• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Ildemaro Torres

Como les toca

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Tiempo es de llamar las cosas por su nombre y a los personajes por lo que en verdad sean. Por ejemplo: en vez de dureza represiva debemos hablar de represión criminal, homicida; no de funcionarios elementales en cargos claves, sino de ignorantes primarios asaltantes del poder; no simples aprovechadores, sino consumados ladrones y saqueadores; no más cortesanos o subalternos melosos, sino adulantes rastreros de servilismo bien remunerado, propios de las dictaduras y sociedades militarizadas.

Siempre hubo y no ha dejado de haber, empeño en inculcarnos la idea de que los militares son mejores, más honrados y de jerarquía superior; y con esa prédica podríamos haber creído alguna vez que militarizar al país tendría en lo institucional algún viso de eficiente organización, eficaz desempeño de los deberes y celosa defensa de elevados principios éticos y administrativos, para ser inspiradores de una sana moral pública, espejo en el cual mirarnos los llamados “civiles”, sector al que se le endosan  los estigmas, correspondiéndole a quienes portan las armas la suma de virtudes. Pero ya hemos visto…       

Somos tratados como delincuentes inducidos a respetar normas y cumplir las leyes, no por persuasión ni explicación de cuán correcto es hacerlo, sino con advertencias coercitivas; acompañando la información de las disposiciones del gobierno, con el anuncio de las sanciones de encarcelamiento u otras a ser aplicadas; unido todo ello al papel policial que con tanto afán está cumpliendo la Fiscalía General de la República, con olvido de que la gente con un definido sentido de dignidad nunca correrá despavorida ante la irracionalidad. 

Y si en algo se ha expresado con brutalidad absoluta la bestialidad del régimen, ha sido en sus ataques de propósito destructivo de vidas y bienes, contra los estudiantes y las instituciones universitarias. Muestra de odio, resentimiento, envidia y rechazo a cuanto tenga validez educativa, trascendencia artística, sea formativo y se traduzca en desarrollo científico y cultural; pandilleros siempre listos para delinquir, estimulados a ello por un gobierno inescrupuloso y vandálico que los agrupa, organiza, arma, entrena, motoriza, y les garantiza impunidad.

Tal negación y bloqueo oficial de la vida y del quehacer creativo de las entidades académicas, tiene como escenario y marco entre otros de notable valía, a nuestra atacada Ciudad Universitaria; la misma –¡oh paradoja!– que a los ojos del mundo goza de un merecido prestigio por su significación arquitectónica y espacial, y reconocimiento por su alta calidad en los campos humanísticos, sociales, políticos y científicos; la elogiada en muchos libros en diversas lenguas, y hace más de una década declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. En contraste con el goce de los bárbaros destructores, en nuestras universidades autónomas con apego a altos valores cívicos y culturales, celebramos en marzo un nuevo aniversario de la inauguración en 1954 (¡hace 60 años!) de la Plaza Cubierta, el Aula Magna y la Biblioteca Central, obras que marcarían la culminación de la carrera de Carlos Raúl Villanueva como el más sobresaliente arquitecto del país, y en goce de un bien ganado respeto internacional.
   
En palabras de Simón Alberto Consalvi, que insisto en apropiarme: “La admiración que sentimos por Villanueva crecerá con el tiempo, y la universidad estará allí, como un legado singular, concebido para que los jóvenes venezolanos entren al mundo del saber con la comprobación de que un gran venezolano se desveló por ellos. No solo les dejó la gran universidad. También les dictó la lección imperecedera de la pasión de crear, con su ejemplo personal y el de tantos artistas de prestigio mundial”.