y aislamiento en celdas mínimas; asimismo, degradar los valores referidos a la trayectoria humana y profesional de la persona, por vía del tratamiento vejatorio, las ofensas y la ridiculización; luego otras aberraciones como lanzarle golpes desde cualquier lado, quemarlo, sumergirle la cabeza en agua o excrementos, aplicarle electricidad en puntos sensibles del cuerpo mojado; y sumadas a ello violaciones de prisioneras y simulaciones de fusilamientos. Hechos que horrorizan, que asquean y llevan a pensar que no pueden ser ciertos, pero lo son; y pruebas hay de que eso mismo ha sucedido y sucede en nuestro país con anuencia oficial.

En el Manual de los Inquisidores para los Procedimientos del Santo Oficio, editado en 1358 por Nicolás Eymeric, gran inquisidor en el Reino de Aragón, se establece que “El temor es  el sentimiento que más conviene inspirar, pues con él se logran los mayores beneficios”. Razones hay, y muchas, para salirle al paso a nuestros torturadores locales antes de que sigan multiplicándose y ampliando –bajo cómplice amparo militar– su cuenta de víctimas. Y, si son ruines ellos, ¿qué decir del régimen que los propicia?