• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Y es otro tema

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Si bien preocupa la devaluación del bolívar, por razones vinculadas al padecimiento de una  situación difícil, aún peor es la devaluación de la vida humana, cada día más patente entre nosotros y en especial en manos de los cuerpos policiales del Estado, llamados a una supuesta protección de la ciudadanía, a garantizarle la integridad física a la población; y ante los ojos miopes, o de manera cómplice enceguecidos, de un sistema judicial cada vez menos confiable.

El maestro Augusto Pi Suñer dijo: “El hombre hace la ciencia, pero para hacerla se ha de colocar siempre al hombre en el centro de la ciencia”; punto a partir del cual se bifurca el camino, no el de la ciencia que es una sola, sino el de su aplicación. La investigación científica y el aplicar sus logros se plantean servir a la humanidad, y en razón de ese propósito miles de científicos en todo el mundo dedican su capacidad y su tiempo al empeño de crear nuevas perspectivas de desarrollo y condiciones adecuadas para el disfrute de la vida a plenitud.

Sin embargo, no siempre se cumplen esos términos ideales, como en la denominada “Ciencia sin conciencia”, referida a la aplicación bélica del conocimiento científico y a la ciencia como elemento de apoyo en la instrumentación tecnológica.

Durante la guerra de Vietnam la comunidad científica vinculada a Fort Detrick fue llamada Cuarta Fuerza Armada de los Estados Unidos, y el genocidio vietnamita considerado como la  caricatura in extremis de la investigación aplicada. En centros altamente especializados y con gran financiamiento en parte secreto militar, laboran equipos en la invención y perfección de diversos tipos de armas, expertos en genética de microorganismos y en la conversión de gérmenes en armas biológicas, lo cual les ha ganado a esos trabajos el calificativo de “Ingeniería de la Infección”. Consideran los gastos de producción e investigación en microbiología, ridículamente bajos si comparados con los del desarrollo de armas nucleares. Por otra parte –¡oh paradoja!– han desarrollado disciplinas como la inmunología, la neurofisiología y la neuroquímica, que han sido benéficas en su empleo pacífico y contribuido al avance de la medicina.       

En folleto del Departamento de Salud de Estados Unidos, 1959, definen guerra biológica como “El uso intencional de organismos vivos o sus productos tóxicos para causar muerte, invalidez o lesiones en el hombre, ya sea causando su muerte o enfermedad o a través de la limitación de sus fuentes de alimentación u otros recursos agrícolas”; y la aerobiología es “la utilización del aire como vehículo, para la diseminación de los agentes biológicos mencionados y de una serie de sustancias nocivas”.

Mientras que con orgullo y admiración pienso en nuestros científicos e investigadores, presentes  en universidades, centros e institutos, seres dignos, de sólida formación, identificados con el país y este  pueblo  en lo referente a salud, cultura, educación y otros requerimientos. Pero acerca de los cuales duele y avergüenza constatar, cuán restringidos están en sus posibilidades investigativas y productivas, ante la inconsciencia, ignorancia y desentendimiento oficiales,  que  les niegan o escatiman el debido respaldo presupuestario. Como también lamento, al escribir estas notas con citas de actitudes y actos deplorables, hacerlo en una Venezuela  militarizada, degradada por asaltantes del poder, acosada por una salvaje criminalidad, represión policial y voracidad hamponil.

 No percibir la dimensión real de los hechos atenta contra nuestra capacidad de respuesta,  pero no optemos por marchar detrás de los acontecimientos. No hay cabida en las filas del pueblo para el condicionamiento al crimen con rango de normalidad.