• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Y aún sigue en mí

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En la mañana del martes 11 de septiembre de 1973, según estaba programado, el presidente constitucional de Chile Salvador Allende tenía como primer compromiso asistir a la Universidad Técnica del Estado, para inaugurar una exposición antifascista titulada Por la vida siempre; sin embargo, lo que la historia habría de registrar ese día serían hechos trágicamente diferentes a los que se anunciaban en la agenda presidencial.

Esa misma mañana, por cadena de radio, una junta militar integrada por los comandantes en jefe del Ejército, la Armada y la Aviación y por el director de Carabineros conminaba al presidente de la República a renunciar a su alta investidura, bajo amenaza de atacar por aire y tierra el Palacio de La Moneda. Ante la firme negativa del doctor Allende a aceptar el ultimátum, las fuerzas insurrectas consumaron el ataque; el pueblo chileno presenció estupefacto la ostensible destrucción de las dependencias oficiales por efecto de las bombas, la metralla y el incendio desatado; y asimismo, el ataque despiadado por diversos medios a numerosos barrios populares; junto con ello, al anochecer el cuerpo abaleado del presidente, envuelto en una frazada ensangrentada, fue sacado del palacio por una puerta lateral.

Una experiencia política legal surgida de la voluntad popular, y que en tal sentido se proyectaba como un ejemplo inspirador para toda América Latina, fue abruptamente interrumpida por el poder de fuego de las Fuerzas Armadas, con el apoyo de los partidos Nacional y Demócrata Cristiano. Septiembre se transformó entonces en un mes aciago para ese país, porque en actos de naturaleza terrorista como los que llevaron al poder a la junta, en 1974 fue asesinado el general Carlos Prats en Buenos Aires y en 1976 Orlando Letelier en Washington por policías del régimen; seguido por años de tortura institucionalizada como política de Estado, campos de concentración y homicidios, dentro de la brutal estela de muerte dejada por Pinochet cual estigma para la humanidad civilizada.

La resistencia popular no se hizo esperar. El pueblo chileno, al precio de grandes sacrificios, enfrentó con valentía la dictadura desde el mismo día del golpe, y dignamente supo mantener viva su vocación por la libertad y la justicia, además de diseñar distintas formas de lucha ajustadas a la magnitud del poderío represivo del bestial régimen; haciéndose por tanto merecedor del más alto respeto político y humano, lo bastante sensible para percibir y entender los cambios operados al paso del tiempo, y con suficiente claridad política para tratar de preservar y solidificar su unidad interna, y sin supeditar su vocación democrática a conveniencias personales o grupales.

Pinochet y los suyos se hicieron gobierno por vía de los mencionados bombardeos y sacando a las calles soldados con el mandato concreto de matar. Una de sus primeras medidas fue decapitar los cuadros de dirección que no le eran confiables, y designar en su lugar uno a uno, saltándose méritos y antigüedades, oficiales pegados a él.  

Lamentable que nos haya tocado tener que oscilar políticamente entre la condena a Estados Unidos de Norteamérica por sembrar y mantener dictaduras  militares en estos países, y la solicitud de que esa misma nación en su absurdo rol de gendarme continental rebajara o cesara su apoyo al dictador de turno.

Me pregunto si estará bien haber removido ahora tales recuerdos. Diré que en todo caso es apenas un simple destello de memoria o tan solo una expresión dictada por mi confeso y entrañable amor a Chile (en versos de Neruda: “Largo pétalo de mar y vino y nieve”) y por la vergonzante situación que en términos de degradación hoy padece nuestra Venezuela militarizada.