• Caracas (Venezuela)

Ildemaro Torres

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Ildemaro Torres

Y… ¡sigamos!

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A continuación de la fiesta bulliciosa, los cohetes, las carreras para estar en casa a la hora justa de la media noche, de los locutores procurando lucir entusiastas al contar los segundos restantes del año, con las campanadas unidas a las uvas y el cañonazo a los abrazos. Y a continuación también del recuento silencioso, personal, de lo sucedido en el año que termina, y de la enumeración igualmente íntima de lo que se aspira como logro en el que comienza. A todo ello sumados pensamientos e ilusiones propias de cada quien, o textos y reflexiones provenientes de seres admirados a quienes procuramos acercarnos y seguir como ejemplos y escuelas que son; así, en un comentario alusivo al pasado, Jorge Luis Borges en entrevista concedida al Nouvel Observateur en 1984, mencionó “el peso del tiempo”, pero rectificó para referirse más bien a “la gravitación del tiempo”, porque “el peso es una cosa que nos oprime y el tiempo no puede ser eso”. Con tantas y diversas concepciones y palabras en el pensamiento y en el ánimo, salimos también nosotros al encuentro de nuevas experiencias.  

Es el inicio (o recomienzo) de un período, quizás de una fase de nuestros anhelos y expectativas, de nuestros proyectos y propósitos, de las que sentimos como razones fundamentales de vida, tal vez el estreno de otro intento o la reafirmación de un viejo empeño de materializar los sueños. Son otros días con sus horas, a los que trataremos de darles un contenido y un sentido.

De comienzo nos preguntamos si seremos consecuentes con los planes, y si las circunstancias habrán de sernos favorables; lo primero depende en mucho de nosotros mismos, mientras que lo otro es impredecible en ausencia de alguna respuesta seria oficial a los grandes problemas nacionales, pero querríamos encarar el futuro en términos optimistas. Sin embargo una relación de causa-efecto nos hace sentir que la disposición hacia una actitud optimista requiere un marco social, político y económico, que la propicie; un conjunto de situaciones y hechos que la hagan lucir con asidero de factibilidad. Es también sabido que la satisfacción colectiva, la llamada prosperidad y el optimismo, no están sujetos a decretos, sino que para tener vigencia deben ser expresión de realidades alcanzadas y con una cierta estabilidad confiable. Se trata en síntesis, no de optar por el pesimismo como actitud, sino de condicionar el optimismo.

Son palpables: en materia de seguridad personal la aspiración más sentida de la población es la de poder algún día volver a salir tranquila a la calle, y caminar y sentarse en una plaza o disfrutar la naturaleza en un parque, y que la casa vuelva a ser en esencia cobijo placentero, residencia y opción de permanencia, y nunca más lugar de reclusión voluntaria para estar a salvo de la agresión social que padecemos con impunidad de los atacantes. ¿Quién y cómo garantiza oficialmente esa recuperación del sosiego y la seguridad, si lo constatado en la supuesta lucha antidelictiva es la ineficacia de unos organismos y la perversión y complicidad de otros? En cuanto a educación con escuelas de deplorable docencia, con universidades vituperadas y de presupuestos ínfimos, ¿quién del régimen actual garantiza que alguna vez nos actualizaremos acordes con lo que la época ofrece y a la vez demanda?

Constituimos hoy en esta Venezuela militarizada, una suerte de sociedad de sobrevivientes, llamados a celebrar como algo más excepcional que normal, el estar vivos. Desde sobrevivir de los diarios asaltos, hasta  niños que por milagro (no parece haber otra explicación) sobreviven a la desnutrición, y ancianos pensionados sobrevivientes de las arremetidas policiales cuando salen a reclamar respeto a sus derechos.